Según el mito más extendido sobre el origen del proceso todo comenzó con la sentencia del Estatuto en 2010. Sin embargo, cinco meses después de esta sentencia el independentismo obtuvo 14 escaños y el 11-S de 2011 apenas reunió a 8.000 independentistas. El Estatuto no fue una demanda ciudadana sino una iniciativa del PSC para licitar contra el nacionalismo; votó a favor un 36% del electorado.

Aunque no lo supimos hasta mucho más tarde, la deriva independentista se urdió a finales de 2011. Ante el inminente embargo, CDC necesitaba un nuevo objeto de propaganda para mantener la impunidad. Pujol planeó su conversión indepe en familia en noviembre, Convergència fundó la ANC en marzo de 2012, y Mas se volvió indepe en julio. El contexto de estas conversiones era la peor crisis económica en democracia, la investigación a exministros y miembros de la familia real y una enorme presión social contra la corrupción: #15M, asedio al Parlamento. Este cóctel y la inestimable colaboración del periodismo concertado de Catalunya acabaron reuniendo medio millón de independentistas el 11-S de 2012. El astuto dobló entonces su farol pactando contra natura con quien le acababa de quitar 12 escaños.

El error habría quedado bien patente si no fuera porque, en 2013, la izquierda indepe y la izquierda quedabién le hicieron al pujolismo el regalo de su vida: una declaración de soberanía que nutriría su postureo reivindicativo durante años. "El pueblo de Catalunya tiene, por razones de legitimidad democrática, carácter de sujeto político y jurídico soberano". Comenzaba el universo paralelo del mandato popular.

Los recortes, los desahucios y la corrupción acabaron pariendo Podemos y para ganar en 2015 hubo que doblar de nuevo la apuesta. Esta vez, Mas rompió CiU y para las elecciones ofreció un nuevo estado de Europa en 18 meses, otra prórroga controlando el abrevadero. El 6 de septiembre de 2017 pocos pensaban en una DUI. El plan A de Puigdemont era que le aplicasen el 155 lo antes posible y ganar las elecciones como víctima tirando de la bien cultivada estrategia Calimero. Pero el plan falló porque en Madrid nadie movió una ceja. Puigdemont dejó entonces el referéndum a los voluntarios, incapaz de convocar una Junta Electoral ya que no tenía vocación de mártir. Así, además de lavarse las manos, preparó su plan B.

Su plan B era conseguir un fracaso del referéndum del 1-O y una violencia sin precedentes que le permitiera ir a elecciones, esta vez sí, con la legitimidad de la víctima. El mismo ex secretario de comunicación Josep Martí explica que buscaron una reacción policial mucho peor. La previsión de un escenario violento ha sido documentada en varios registros del 20-S. El propio Trapero les advirtió del peligro y Madrid ofreció alternativas, pero Puigdemont las ignoró porque la catástrofe era su última carta para seguir al frente del postproceso.

Pero este plan B también falló: Madrid volvió a no reaccionar como esperaban y la actuación policial resultó la habitual en Catalunya contra el 15M, no impresionó a Europa y, aún peor para el presidente, su enorme impacto mediático no hizo más que movilizar a sus bases y al liderazgo más naif de ERC, empujándolo a la primera falsa DUI del 10-O. Mientras, se dispara la fuga de sedes de empresas y la realidad empieza a caer como lluvia fina sobre el independentismo.

Nadie da por buena aquella independencia de 8 segundos y las bases exigen más. Puigdemont intenta prolongar la agonía convocando elecciones, pero ya no manda. Fugitivo o traidor, discierne Puigdemont; enfrentarse a la Justicia no es opción. "No creo en los mártires", repite el aspirante a Luther King. Incómodo, asiste al segundo simulacro de DUI, el 27 de octubre, sin cruzar apenas palabra alguna con su vicepresidente. Cada uno vuelve a su casa a ver la república por TV3. Al día siguiente Puigdemont anima a sus consejeros a volver el lunes al trabajo y materializar la república mientras él se mete en un maletero y huye. Apreciando riesgo de fuga y reiteración delictiva, el juez dicta prisión preventiva para sus compañeros de performance.

Así hemos llegado a este desastre, el rotundo éxito del proceso. Porque el síndrome Calimero asegura todavía muchas futuras victorias electorales y el cumplimiento estricto de su finalidad última: preservar el nacionalcatolicismo catalán repartiendo el pienso público.