El vaciamiento que no se produjo

«Oportunidades para dejarlo todo e irse al pueblo a vivir (con o sin dinero)». «Estos pueblos de menos de 300 habitantes te servirán para organizar las vacaciones y huir del calor infernal de tu ciudad».

En una búsqueda básica en internet, me ha sorprendido encontrar estos titulares de periódicos. ¿Cómo se puede vivir sin dinero, sea donde sea? En concreto, ¿cuál es el pueblo donde se puede vivir sin dinero? ¿Todas nuestras ciudades sufren un calor infernal del que se ha de huir? ¿No hay ningún pueblo de menos de 300 habitantes donde haga, también, un calor infernal?

Vistas así, desencajadas del contexto, estas frases llamativas parecen bastante frívolas, aunque al final tengan la intención de incentivar el turismo o la desmasificación de las grandes ciudades.

Yo vivo en un pueblo pequeño. O mediano. Un pueblo normal, me parece. Alforja tiene unos 1.800 habitantes, ayuntamiento, guardería y escuela, pabellón polideportivo, farmacia y cuatro tiendas que aguantan. También hay bares con terraza al aire libre. Formamos parte de asociaciones culturales y entidades deportivas, organizamos actividades, fiestas, exposiciones y concursos.

En el Baix Camp hay pueblos más pequeños que Alforja y otros pueblos más grandes, y los servicios que no se pueden llevar a cabo con los medios propios, se mancomunan a partir de estructuras administrativas superiores. Haciéndolo así, conseguimos tener cubiertas nuestras necesidades educativas, sanitarias o asistenciales en el día a día de cada año.

Susana Alonso

Por eso este planteamiento informativo, ya lo he dicho, me deja atónita. Fuera de las áreas metropolitanas no vivimos en el paraíso terrenal, instagramejando nuestra feliz vida rural entre lo verde y el murmullo del agua, pero tampoco nos hemos fosilizado en épocas preindustriales, cazando y recolectando los alimentos y practicando nuestro folklore ancestral. Todo hace pensar, sin embargo, que la temporada de máximos y mínimos todavía no ha pasado de moda: cualquier cosa es o muy buena o muy mala, sin medias tintas, y lo que es muy bueno lo tiene que hacer todo el mundo y todo el mundo lo debe hacer al mismo tiempo.

En una extensión geográfica relativamente pequeña como es Cataluña, la megacefalia del área metropolitana contribuye a alimentar estos tópicos y a mantener tan viva como siempre, de manera lamentable desde mi punto de vista, la dicotomía entre lo urbano y lo rural.

En nuestro territorio no se produjo un «vaciamiento» de las zonas rurales durante el franquismo tan contundente como el que sufrieron determinadas áreas de España, donde la inmigración hacia las grandes ciudades hizo desaparecer buena parte de la población, mayoritariamente joven y fértil, huyendo del hambre y de la falta de oportunidades vitales.

En Cataluña, debido a la distribución social de la agricultura, con propiedades más pequeñas y de gestión directa, la densidad de población en las áreas rurales aguantó mejor y no sufrió este vaciado. Por eso tal vez, todavía hoy, nos mantenemos en una lógica histórica que parece alimentar la separación entre mundo rural/mundo urbano y que se expresa en un desequilibrio territorial contundente entre el centro metropolitano de la capital respecto al más amplio perímetro exterior de Cataluña.

Da la sensación de que, desde estos años cincuenta del siglo pasado, ha llovido lo suficiente para que las administraciones propias pudieran plantearse seriamente la reducción de esta brecha, pero las políticas demográficas aplicadas (o no) han sido insuficientes para impedir que, a comienzos del siglo XXI, la provincia de Barcelona continúe concentrando casi el 73% de la población catalana.

El horizonte 2030 europeo nos pone frente al espejo territorial y nos obligará a plantear, planificar y ejecutar un conjunto complejo de actuaciones interrelacionadas: la presencialidad laboral, la sostenibilidad turística, el desarrollo de las energías renovables, los nudos de comunicación, la concentración excesiva de población, la digitalización completa y de calidad, la conservación del medio natural y el patrimonio.

Estas actuaciones, desde mi punto de vista, deben tener una base clara: el necesario cultivo de la empatía entre territorios, más allá del equilibrio solidario, y requieren un esfuerzo político consciente de que debe fundamentarse en una estrategia emprendida prioritariamente y con voluntad de éxito.

Desde Alforja, mi pueblo de tamaño medio, las solicito.

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