Escritora. Premio Ramón Llul de novela en 2008 por “L’últim patriarca” y Premio Sant Joan de narrativa, en 2015. Licenciada en filología árabe por la Universidad de Barcelona. Colabora en medios de comunicación. Su primer libro “Jo també sóc catalana” y el último, editado este mismo año “Madre de leche y miel” (Ediciones Destino). Las mujeres, la identidad y la ciudadanía son algunas de las cuestiones que aborda en su obra. Feminista, “cada vez más”

 

¿Se piensa poco?

Se piensa poco y mal, y hay poco espacio para pensar, sobre todo uno solo, algo que también es muy importante. Está bien poner en común lo que se piensa, pero es necesaria la introspección, que es algo tan básico… Estar fuera de todo el ruido es necesario y cada vez más, porque si se piensa un poco se puede llegar a conclusiones que igual no son compartidas por la mayoría. Es algo que te deja en un lugar muy extraño, pero que resulta valioso.

Los heterodoxos siempre han sido mirados de reojo, por los ortodoxos, claro…

Siempre me he sentido un poco al margen, pero tampoco creo que sea tan raro lo que pienso. Para empezar, yo crecí en una familia muy tradicional, en la que estaba previsto que yo desarrollara unos roles determinados, ligados a la casa, a ocupar un espacio doméstico muy concreto. Desde pequeña esta situación ya me parecía como muy extraña. Me acuerdo que, cuando vivíamos en Marruecos, yo observaba continuamente lo que veía, las cosas que pasaban a mi alrededor, a veces con una sensación de extrañeza. La segregación entre hombres y mujeres era muy fuerte, pero los niños y las niñas teníamos la libertad de poder ir de un espacio a otro. Hay una imagen muy concreta, que me viene a la cabeza, que es una boda de un primo en la que los invitados estaban en el patio. Había unas mujeres que venían a cantar y bailar que, por supuesto, estaban consideradas lo peor de lo peor, porque se mostraban ante los hombres y, además, iban maquilladas. Yo estaba fascinada por esas mujeres. Y el elemento que para mí simbolizaba todo ese mundo era una cortina que había en el patio, detrás de la cual estaban las mujeres. Recuerdo que me preguntaba porque las mujeres tenían que estar allí y, además, hablar flojito, porque se decía que de una mujer no se podía ni escuchar su voz. La invisibilidad máxima.

A los 8 años, aterrizas en Cataluña…

Y llegamos a Vich, que tampoco es cualquier sitio. Fuimos a parar a un barrio popular, donde había una escuela donde me sentí acogida, en un proceso muy natural, sin demasiados traumas. Pero, luego, con el tiempo he ido viendo que muchas de las cosas que entonces vivimos fueron una suerte. He encontrado un estudio antropológico sobre esa escuela, en la que había un grupo de maestras, con mucha conciencia social yo creo, que habían visto como en la anterior inmigración (la de los llamados “castellans”) se había producido una estigmatización muy importante de los alumnos. También es verdad que nosotros llegamos en un momento distinto, en democracia, con la inmersión...

¿Lo cual, poco parece tener que ver con la idea de “un sol poble”, tan al uso?

La situación actual es muy extraña. Habíamos crecido, mi generación y las posteriores, en una idea de Cataluña como lugar de inclusión. Hora, utilizamos las mismas palabras para hablar de situaciones que han ido cambiando con el tiempo. Hay una cierta tendencia en la sociedad catalana a incluir esa diversidad y acoger, etc. Creo que en la base sí, aunque no puedo compararla con otras partes del mundo, porque solo conozco esto. Pero sí que creo que hay una sensibilidad especial en los colegios, las asociaciones, en bastante gente. Lo que no sé es si eso fue objeto de política. Durante la época del tripartito (ahora demonizado) creo que si se hicieron esfuerzos para acoger al millón de personas que entonces llegaron a Cataluña, procedentes de todo el mundo. Se hicieron cosas que no solo iban en la dirección de integrar la diversidad cultural, sino la económica como, por ejemplo, el Plan de barrios. Había mucho debate y cuando llegó la crisis todo ese trabajo quedó absolutamente parado. Uno de los primeros mensajes que entonces se lanzó era que los últimos en llegar tenían que ser los primeros en irse. Hubo una campaña publicitaria con carteles en los que aparecían personas con diferentes fenotipos que decía. “Si estás pensando en volver. Plan de retorno voluntario”.

¿Ese enrarecimiento del entorno, con la corrupción, la crisis económica, la erosión de valores… de por medio, desdibuja el horizonte de Cataluña?

