La esperanza (política) estival

Leía esta semana con bastante perplejidad que el gobierno británico ha instalado una cárcel en el interior de un barco para alojar a los inmigrantes que llegan de forma irregular al país. Si ya es indigno que no se hayan puesto todos los medios y todos los instrumentos para evitar que tantas y tantas personas hayan perdido la vida intentando llegar a las costas del sur de Europa, resulta indecente que en pleno 2023 un país democrático trate así a seres humanos que proceden de otro continente y que lo único que desean es tener una vida mejor. No olvidemos, además, que son personas que a menudo viajan solas y que lo han dado absolutamente todo para hacer realidad el sueño de llegar a Europa.

Sin embargo, el ‘Bibby Stockholm’, que es como se llama el barco, no es otra cosa que la confirmación de que el ejecutivo conservador de Rishi Sunak ha perdido definitivamente el norte y que la fatídica salida del Reino Unido de la Unión Europea ha sido un auténtico desastre para el país. Si el Partido Conservador considera que así revertirá los sondeos actuales mal vamos.

En España, estoy seguro de que el Partido Popular y Vox estarían acordando un programa de gobierno con medidas de este cariz si los números se lo hubieran permitido. Los precedentes de la Comunidad Valenciana, Extremadura, Castilla y León o Aragón son una clara constatación de ello. Son pactos, además, de los que sólo sale ganando la extrema derecha y que tienen demasiados damnificados y perdedores: las mujeres, las personas migrantes, la lucha contra el cambio climático, la agenda 2030, la escuela y la sanidad públicas como elementos garantes de la cohesión social y territorial, la diversidad lingüística y la convivencia territorial… Quisiéramos algunos que el Partido Popular tuviera la mitad del sentido de responsabilidad y de compromiso con los valores democráticos que el que tienen los conservadores alemanes. La historia sería muy distinta.

Por eso, a la vista de los resultados electorales, choca que en un momento como el actual Junts per Catalunya no haya mostrado un compromiso más explícito con la gobernabilidad del país y con la mayoría política que cree que es hora de negociar, sobre el realismo y el pragmatismo, un acuerdo que evite una repetición electoral que podría acarrear un ejecutivo de Feijóo y Abascal. No debemos perder de vista, en este sentido, que la formación ultraderechista ha estado detrás de la inmensa mayoría de causas del procés y, por tanto, que ha contribuido de forma muy decisiva y reiterada a situar a la sociedad catalana en el umbral de la implosión social.

Soy de los que piensa que Junts per Catalunya, desde una negociación dentro de los márgenes constitucionales, no debería bloquear la investidura de Pedro Sánchez por tres motivos: en primer lugar, por sentido de responsabilidad con los principios democráticos y por la convicción de que, por encima de las diferencias partidistas, políticas o territoriales, existe un bien superior que es evitar la entrada de la extrema derecha en las instituciones de gobierno. En segundo lugar, por los resultados electorales, ya que Cataluña ha avalado de forma muy mayoritaria al gobierno de PSOE y Sumar (el 54% de los escaños frente al 29% del independentismo y el 16% de PP y Vox). En otras palabras, la sociedad catalana ha votado en clave federal remarcando que quiere seguir formando parte de un proyecto común que trabaja por la unidad desde la defensa de la pluralidad y la diversidad. Justamente por eso, no estaría de más, que la formación post-convergente, que tanto ha reclamado en los últimos años respecto a la voluntad mayoritaria de las urnas, escuchase lo que ha dicho la ciudadanía. Y, en tercer lugar, porque sólo hay que ver lo que está pasando en materia cultural o lingüística en comunidades de nuestro entorno como las Islas Baleares o la Comunidad Valenciana para darse cuenta de que es una auténtica temeridad eludir la responsabilidad de lo que reclama el momento político actual.

Sin embargo, soy plenamente consciente de la dificultad y la complejidad de la empresa, y más teniendo en cuenta el enfoque y el discurso desplegados a lo largo de la campaña electoral por parte del partido catalán. Sin embargo, y también teniendo presente que en el seno de la formación conviven múltiples sensibilidades y familias, que la actuación de la organización en diferentes ámbitos y esferas no responde a único patrón y que la situación de Carles Puigdemont es la que es, prefiero estar esperanzado. Porque la esperanza es lo último que se pierde.

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