Las generaciones de catalanes pasamos, inexorablemente, una detrás la otra. Pero Cataluña queda. Y nuestra obligación, si amamos de verdad el país, es dejar este trozo de planeta que habitamos en las mejores condiciones para nuestros hijos y nuestros nietos. Es este el sentido último de nuestra existencia y de nuestra identidad.

Los catalanes de hoy tenemos que hacer examen de conciencia. ¿Tenemos cuidado del territorio que nos han legado nuestros antepasados? ¿Somos unos buenos jardineros, actuamos de manera responsable y amorosa con el patrimonio natural que tenemos la obligación de proteger y de preservar?

La respuesta, desgraciadamente, es no. El aire que respiramos en las áreas metropolitanas de Barcelona y Tarragona está envenenado. El 40% de las aguas freáticas están contaminadas por nitratos. La especulación urbanística ha destruido bellísimos parajes, especialmente en las zonas costeras. El modelo de desarrollo que hemos elegido -basado en la ganadería intensiva, el consumismo y el turismo de masas- es agresivo, predador e insostenible.

En la perspectiva del cambio climático -ahora mismo, estamos padeciendo una severísima sequía-, no estamos haciendo los deberes. El grave desequilibrio territorial de Cataluña, con muchas comarcas que están quedando vacías de gente y abandonadas, acentúa la situación de desorden y caos a la cual hemos sido abocados.

No ayuda tampoco la falta de gobierno efectivo que sufrimos, con el patético presidente Quim Torra absorbido en sus elucubraciones medievales y complicando la salida de los políticos presos. La Generalitat tiene las competencias necesarias para ordenar y mejorar el país, pero no las ejerce, bien sea por ineficacia o para proteger determinados intereses empresariales.

El Grupo de Defensa del Ter (GDT) acaba de hacer público su informe anual sobre la salubridad de las fuentes de la comarca de Osona. Los resultados son espeluznantes: de las 137 fuentes analizadas, casi la mitad tienen el agua no potable, a causa de la altísima concentración de nitratos, provocada por los purines que los campesinos echan para fertilizar los campos de cultivo.

Con una población de 150.000 habitantes, en esta comarca -que se ha convertido en el “sancta sanctorum” y el paradigma del independentismo irredento- hay una concentración de más de 800.000 cerdos encerrados en granjas. El ambiente es irrespirable y el subsuelo está podrido.

Es este el país que tenemos. ¿Es este el país que queremos? El patriotismo bien entendido empieza por el respeto al territorio y al medio ambiente. Es esto lo que exigen a la clase política los jóvenes que se están movilizando en todo el mundo -también aquí- cada viernes en defensa de un planeta sostenible y respetuoso con la naturaleza.