De alguna forma, se ha dejado de lado la principal soberanía de cualquier democracia, que es la soberanía ciudadana, para fijarse en la soberanía nacional. Creo que el principal problema del “Procés” es que los ciudadanos no podíamos pedirles cuentas a nuestros gobernantes, porque hay un elemento que condiciona la política. Cuando se estaban haciendo recortes, empobreciendo a clases sociales, no se podían pedir responsabilidades a quienes nos gobernaban. Todo se supeditaba a un futuro en el que, con la independencia de Cataluña, íbamos a solucionar todos los problemas. Las campañas (frívolas) contra cualquier voz discrepante fueron muy salvajes. Hubo un momento en el que nos pedían que creyéramos. Era un dogma de fe.

¿La recuperación del paraíso perdido?

Mi primer libro se titula “Jo també sóc catalana”. Una reivindicación que tenía que ver con la reivindicación de ciudadanía. Yo me reivindicaba como ciudadana de Cataluña. Esa abdicación de la ciudadanía explica mucho de lo que está pasando. De repente, ya no somos personas que votamos, que preguntamos y que queremos que en el Parlament se debata, entre otras cosas la propia cuestión nacional. Yo vengo de un lugar donde el chantaje de pertenencia es algo brutal. En el Rif, tal como yo recibí la identidad colectiva, entre cuyos fundamentos está la discriminación de la mujer, predomina el “nosotros” sobre cualquier otra cosa. Y yo tuve que romper con eso. La idea de un “nosotros” cerrado es asfixiante. La catalanidad que yo viví antes del “Procés” no tenía nada que ver con esto. Era una forma de reivindicar la ciudadanía, con la complejidad individual de cada uno. El haber nacido en otro sitio y poder participar. Eso existía, cuando todavía no estaba el relato. Conozco mucha gente que llegó a Cataluña en los años 60, que quiso aprender catalán y adaptarse por iniciativa propia. Eso es algo muy valioso. Porque cuando te obligan a elegir entre tus raíces y el lugar donde estás, resulta muy empobrecedor.

¿Pero, en definitiva, la reacción frente a la universalización, el internacionalismo, no está condenado a acabar en el basurero de la historia?

Aquí, desde el “Procés”, la inclusión no está en la catalanidad, como pasaba antes, sino en el independentismo. Antes teníamos un discurso público que nos decía que todos los que viven y trabajan en Cataluña son catalanes (la frase tiene tela, pero bueno) y ahora es como si la identidad se hubiera desplazado hacia una determinada opción política. Ahora para poder ser catalán, se dice, tienes que ser nacionalista. Y para poder captar el voto de la llamada comunidad musulmana (que es algo que no existe, porque las personas de religión musulmana que viven en Cataluña se agrupan y relacionan en función, sobre todo, del origen y del lugar donde están) se fomenta ese comunitarismo, en el que nos tenemos que significar no como ciudadanos, sino en base a nuestra religión, lo cual me parece demencial. Eso ocurrió el año pasado con los atentados.

¿Hacer frente a todo esto, no reclama un gran esfuerzo cultural? ¿Cómo está la cultura en Cataluña?

La catalanidad, como la he vivido, no tiene nada que ver con las manifestaciones excluyentes. Una de las cosas curiosas que han ocurrido en los años del “Procés” es la pérdida de centralidad de la cultura catalana. Fíjate como en las entrevistas que se hacen a cualquier dirigente político (cosa que no ocurre solamente aquí, pero que se nota más porque estamos hablando de una cultura que tuvo que resistir, sobreponerse a circunstancias más desfavorables), nadie es capaz de citar un solo libro. No hay ningún político que cite una novela que haya leído en los últimos años. Antes, hipócritamente, se disimulaba un poco ¿Quién habla ahora de literatura catalana? ¿Qué lugar ocupa la literatura catalana en los medios catalanes? En el otoño pasado, se sabe, que la gente dejó de comprar libros, de ir al teatro… Cuando escuchabas los discursos dominantes, mientras se iba recortando en cultura, en lengua…, empequeñeciendo el espacio de lo catalán, cabe preguntarse a dónde vamos. Si se llega a tener un Estado a partir de estos planteamientos ¿Qué Estado será? ¿Una carcasa vacía?

¿Se percibe alguna luz al final del túnel?

Estoy perpleja y preocupada, porque se ve una escalada de la tensión. Una falta de liderazgo, que influye mucho. La crispación, los enfrentamientos…, no me hacen sentirme muy optimista. Hay que educar más en ciudadanía. Los atentados me dieron mucho que pensar en este sentido, porque pusieron de manifiesto que es muy peligroso no abordar las cosas con más profundidad.