La vía valenciana y balear

Susana Alonso

Uno de los grandes objetivos del movimiento independentista catalán, desde el inicio del proceso, ha sido tratar de convencer a la sociedad catalana de que la España actual es heredera del franquismo, irreformable, homogénea y que no respeta la diversidad social, política, lingüística y cultural de los territorios que la componen. Durante los gobiernos de Rajoy, las voces sociales y políticas que en el resto de España intentaban tender puentes con la sociedad catalana quedaban silenciadas por la intransigencia independentista y por una derecha española que utilizaba constantemente a Cataluña como un arma electoral.

Sin embargo, los tiempos políticos han cambiado (y mucho). Por un lado, el independentismo, pese a mantener la mayoría en el Parlament, perdió casi 640.000 votos en las últimas elecciones autonómicas. Este elemento y el giro estratégico de ERC en el Congreso (en mucha menor medida en el Parlament) fueron los primeros síntomas del fracaso y el agotamiento del proyecto independentista.

Por otra parte, la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa ha sido primordial para rebajar la tensión social y política, y para iniciar un diálogo con la Generalitat que, ya de por sí, es una victoria de la democracia, porque es el triunfo de la palabra, el acuerdo y el pacto frente a la negación del otro, la intransigencia y la crispación constante.

La actual deriva del PP (cada vez se encuentra más cercano a los postulados de Vox y cada vez más lejos de la democracia cristiana defendida por líderes europeos como Angela Merkel) y la gestión y actitud de Díaz Ayuso no dejan de ser recordatorios de que la situación de distensión puede ser un espejismo en caso de que las fuerzas políticas conservadoras y ultraconservadoras sumen mayoría después de las próximas elecciones generales. Y, por tanto, un aviso de que entonces no habrá ni diálogo ni nada.

Sin embargo, la pandemia y el cambio del clima político y social han comportado que ganen peso voces como las de los presidentes Ximo Puig y Francina Armengol. Ambos han apelado últimamente a la recuperación de la fluidez institucional con la Generalitat y la descentralización de instituciones estatales. Al mismo tiempo, han trazado un discurso que busca la concordia, el entendimiento y la defensa de una España plural, diversa y federal. El relato que han tejido choca frontalmente, además, con la España en blanco y negro que ha dibujado el independentismo. El discurso de los mandatarios valenciano y balear recuerda el que construyó el expresidente Pasqual Maragall a principios de la década de los 2000 y que buscaba, como el de Puig y Armengol, la unión entre sensibilidades políticas distintas.

Es evidente que los caminos que han ofrecido Puig y Armengol a las sociedades valenciana y balear son mucho más complejos que lo que plantea Pere Aragonès a la catalana. Pero ante la complejidad social y política de las sociedades actuales se necesitan respuestas y políticas que no simplifiquen la realidad. Reducirlo casi todo, como hace Aragonés, a una votación de Sí/No resulta enormemente temerario. Basta con ver las consecuencias económicas y sociales del Brexit para que uno se dé cuenta de la inconsciencia que cometió David Cameron al convocar el referéndum.

Aragonés haría bien en corresponder a los ofrecimientos de Puig y Armengol sumándose a la vía del acuerdo y el pacto. Sumar, en un momento político como el actual, con la Comunidad Valenciana y las Baleares para tener una financiación autonómica justa, luchar contra el dumping fiscal propugnado por Díaz Ayuso, defender rasgos culturales y lingüísticos comunes o apostar por el corredor mediterráneo resulta primordial para revertir el cierre de Cataluña de los últimos años.

Además, visto el panorama político, no hay muchas más opciones (viables). Sin embargo, el presidente catalán debería ser consciente de que el momento es ahora, porque los comicios que se celebrarán en algunas autonomías pueden hacer variar las piezas del tablero político y, en consecuencia, pueden hacer que sea mucho más complicado acordar con los territorios con los que hay más intereses en común.

Como señaló Ximo Puig en su discurso de Fin de Año, «lo que necesitamos es sumar, con la palabra serena y sin gritos». En este sentido, la Generalitat debe elegir si quiere polarizar con la Comunidad de Madrid o si quiere adherirse a un proyecto que, desde la palabra serena, la diversidad y el pluralismo, busca la unión en cuestiones fundamentales para la prosperidad económica y social. Abrir o cerrar Cataluña. La pelota está en el tejado de Aragonès.

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