Este viernes ha empezado una larga campaña electoral que durará 45 días y que nos llevará delante de tres urnas: una, para elegir a los representantes en el Congreso de los Diputados y el Senado, el 28 de abril; otra, para renovar los ayuntamientos, las diputaciones y 12 comunidades autónomas, el 26 de mayo; y la tercera, el mismo día, para escoger a los 59 diputados españoles en la Eurocámara.

Después de la catarsis provocada por los estragos de la crisis económica, el estallido de los escándalos de corrupción, las tensiones del proceso independentista catalán y el vértigo del Brexit, esta triple convocatoria electoral tiene que servir para hacer tabula rasa y crear un nuevo marco de estabilidad institucional que nos permita catapultarnos hacia el futuro. La sociedad española, y también la catalana, están hartas y exhaustas después de toda la crispación vivida por culpa de unos pésimos dirigentes políticos que han antepuesto sus ambiciones y miserias personales al compromiso de servicio a la comunidad inherente a su tarea.

El pueblo es sabio y sabe escoger democráticamente en cada momento aquello que más conviene a la sociedad. Cataluña, España y la Unión Europea necesitan distensión y tranquilidad política para poder concentrarse en los grandes retos de civilización que tenemos delante y que son inaplazables: la preservación del Estado del bienestar, la integración de la inmigración, la aceleración en la consolidación de los Estados Unidos de Europa, la adaptación de las empresas y del mercado laboral a la revolución tecnológica en marcha, la transición energética y la lucha contra el cambio climático.

El principal enemigo de esta triple convocatoria electoral son los populismos identitarios. La complejidad de los problemas que tienen que afrontar las sociedades occidentales –también la nuestra– no admite frivolidades ni falsas fórmulas mágicas a la hora de articular y consensuar soluciones. Tampoco podemos apelar a supuestos tiempos idílicos pasados para abordar los conflictos del presente ni los desafíos del futuro.

Si la respuesta de las urnas es positiva, el Estado español puede estar en condiciones de iniciar, a partir de la experiencia acumulada, una segunda transición que culmine con una reforma de la Constitución del 1978, adaptada a las nuevas realidades del siglo XXI. En este sentido, las elecciones del 28-A y del 26-M están investidas de un cierto aire de punto de partida para la renovación en profundidad, después de los traumáticos y tóxicos años que nos ha tocado vivir.

Los resultados de estos comicios tendrán un impacto directo en la política catalana. Si la opción partidista que representan Quim Torra y Carles Puigdemont es derrotada, será el momento de exigir y forzar la convocatoria anticipada de elecciones a nuestro Parlamento. Es la cuarta pata que queda para afianzar la mesa del diálogo y la negociación que tiene que presidir la etapa de la nueva y buena política que todos, pensemos como pensemos, necesitamos como el aire que respiramos.