El mínimo común múltiplo

Desde las primeras elecciones autonómicas del año 1980, el nacionalismo/independentismo siempre ha ostentado el poder en la Generalitat. Incluso los dos tripartitos de izquierdas (2003-10) tuvieron un fuerte componente nacionalista, por la presión de ERC y de ICV y por la impronta política de Pasqual Maragall -el apellido pesa-, que el presidente José Montilla no quiso o no supo enmendar. Recordemos que el Nuevo Estatuto del 2006 -antecedente del procés, después de la sentencia del Tribunal Constitucional- fue formulado y aprobado por el gobierno tripartito.

Europa, y no solo Cataluña, tiene un pasado medieval. Si nos remontamos a siglos atrás, el Viejo Continente era un puzzle de reinos y ducados independientes que no han tenido continuidad histórica (Borgoña, Lombardía, Sicilia, Cerdeña, Lorena, Aquitania, Bretaña, Nápoles, Sajonia, Hannover, Württemberg, Baviera, Eslavonia, Venecia, Aragón-Cataluña, Castilla…). La posterior constitución de los Estados modernos, producto de guerras y de revoluciones, modificó las fronteras y creó nuevas entidades políticas, que son las que han vertebrado e impulsado, después de la hecatombe de la II Guerra Mundial, el gran proyecto de la Unión Europea.

Tenemos que saber leer la historia y adaptarnos a la realidad si queremos garantizar la continuidad y la prosperidad de Cataluña. La nación es un concepto político que ya no está de moda. En primer lugar, porque la dinámica comercial del mercado único europeo ha borrado las fronteras interiores. En segundo lugar, porque la moneda del euro ha creado y consolidado una nueva comunidad supraestatal de intereses. En tercer lugar, porque las tecnologías de comunicación -en las cuales las nuevas generaciones están totalmente imbuidas- han roto el sentimiento territorial de pertenencia para crear una imparable comunidad humana global. En cuarto lugar, porque las sociedades occidentales son, irreversiblemente, mestizas y multiculturales.

Quedan, como es obvio, expresiones de identidad local y nacional, pero que tienen, cada vez más, un componente lúdico y cultural, más que no político: los campeonatos de deportes de masas (fútbol, rugby, baloncesto, ciclismo…), los festivales de música como Eurovisión, las particularidades tradicionales heredadas (en el caso de Cataluña, la lengua, los castellers, Sant Jordi, las calçotades, el cagatió…) o las conmemoraciones de antiguas gestas patrióticas (el descubrimiento de América, nuestro 11 de Septiembre, el 14 de julio en Francia…).

Para encarar correctamente el futuro, Cataluña debe desprenderse del lastre del nacionalismo, que está instalado en la Generalitat ¡desde hace 44 años! (Para ponerlo en perspectiva, la dictadura franquista duró 39 años). Con la llegada de Jordi Pujol al poder, en 1980, emprendimos un camino que, mutatis mutandis, ha llegado hasta hoy. En muchos sentidos, Esquerra Republicana (ERC) actúa como la heredera de Convergència y sus dirigentes se han dedicado a intentar sublimar el «sueño húmedo» del pujolismo, que era la materialización de la independencia.

Los socialistas de Salvador Illa apuestan por pasar página, después de la calamitosa aventura procesista. No. Lo que hace falta es cambiar de libro, porque el cuento de la recuperación y recreación de la mitificada Cataluña medieval, cuando nuestros antepasados conquistaron Mallorca y València y dominaban el Mediterráneo, se ha acabado. Por la «vía étnica», como predica la candidata xenófoba Sílvia Orriols, tampoco vamos a ninguna parte y hacemos el ridículo.

