Al principio, la sensación fue de irrealidad. Aquello, el coronavirus,  no podía estar pasando. Se parecía demasiado a las películas apocalípticas de Hollywood: todas las televisiones hablando a la vez y a todas horas de una pandemia que sacude el planeta, con preocupados expertos tratando de descifrar las claves del desastre. Y, sobre todo, las calles vacías. Nada da mayor sensación de irrealidad que la visión de una ciudad desierta, como en aquella memorable escena de Abre los ojos, de Alejandro Amenábar, en la que un atribulado Eduardo Noriega camina por una Gran Vía madrileña absolutamente vacía. Tan vacía como la Gran Vía de hoy. Un escenario post-nuclear al que solo le faltaba su regimiento de marines patrullando bajo el mando de Bruce Willis. Y, mira por donde, al final también aparecieron los militares.

A esta primera fase de negación de la realidad le ha ido sucediendo la lenta, inevitable resignación. Pero pocos intuyen aún lo que está por venir. Nadie sabe cuánto durará realmente la cuarentena. Al principio, la situación podía tener el aroma de lo nuevo, de lo inesperado; pero tras algunas semanas de encierro, la gente nota ya cómo aquello empieza a parecerse a la travesía de un desierto: este pueblo mediterráneo, solar, que ha hecho de la taberna un templo, seguirá soportando la terrible presión psicológica de horas y horas de televisión tremendista martilleando con el mismo tema. Pero sin la posibilidad, esta vez, de pasear o de relajarse con los amigos a la sombra de una cerveza. El rico, el bien situado, podrá ir del salón a la piscina y viceversa; pero al pobre, constreñido dentro de los estrechos límites de su domicilio,  su casa le parecerá una cárcel.

Pero eso no es todo. El chiste que circula últimamente (“cierre de colegios, suspensión de la Liga y confinamiento obligatorio, multiplicación de divorcios”) se erigirá como una verdad incontestable. Nada hay más duro que la convivencia continua, sin una distancia, sin un espacio propio. La experiencia nos enseña que este tipo de convivencia acaba con las parejas más enamoradas, las amistades más generosas, los compañeros de piso más tolerantes. Y que actúa como un ácido corrosivo, de manera implacable.

Estamos, pues, ante un tour de force, una prueba de resistencia, un punto de inflexión. El Islam -esa religión tan cercana y a la vez tan mal vista- prescribe la obligación anual de abstenerse de comer, beber y mantener relaciones sexuales hasta cierta hora de la tarde, durante todo un mes (el Ramadán). Aparte del cumplimiento de un deber religioso, la abstinencia enseña a los musulmanes el valor de las cosas,  aquellas a las que no prestamos demasiada atención porque parecen pertenecernos por derecho natural. ¿Es importante abrir un grifo y tomar un vaso de agua? ¿O acercarnos a un bar y pedir un bocadillo? Lo son, claro que sí. Pero solo somos conscientes de ello cuando nos faltan.

Por eso, esa Gran Prueba llamada cuarentena nos obligará a adquirir conciencia de cosas importantes en las que no solemos reparar: jugar con los hijos; hablar (y escuchar) a la pareja; controlar las propias neuras y malos humores; ser tolerantes con los de los demás. Y a saber gestionar dos fenómenos hoy por hoy estigmatizados por la sociedad: el aburrimiento y la frustración. Sobrevivirá a la prueba quien sea más paciente, más flexible, más resiliente. Aquel que posea una rica vida interior que le permita subsistir tal vez con lo mínimo: la lectura de un libro, el cuidado de una planta, la simple contemplación. Algunos descubrirán en sí mismos a una persona que ni sospechaban; otros se verán necesariamente obligados a reinventarse.

 

 

De momento, el coronavirus ha sacado ya lo mejor y lo peor que hay en el ser humano. Lo hemos visto estos días: por un lado, los profesionales de la Sanidad luchando en primera línea de fuego contra el avance de la enfermedad y el sentido homenaje a su labor en forma de aplausos desde los balcones. Y por otro, una fanática sectaria haciendo una broma siniestra -retuiteada por otro fanático sectario- a costa de la muerte de otros solo porque esos otros no son de su etnia. O un miserable que, ante el terrible drama que nos amenaza, sólo piensa en utilizarlo para alcanzar sus objetivos políticos.

Pero, sobre todo, ha vuelto a mostrarnos nuestra propia, terrible fragilidad. Pese a nuestra orgullosa civilización, pese a nuestro enorme desarrollo tecnológico.

¿Cabe una lección mayor?