Tecnomagia o sociedad sostenible

Susana Alonso

En las últimas semanas estamos constatando lo que muchos científicos nos venían advirtiendo. Estamos llegando a los límites del sistema económico imperante durante décadas y que por su supervivencia necesita el crecimiento o dicho de otra forma el beneficio como base, un sistema que bajo la premisa del progreso se ha impuesto como la cultura hegemónica en un mundo globalizado.

En esta cultura hay un concepto que hemos aprendido con la creencia de que es infinito (elasticidad de sustitución de los factores de producción), que significa que cuando hay algo que se vuelve escaso el mercado busca y encuentra una alternativa con un precio razonable. Este principio choca con la teoría de los economistas que defienden alternativas como la economía estacional o ecológica

Hace cincuenta años que se presentó un estudio científico que hablaba de los límites del crecimiento y recordaba que no se puede crecer de forma ilimitada en un mundo finito. Y no falta la respuesta de quienes tienen una confianza irracional en que el mercado y el ingenio humano encontrarán soluciones para seguir creciendo.

El científico Antonio Turiel explica muchas veces que la tecnociencia nos ha aportado un gran avance y desarrollo a nuestras sociedades que hace dos siglos parecerían imposibles, pero al mismo tiempo recuerda que la ciencia habla también de límites como los principios de termodinámica que marca el máximo de energía que se puede obtener, la cantidad que se puede aprovechar y el rendimiento que se puede obtener con su uso.

La realidad está siendo aún más tozuda en el momento actual. Hay dos realidades que pueden convertirse en un polvorín en los próximos meses. La primera es la escasez de diésel, que podríamos decir que es la sangre que circula por este sistema económico y la que hace que toda su estructura, carreteras, transportes, agricultura funcionen. Esto puede acarrear revueltas en algunos países africanos y latinoamericanos si la ausencia de este combustible fósil provoca el encarecimiento de los alimentos o peor aún su desabastecimiento.

La segunda es, según la propia FAO, la crisis alimentaria que en abril puede producirse en algunos países, debida principalmente a la escasez de fertilizantes nitrogenados que sirven para la agricultura y que se sintetizan con el gas natural. China cerró la exportación de fertilizantes en septiembre y Rusia, antes de la invasión de Ucrania, hizo lo mismo durante dos meses y veremos si lo prorroga. Estas medidas pueden significar, aparte de la subida del precio de los alimentos, un shock para algunos países como Argentina, principal productor de soja, que dependen directamente de los fertilizantes de China.

Mientras esperamos la tecnomagia que pueda sustituir combustibles fósiles como el petróleo, el carbón, el uranio y el gas que hicieron que se pudiera disponer de una energía abundante y barata para favorecer la globalización, una pandemia y una guerra han acelerado lo que es inevitable: la escasez de energía y de materiales. Es necesario plantearse objetivos como la soberanía alimentaria, la relocalización y la reindustrialización de nuestros territorios, reduciendo la dimensión de las redes de consumo y de transporte privado.

La otra posibilidad es que vayamos hacia un sistema ecofascista de concentración económica y no distributiva que empobrezca a gran parte de la población y que se limiten, desde la represión, los derechos fundamentales de los que hemos podido disfrutar hasta ahora.

SI la guerra, la escasez de diésel y de fertilizantes nitrogenados puede causar la destrucción e inestabilidades en muchos países y la degradación gradual de su estructura social en otros, deberíamos tener en cuenta la necesidad de preservar la democracia y los derechos de las personas con un discurso alternativo y posibilista que garantice a todo el mundo un buen nivel de vida.

Dicen los expertos que es posible un sistema económico estacional que, en lugar del beneficio como base del crecimiento, se base en la lógica de la suficiencia, antes de que sea la propia naturaleza la que rompa la arquitectura de bienestar y colapse la vida de personas y sociedades.

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