La gran lección de la covid-19

No hay mal que 100 años dure y la covid-19, tampoco. Pero la pandemia ya hace más un año y medio que nos golpea y debemos convenir que nuestras autoridades -catalanas, españolas y europeas- han errado en su estrategia y no lo han hecho bien en el cumplimiento del deber superior de salvaguardia de la población que tienen encomendado. Las medidas preventivas no se han aplicado de manera correcta y se ha abierto la mano cuando había que mantenerla todavía cerrada, facilitando la propagación del virus.

China se ha erigido en el paradigma de cómo atacar esta pandemia: con disciplina social, con contundencia sanitaria y con un rígido control de las fronteras, obligando a todos los visitantes que llegan al país a hacer una estricta cuarentena de 15 días, bajo vigilancia constante. Con la fórmula europea de hacer compatible la persistencia de la covid-19 con el funcionamiento de la actividad económica, confiándolo todo al impacto de las vacunas y a la inmunidad de rebaño, el remedio no se ha demostrado eficaz.

Han pasado 18 meses y ahora afrontamos la quinta oleada de la covid-19, las ucis de los hospitales vuelven a estar llenas, la economía no acaba de arrancar y sufrimos una presión inflacionista que castiga, todavía más, los precarios bolsillos de los trabajadores. La Comisión Europea ha hecho algunas cosas bien -la centralización de la compra de las vacunas y la puesta en circulación de montañas de dinero para evitar el colapso, por ejemplo-, pero la pandemia también ha puesto al descubierto las contradicciones e insuficiencias del proyecto europeo.

La preeminencia -como hemos podido constatar- de los intereses de los 27 estados miembros por encima de los intereses comunes de los 450 millones de ciudadanos europeos demuestra que la Unión todavía está a medio hacer  y que, entre otros obstáculos, la carencia de un idioma común que nos hermane dificulta gravemente el proceso de integración. Tenemos muy claras y marcadas las fronteras internas entre los estados, pero, en cambio, no tenemos una visión conjunta del perímetro del espacio comunitario, convertido en sujeto de soberanía, tal como pasa en los Estados Unidos, en China o en Rusia.

Pero, gracias a la pandemia, los europeos también hemos comprendido algunas cosas importantes. Por ejemplo, que nuestro modelo de sanidad pública –conseguido gracias a la lucha de los trabajadores organizados en sindicatos- es un bien muy preciado que hay que mantener y mejorar. También que la existencia de un potente sector público, que se nutre de los impuestos de las empresas y de los particulares, es la mejor garantía para la construcción de una sociedad más igualitaria y más proteccionista. Después de este terremoto colectivo, el proyecto de la Unión Europea tiene que renacer con más potencia y con más ambición.

En este horizonte de progresiva e irreversible disolución de las viejas identidades nacionales para vertebrar los Estados Unidos de Europa, Cataluña tiene que entender cuál es el rol que juega y actuar en consecuencia y con inteligencia. La independencia es una estrategia que podía tener sentido hace 100 años, al amparo del proceso de secesión irlandés, pero que, actualmente, está totalmente desfasada y no tiene cabida en la lógica convergente del proceso comunitario.

Además, la economía y la tecnología –que siempre determinan los avances de la historia- nos dirigen hacia una globalización que necesita de grandes bloques geopolíticos para poder desarrollarse hasta devenir una única comunidad humana. En este sentido, la integración de la Unión Europea –entorpecida momentáneamente por el Brexit y por mandatarios “tóxicos” como los de Hungría, Polonia y Eslovenia- necesita un rápido impulso para consolidarse como tercera vía entre el modelo chino (comunismo ultracapitalista) y el norteamericano (liberalismo ultracapitalista).

Hay una vía europea al futuro -fundamentada en principios como la antigua filosofía griega, los valores solidarios cristianos, la Revolución francesa, la conciencia política obrera y la abominación absoluta de los factores que desencadenaron las dos terribles guerras del siglo XX- que tenemos que reivindicar y defender en este mundo multipolar. Nuevos vectores emergentes, como el ecologismo, el pacifismo, el feminismo, el antifascismo…, son, como la socialdemocracia, genuinamente europeos y los tenemos que asumir como signos de nuestra identidad colectiva.

La próxima estación debe ser que el Parlamento europeo sea el depositario real de la soberanía política de los 450 millones de ciudadanos de la Unión europea y que escoja, por encima de la tutela y de los intereses de los estados, el Gobierno de Bruselas, con plena jurisdicción sobre los 27 países. Esto obligará que los partidos políticos se vean impelidos a estructurarse, seriamente, en clave continental y que visibilicen programas y liderazgos conjuntos.

Afortunadamente, las nuevas generaciones ya están acostumbradas a comunicarse en inglés –aunque el Reino Unido se haya autoexcluido, erróneamente, del proyecto europeo- y no tienen ningún problema mental para “encontrarse como casa” en cualquier lugar del espacio comunitario.

En paralelo a la profundización del proceso de integración, la Unión Europea tiene que abordar sin miedos la ampliación de sus fronteras a los países balcánicos (Serbia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Albania y Macedonia), que ya están maduros para adherirse a este ilusionante y necesario proyecto común. También es hora que los ocho países que todavía no forman parte de la eurozona aceleren la adopción de nuestra moneda común.

Los europeos de hoy tenemos que ser conscientes que nos lo jugamos todo. O aceleramos la transformación en un bloque geopolítico homogéneo o las ambiciones económicas expansionistas de China y de los Estados Unidos se nos comerán vivos. Este es el gran peligro que corremos si dudamos y continuamos perdiendo el tiempo, como hasta ahora.

Una última reflexión. El Principado de Andorra, el único estado del planeta que tiene el catalán como idioma oficial, también tiene que plantearse seriamente su futuro. Su indefinición actual, pendiente de la larguísima negociación de un acuerdo de asociación con Bruselas, es letal para la prosperidad de sus 80.000 habitantes. En el mundo de hoy ya no hay “islas”, como quiere continuar siendo Andorra. Desgraciadamente, todavía no ha salido ningún líder político en estos valles del Pirineo que defienda, sin ambages, que hay que abandonar el inviable sueño “autárquico” y solicitar la plena integración en la Unión Europea (por supuesto, con la fórmula institucional de República).

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