Lo realmente relevante de las próximas elecciones del 12-M es que las fuerzas independentistas, después de muchos años siendo hegemónicas, pueden no sumar la mayoría absoluta en el hemiciclo. Un síntoma del cansancio de este proyecto de sociedad es que se presentan hasta siete candidaturas que propugnan la vía secesionista (ERC, JxCat, la CUP, Alhora, Aliança Catalana, Front Nacional y Convergents) ¡y eso que no ha prosperado la lista cívica que promovía la ANC ni Solidaritat Catalana per la Independència ha obtenido el número de avales necesarios! Después del fracaso en la gestión política del referéndum del 1-O, todos se tiran los platos por la cabeza y cada uno de ellos cree que tiene la razón y la solución mágica.

Hay que aprovechar este desconcierto y esta desbandada del segmento independentista para hacer avanzar una alternativa desnacionalizadora que nos inserte plenamente en el proyecto de construcción europea. El principal enemigo del nacionalismo catalán es el nacionalismo español: no pueden existir el uno sin el otro. Pero hay vida -muy interesante y fructífera- fuera de esta dialéctica cainita.

Como la religión, el sentimiento patriótico tiene que ser algo que quede en la intimidad de cada cual. Como nos ha enseñado la historia -y ahora mismo, lo vemos en Palestina y en Ucrania- el nacionalismo exacerbado es una fuente de odio, de conflictos, de enemistades, de desgracias y de dolor. Guardemos las banderas para apoyar a nuestro equipo de fútbol o para adornar los balcones por Sant Jordi, pero no para agredir al vecino ni declararle la guerra.

La gente está cansada y harta de los enfrentamientos tribales y de la violencia que conlleva inherente. Desde que salimos de las cavernas hasta hoy, que todos estamos conectados al wifi, la humanidad no ha parado de avanzar y de evolucionar. La etapa de las pulsiones nacionalistas, que vivimos y sufrimos con gran virulencia durante los siglos XIX y XX, está en absoluta decadencia, porque ya sabemos cuál es el altísimo precio que hay que pagar y ahora no tiene ningún sentido.

Salvador Illa, si gana las elecciones catalanas, no solo tiene que intentar formar gobierno. Tiene que cortar y hacer un reset de la inercia que arrastramos en Cataluña desde hace 44 años. Hay un mínimo común múltiplo que abarca a una amplia mayoría social catalana, incluidos una buena parte de los independentistas: el federalismo.

¿Qué es el federalismo? Lo sabemos bien, porque es el sistema de gobierno que tienen en Estados Unidos o en Alemania, donde cada una de las entidades federadas tiene amplias competencias de autogobierno. También es el esquema de construcción de la Unión Europea y se acerca mucho al Estado de las Autonomías que tenemos en España, que hay que reformar, modernizar y mejorar.

Desde Cataluña siempre hemos idealizado la monarquía de los Austrias, en contraposición a los Borbones, porque organizaba sus dominios de manera confederal (aunque la Guerra de los Segadores y la pérdida de la Cataluña Norte se produjo durante el reinado de un Austria, Felipe IV). El espíritu de los Habsburgo está muy presente en la refundación de Alemania después de la II Guerra Mundial y siempre he pensado que la solución a los viejos y envenenados conflictos territoriales de España pasa por fotocopiar y adoptar la Constitución alemana.

En la necesidad y conveniencia de hacer evolucionar el Estado de las Autonomías hacia un verdadero Estado federal pueden coincidir Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, con el apoyo de sus barones territoriales. También los sectores más pragmáticos del soberanismo catalán se avendrían a superar, por esta vía, el callejón sin salida que significa que la reforma del Estatuto de Autonomía aprobada en referéndum fuera mutilada por el Tribunal Constitucional.

Tenemos que cerrar el libro del nacional-pujolismo, que nos ha llevado al precipicio y al desastre, y abrir el nuevo libro del federalismo, que nos aportará nuevas ideas, debates y resultados muy interesantes y productivos. Esta es la oportunidad y el reto que nos ofrecen las elecciones del 12-M y por eso hace falta que Salvador Illa -continuador del pensamiento y la praxis tarradellista- obtenga una victoria clara.

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