Acorralados en nuestras propias viviendas por un enemigo que no vemos, como protagonistas indeseados de una serie de ciencia ficción que pone a la humanidad en peligro, corremos a diario a escuchar de forma obsesiva en cuanto han crecido los contagios, los fallecidos, los ingresos en UCI y los recuperados. A las ocho de la tarde no faltamos a nuestra cita diaria en el balcón, des del que ya empezamos a conocer a los vecinos que también salen, nunca antes vistos y ahora nuestros cómplices necesarios. Y en la videoconferencia, vemos llorar a ese familiar o a esa amiga que pasa sola en su casa el confinamiento y se emociona al vernos en la pantalla. Siempre atentos al WhatsApp, a veces recibimos una mala noticia de alguien a quien queremos o simplemente conocemos.

La televisión nos trae escenas propias del cine de terror, como la incapacidad de algunas morgues para hacerse cargo de todos los fallecidos en nuestras propias ciudades. Y en otros lugares, las fosas comunes para los que mueren en plena calle, en países demasiado pobres o demasiado liberales, dónde lo público escasea por falta de recursos en el primer caso, o por razones ideológicas en el segundo.

El ministro de sanidad nos informa que por favor no vayamos a trabajar si tenemos algún síntoma, y si decidimos hacerlo que no olvidemos mantenernos alejados durante el trayecto, que aislemos la ropa al volver a casa y que no se nos ocurra besar a nadie. El enemigo podría estar en casa y la distopía se nos ha colado en las entrañas porque un Alíen viaja con nosotros de octavo pasajero.

En poco más de un mes, todo se ha puesto en duda y adquirimos conciencia de nuestras debilidades personales y sociales: de nuestros hábitos cotidianos,  de la sanidad, de la organización territorial, de la movilidad, de la producción y comercialización agrícola e industrial, de nuestro modelo económico, de nuestro nivel tecnológico, del papel de la ciencia en el mundo, de nuestras mutuas interdependencias, de si las pandemias son del sur, de si hay que legalizar a los inmigrantes ilegales, de si tenemos la mejor familia y vivimos bajo el mismo techo con la mejor compañía o de los problemas y ventajas que conlleva la globalización. Hasta nos entra duda de que realmente no seriamos capaces, si nos lo propusiéramos, de revertir la mala salud del planeta.

Nadie puede prever el futuro inmediato porque el virus es nuevo. Muchas medidas, arriesgadas, no darán sus resultados hasta dos o tres semanas más tarde y la toma de decisiones es profundamente arriesgada. Pero en este escenario dantesco, algunos oportunistas sacan pecho y el mundo se llena de profetas del pasado. Entre ellos, algunos políticos. Sale gratis acusar al gobierno de improvisación, de cometer errores, de ser culpable de los muertos, mientras crece exponencialmente la propagación del virus. “Dale caña al mono, porque es de goma”. Parece que también sale gratis realizar la guerra dentro de la guerra, como si de una quinta columna se tratase dentro de nuestras propias filas. Por si acaso se puede aprovechar el desgaste que forzosamente tendrá para quien tenga que dirigir la situación ante una situación tan grave e incierta como la que vivimos.

Y ante esto, escuchamos teorías de la conspiración, acusaciones de recentralización o que el ejército ha venido a otra cosa, porque parece que desinfectar es demasiado pueril para que pueda ser interpretado sin defraudar a la otra causa, mucho más noble que el hecho de enfermar. La paranoia llega a los extremos de creer que el color amarillo del cartel, los mensajes que contienen y el número de mascarillas que nos envían son mensajes subliminales para fastidiar. Fuera de nuestras fronteras, algunos gobernantes, sin prisa pero sin pausa, aprovechan para reforzar sus modelos autoritarios, como Viktor Orbán, primer ministro húngaro, que ha aprovechado la pandemia de COVID-19 para liberarse del control parlamentario y poder gobernar indefinidamente por decreto.

