El velo del Islam

El programa Sense Ficció se atrevió el 24 de enero con el documental Atrapades entre dos mons a romper el tabú sobre la situación que viven en Cataluña las hijas de musulmanes, que se han convertido en ateas o agnósticas o, que inician una relación sentimental con un no musulmán. En los países islámicos no se permite que una musulmana o hija de musulmanes pueda casarse con un no musulmán. Al revés sí, un musulmán puede casarse con una cristiana, dado que se cree que el islam se transmite con el semen del padre. Y son muchas las mujeres europeas que se casan con un musulmán magrebí o hijo de magrebíes sin que se les exija convertirse, si bien los hijos se educarán como musulmanes y tendrán nombre musulmán. Y muchas hijas de inmigrantes musulmanes, residentes ellas y su familia en Europa, que quieren casarse con un europeo no musulmán, para no ser repudiadas por la familia y asediadas por la llamada “comunidad”, no tienen más remedio que forzar a que su futuro esposo a hacer el ritual de conversión al islam, aunque sea de mentira.

En el documental de TV3 las hijas de musulmanes que aparecían denunciaban también la persecución que sufrían por haberse negado a llevar el velo. Un velo que, como explican a menudo la melillense Mimunt Hamido, autora del libro “No nos taparán” y la catalana Najat el Hachmi, es muy diferente al pañuelo que llevaban sus abuelas en Marruecos. Unas abuelas que iban con un vestido de mangas anchas que mostraba los codos y no cubría el cuello, y un pañuelo en la cabeza que dejaba a la vista las orejas y parte del cabello. Ahora en cambio el nuevo velo venido de Arabia Saudita implica tapar todo el cabello, las orejas, todo el cuello y la parte de debajo de la barbilla.

Hay una crítica en los movimientos de ex-musulmanas en Europa hacia las izquierdas y partidos de centro que se niegan a apoyar a las hijas de musulmanas que han dejado de creer o que quieren casarse con un no musulmán. Lamentan que para las izquierdas todos podemos ser transexuales o bisexuales y autodeterminarnos el género, pero no defienden el derecho a dejar de creer de las hijas de inmigrantes musulmanes o a enamorarse de un europeo no musulmán. No se condena, argumentando la supuesta complejidad de la cuestión y diciendo que no se pueden aplicar parámetros occidentales, ni valorarlo desde la superioridad moral eurocentrista para decir qué pueden hacer o no hacer las hijas de musulmanes. Y no es ninguna casualidad que muchas ex-musulmanas europeas ante este abandono que sufren por parte de las izquierdas y también de los partidos de centro acaben acercándose a la ultraderecha. ¿Recuerda el lector a la diputada flamenca negra Assita Kanko que recibió a Puigdemont en el Parlamento Europeo el día que logró la credencial de eurodiputado? Kanko, nacida en Burkina Faso, harta del relativismo cultural de la mayoría de partidos belgas y flamencos, se afilió a la Nueva Alianza Flamenca, adscrita al grupo de Conservadores y Reformistas del Parlamento Europeo en el que también están Vox y los Hermanos de Italia de Meloni.

Tras el asesinato en Algeciras de Diego Valencia, miembros de las asociaciones islámicas andaluzas respondían diciendo que el Islam es una religión de paz y citaban mal traducida la sura 5-32 del Corán, afirmando que el libro sagrado dice que “quien mata a un inocente mata a toda la humanidad”. Fragmento del Corán que si se traduce correctamente, condena que se mate a «quien no ha matado a nadie, ni extendido la corrupción moral por la Tierra». Y acto seguido dice que hay que “crucificar y amputar a quien combate a Alá y a su enviado –Mahoma– y a quien extiende la corrupción moral por la Tierra”. Y rechazar o negar la religión de Alá, es combatirlo. Decir que el Corán no fue revelado por el arcángel Gabriel a Mahoma, sino inventado por unos hombres, y que su contenido, la ley islámica, es una barbaridad aplicarlo, es combatir a Mahoma. Y decir que una hija de musulmanes puede tener relaciones sexuales con un no musulmán, o hacer público que ha dejado de creer, es extender la corrupción por la tierra.

Y es que el problema radica en que mientras las sociedades de las otras dos religiones monoteístas, el judaísmo y el cristianismo, han asumido la libertad ideológica y de creencias, dejando la religión a nivel personal, y tanto en las democracias de tradición cristiana como en Israel, muchos ateos han podido ser y son primeros ministros, las sociedades islámicas se niegan a quitarse su velo mental. Y de esa incapacidad de ubicar la religión en el ámbito privado, como hizo Europa con la Ilustración, nace tanto el salafismo social y político como el yihadismo violento.

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