No hay mal que cien años dure, también con la sentencia del procés y sus efectos colaterales. Parece que la locura va a menos porque no es cuestión de estar hasta el 2032 quemando contenedores y haciendo trabajar a la bofia más horas que un reloj (no quiero ni pensar en la cantidad de horas extras que tendremos que pagar). Es cierto que en función de la provocación nos volvemos a cabrear porque a cabrones no nos gana nadie y si pasa que viene el rey del país vecino a recordarnos que también es nuestro rey, pues volvemos a cagarnos en dios porque las terapias de grupo son para dejar ir los demonios sin consecuencias. Y una vez con los esfínteres liberados y el cerebro reseteado volvemos a nuestra miserable existencia porque nuestro destino de rebaño es obedecer consignas y votar lo que nos dicen.

Me ha costado mucho resistir los cantos de sirena de los instigadores de la revuelta de este octubre porque con la habilidad propia de los cocineros más experimentados han metido en la olla independencia, libertad, justicia, derechos humanos y democracia, y les ha salido un buen fricandó. Y si ya ha sido bastante difícil reprimir las ganas de probarlo, hacer algún comentario sobre el exceso de sal o sobre el comportamiento alocado que ha provocado la ingesta de carne de vaca loca estofada ha sido ya un acto suicida. En muchos sitios me he tenido que morder la lengua y si he osado introducir algún pellizco de crítica he recibido como poco el calificativo de insolidaria. Y como todo el show va de consignas, me han repetido que estamos viviendo una situación de excepcionalidad y que cualquier intento de seguir con mi vida se consideraba un acto de egoísmo.

Y así estaba yo, pensando si soy tan mala persona como dicen por no hacer mío el sufrimiento de los presos políticos presos e ignorar las peticiones de sacrificio por la patria que el nada honorable Torra me exige, cuando dos hechos me han devuelto la paz a mi intranquilo espíritu. El primero ha pasado muy desapercibido, pero creo que puede ilustrar esta puñetera manía que tienen los de arriba de enviar a los de abajo a inmolarse mientras ellas contemplan la escabechina desde el despacho oficial o la retaguardia. Hablo del bodorrio del hijo de Xavier Trias en plena semana de protestas por el veredicto del Supremo. No nos podíamos tirar ni un pedo porque el mundo se acababa y resulta que los convergentes tuneados se lo pasaban de fábula el 19 de octubre en el Saló de Cent.

Con el permiso de la colega Marijo Jordan recuperaré parte de su artículo porque es de traca. Explica la periodista de cotilleos que la boda civil fue presidida por la regidora Artadi, que ejerció de maestra de ceremonias, y que reunió a lo más cool de la casta barcelonesa. El hijo del ex alcalde, ingeniero y director comercial de la empresa catalana Gas N2, se casaba con su pareja de hace tiempo que dice que hace de relaciones públicas en una empresa relacionada con el mundo de la moda. El acontecimiento reunió a 250 invitados que “disfrutaron de buena mañana de un sibarita desayuno en la plaza Sant Felip Neri que sirvió el reconocido chef Alain Guiard, responsable del restaurant A” del hotel Neri, donde una habitación doble vale 360 euros.

Sigue el relato glosando la ostentación de familia e invitados, muy poco afectados por la situación de excepcionalidad política por lo que se ve en las fotografías de Instagram. “Los novios cuidaron el detalle hasta el extremo. Las invitaciones estaban diseñadas por Ignasi Monreal, ilustrador español preferido por marcas de lujo como Gucci. Durante la fiesta, se ofrecieron los servicios de peluquería de un prestigioso salón para que los asistentes se pudiesen retocar y el ya marido de Román Trias se cambió cinco veces de vestuario”. Explica Jordan en la web de la revista Vanity Fair que la farra continuó en la casa del escultor Xavier Corberó, en Esplugues de Llobregat, donde se hizo la comida y siguió de madrugada mientras los patriotas hacían hogueras en el centro de Barcelona.

El segundo hecho que me lleva a responder con un corte de mangas a cada “apretad” de Torra es el pasillo vip de la manifestación del 26 de octubre. El deslucido aquelarre independentista nos ha dejado imágenes inolvidables como las de Pilar Rahola imitando a Chiquito de la Calzada, haciéndose selfies y besándose con el rebaño de asnos adoctrinados que rebuznaban su nombre. ¡Apretad, imbéciles!