Los catalanes somos un pueblo desmemoriado para lo que nos interesa. Recordamos los agravios del siglo XVIII como si fuera ayer y de ellos hacemos bandera hasta el ridículo, pero en cambio olvidamos rápido los abusos de poder de nuestros contemporáneos y blanqueamos sus fechorías o, incluso, les volvemos a votar para que sigan haciendo lo mismo. No tenemos remedio: somos un pueblo sensato y preferimos malo conocido que bueno por conocer. Por eso está bien que de tanto en tanto alguien nos recuerde que la memoria hace lo que quiere pero la historia es la que es. Y también que la corrupción sistémica no conoce de siglas ni de ideologías, tiene nombres y apellidos ilustres y se alimenta de intercambio de favores y puertas giratorias.

Escribo esto a colación de la exposición que la Oficina Antifraude presenta en el Palau Robert para celebrar sus polémicos diez años de existencia. El organismo, creado por el Parlament para evitar que la erótica del poder no haga muchos estragos entre la clase política, ha recuperado los grandes casos de corrupción catalana que han salpicado a convergentes, democristianos y socialistas, pero también a personajes de medio pelo que se han hecho de oro apostando al caballo ganador. La muestra repasa grandes escándalos mediáticos como los casos Mercurio, Filesa, Pretoria, Turismo, Trabajo, Hacienda, Pujol, 3% y Palau, y también plantea dilemas éticos más caseros para demostrar que todos tenemos un precio, pero no todos tenemos la suerte de ser comprados.

La exposición, coordinada por el profesor de la UAB y viejo conocido de la profesión periodística David Vidal, combina intencionadamente los espacios oscuros con los puntos de luz e interpela al visitante con preguntas incómodas sobre sus principios éticos. Hay una coincidencia generalizada en censurar que los servidores de la cosa pública reciban regalos para agilizar trámites y que los políticos den luz verde a proyectos de benefactores que pagan substanciosas comisiones a su partido. Con más tolerancia se juzga que el vecino empadrone a su hija con los abuelos para tener plaza en la escuela, que intente pagar menos a Hacienda o que utilice sus contactos para saltarse la lista de espera. Somos un país de pecadores.

De entre todos los casos rescatados del olvido me quedo con el del 3% y no solo porque confirma la corrupción que ejercen los partidos cuando se perpetúan en el poder. Testigo directo de la famosa sesión del Parlament donde Pasqual Maragall tiró en cara a Artur Mas que su “problema” era el cobro de comisiones y de la inexplicable tibieza política a la hora de exigir dimisiones, este caso me hizo ver con otros ojos la podredumbre del sistema y de los que viven para servirlo. Por eso no me sorprendió que años después Rafael Ribó viajase gratis a Berlín a ver la final de la Champions gracias a un empresario relacionado con el 3%. Como tampoco me sorprendió que una vez atrapado, el síndico primero se calló, luego lo negó y al final admitió a regañadientes que había cometido un error. Y que no pasase nada.

Ribó fue durante años el azote del pujolismo y todavía recuerdo sus incendiarias intervenciones en las sesiones de control enviando a los consejeros a la hoguera. Después, en la distancia corta, descubrí que era un impostor y que su conciencia de clase no tenía nada que ver con lo que pregonaba su partido. Despreciaba a todo el mundo en general y a los periodistas en particular. Su prepotencia y soberbia le llevaban a ver la paja en el ojo ajeno  y no la viga en el propio. Y si hacía esto como jefe de una formación residual, no quiero imaginar qué licencias se habrá permitido una vez investido síndico perpetuo con la bendición convergente.

Un día, preguntando por el abuso de poder a Loretta Napoleoni, la economista italiana me dijo que nuestro problema no era que fuéramos peores que el vecino, sino que la dictadura nos había impedido desplegar los mecanismos de control democrático necesarios para garantizar que quien la hace, la paga. Nadie ha vigilado nunca y, como transmite la exposición, parece que ser honrado y humilde sea de idiotas.