Yo soy del parecer de Facundo Cabral cuando dijo “Mira si será malo el trabajo, que deben pagarte para que lo hagas”. Más que nada porque a mi, cuando hago algo que me gusta no lo llamo trabajo, y se me olvida pedir dinero por ello. Así me va. Pero saber a ciencia cierta, que estás dando tu tiempo al lucro de otro, te guste o no, por un salario injusto, o con un horario infame, es todavía peor. Ayer una amiga me explicaba los problemas que están teniendo para poner en marcha el control horario de los empleados en su empresa. Las incidencias no son técnicas, sino personales. El jefe no está dispuesto a garantizar que se cumpla el convenio colectivo, precisamente porque no le conviene. Ya se las apañarán para trucar el registro.

Esa novedad introduce la reforma del artículo 34.9 del Estatuto de los Trabajadores, a través del Real Decreto Ley 8/2019, de 8 de marzo, de medidas urgentes de protección social y de lucha contra la precariedad laboral en la jornada de trabajo, por el cual el empresario debe garantizar el registro diario de la jornada laboral, indiferentemente del tamaño de la empresa. Hay excepciones, en las que se llaman relaciones de carácter especial. Por ejemplo, la alta dirección, los deportistas profesionales, los artistas en espectáculos públicos, los penados en instituciones penitenciarias y las empleadas del hogar y de los cuidados, a quienes no se les aplica. Éstas últimas merecen articulo aparte.

Reconozco que por primera vez en mi vida me he dado cuenta de que el registro horario no es solamente un instrumento de control empresarial sino que puede ser un instrumento de garantía para los trabajadores. Seguramente porque la regulación horaria ya existía y dábamos por supuesto, sabiendo que no es así, que se cumplía. Sea cual fuere su utilidad, se han creado muchas herramientas, como por ejemplo apps, que por un módico precio permiten gestionarlo. Tampoco es fácil para un autónomo o pequeño empresario de ciertos sectores, si sumamos este gasto a todos los que asume ahora mismo cualquier emprendedor. Pero un documento firmado también sirve.

El jefe les ha avisado de que no tengan grandes expectativas porque el trabajo tiene que sacarlo alguien adelante como sea. Pero una expectativa representa escenarios de futuro. Sería el caso si el jefe, de forma espontánea, hubiese planteado alternativas en un marco de una libertad horaria. Incluso cuando hubiese advertido de que haría lo que estuviese en su mano para que se implementase la que a él más le conviniese, quedaría margen para que pudiese pasar algo diferente. La decepción llegaría después, en diferido.

También les ha hablado del realismo. De lo absurda que es la norma y cómo va a afectar a la economía, provocar el cierre masivo de empresas y generar desempleo. Qué sutil. Pero las realidades, tanto en la vida como en el derecho, y aunque representan escenarios de presente, son opinables. Y los trabajadores pueden construir su realidad, en la cual el empresario no tiene ningún problema para contratar más personal que complete de forma adecuada el equipo.

La situación creada, en realidad, trata de certezas. Y las certezas solo admiten un escenario. Y en este caso estamos ante dos certezas, la que establece un texto legal que el empresario no puede eludir, y la de que la mayoría de los jefes, al menos por estas tierras, si no son de los que tienen problemas para conseguir personal especializado, mandan sobre su organización privada, y harán lo que más les convenga. Y esas certezas se materializan de repente como un obstáculo en medio de las relaciones y las oficinas, pasando de ser el elefante en medio del salón, a ser un juego macabro en que el empleado ayuda a su empleador a infringir las normas para trabajar más horas de las que le tocan.

Luchar por los derechos y condiciones laborales, por un trato digno, no es solo justo, también es legal. Pero sabemos que pasa factura. Llevarle la contraria al que tiene el mango hace que antes o después acabes saltando de la sartén. El caso de mi amiga y de muchísimos trabajadores desde el día 12 de mayo de 2019 es el choque de dos certezas, como pasa siempre con la vulneración de derechos. El choque entre la norma y el poder. Solo un esfuerzo especial por parte del estado para controlar el cumplimiento de horarios, puede evitar que las PYMES españolas se conviertan en 2019 en un campo de batalla. No sería el primer país donde se respeta. Y en esos países no tienen una economía peor que la nuestra. Tal vez sea incluso, la oportunidad para hacer las cosas bien.