A algunos populistas se les desmonta el chiringuito, como al primer ministro británico Boris Johnson, que después de chulearle al virus, tiene que agradecer que le hayan salvado la vida en un hospital público, gracias a los cuidados de un enfermero portugués y una enfermera neozelandesa. Aún queda algún que otro nacionalista que con la boca pequeña asegura que mejor estaríamos solos y confunden el confinamiento con el cierre de aduanas. Y el norte europeo nos mira por encima del hombro, hasta que la genética del virus demuestre que ya corría por Italia y España, venido del norte, antes de manifestarse públicamente. Pero a mí me entra pavor de pensar qué sería de nosotros si en vez de este gobierno, nos gobernasen aquellos que sólo piensan en gobernar para sí mismos o aquellos que siempre piensan en desmantelar lo público y propugnan una sociedad que se caracteriza por el “espabílese quien pueda” que aquí cada uno va a lo suyo.

Pero a pesar del ruido político, la gente de la calle sabemos que ahora lo que vale es la solidaridad, porque desde el aislamiento y la individualidad no es suficiente. Yo saco a tu perro porque tú estás en Urgencias salvándonos las vidas. Sal al rellano que te voy a dejar un trozo de mi pastel, vecino al que antes ni saludabas, pero llámame, porque a veces me entra la tristeza, de pura soledad. Gracias, por coser mascarillas también para mí. También la solidaridad a lo grande: Sumemos equipos para cuidar, para desinfectar, para producir bienes, o para hacer avanzar los conocimientos a velocidad de crucero. Rememos todos, por esta vez, en la misma dirección.

Nos dicen que el mundo habrá cambiado cuando salgamos de esta. Quizás. Pero no sabemos cuándo saldremos ni tampoco sabemos hacia dónde cambiará.  Lo cierto es que la pandemia ha puesto de manifiesto que somos frágiles y que quienes intentan salvarnos están en la primera línea de lo público, que la ciencia podría tener la clave, que un país descentralizado está muy bien, pero que además tiene que ser coordinado, que nuestro modelo económico se derrumba, que no salimos de esta si no luchamos todos juntos para que los cambios no traigan más desigualdades y que somos capaces de bajar la temperatura del planeta si nos unimos para conseguirlo. Ya evaluaremos, a posteriori, nuestra historia más reciente, no para pelearnos, si no para apalancar nuestras defensas para el futuro.

Cuando todo esto se haya acabado veremos qué sistema funcionó mejor: un sistema que apuesta por lo público y se organiza de forma solidaria, o el que dicen de puro libre mercado. Nos acordaremos de aquellos que desmantelaron la sanidad, de los que aumentaron las desigualdades, de los que dicen que mejor estar por el negocio sin tantos alarmismos. ¿La Unión Europea será capaz de afrontar la crisis de forma coordinada? Si es así, la UE habrá dado un paso de gigante hacia su federalización. ¿Habrá surgido de nuestro modelo territorial, tan descentralizado la capacidad de coordinación?

La pandemia nos está enseñando claramente que necesitamos una organización que sea capaz de equilibrar la cohesión, con la flexibilidad y el acuerdo, la descentralización con la corresponsabilidad. También nos está enseñando que una sociedad fuerte, no es la que hace crecer el PIB pero al mismo tiempo aumenta las desigualdades entre sus ciudadanos o que contamina el planeta. Una sociedad fuerte será aquella en la que exista un equilibrio entre los actores que forman parte de ella y sea capaz de armonizar la pluralidad con la cohesión y de crecer disminuyendo las desigualdades sociales y aumentando las oportunidades de desarrollo para todos. Aquella que sepa crecer sin envenenarnos a todos. Aquella que se organice al margen de naciones y fronteras, aquella que se gobierne sin dejar a los ciudadanos desamparados.

Eso sí, cuando no esté el virus, no nos olvidemos del paraguas que nos protege del chaparrón cuando caen chuzos de punta. No nos olvidemos de a quien necesitamos para tirar adelante ni a quien no fuimos capaces de proteger.  Cuando no esté el virus, acordémonos de lo público y defendámoslo, cuando algunos, con cantos de sirena, lo quieran desmantelar.