Cataluña no necesita un nuevo Mesías

Cataluña es un país demasiado pequeño para permitirnos el lujo de estar permanentemente peleados entre nosotros y, en consecuencia, distraídos y paralizados en nuestra obligación de desplegar las grandes potencialidades que tenemos. O, tal vez es porque somos un país demasiado pequeño que estamos entretenidos en batallas de campanario, que no llevan a ninguna parte, pero que nos ayudan a “matar” el aburrimiento que comporta el bienestar que hemos logrado (y que estamos perdiendo a velocidad vertiginosa).

Ya se sabe que los odios y las desavenencias más viscerales entre vecinos suelen pasar en los pueblos pequeños. En cambio, en las grandes ciudades, las relaciones son más fluidas y las tensiones entre personas o familias se diluyen en el anonimato de la masa. Lo mismo pasa en la relación de Cataluña con España, Europa y el mundo. Los independentistas están, literalmente, obsesionados en averiguar qué piensan de ellos y en intentar llamar la atención, mientras que España, Europa y el mundo están por otras cosas (y no por el desenlace de la guerra de Sucesión del 1714).

Con el indulto de los presos, el ciclo del proceso independentista -iniciado en 2012 con la imputación de Oriol Pujol y que logró su clímax el otoño del año 2017- se ha acabado. Ciertamente, como reclamaba con insistencia Salvador Illa, hemos “pasado página”, gracias al coraje político y a la “magnanimidad” del presidente español, Pedro Sánchez. Y también al apoyo explícito del rey Felipe VI, a quien no le ha temblado el pulso a la hora de firmar la concesión de los indultos, de los empresarios de la CEOE, de los sindicatos mayoritarios, de la jerarquía eclesiástica…

Es obvio que todavía quedan algunos fuegos que arden: las multas del Tribunal de Cuentas, la situación de Carles Puigdemont y de los otros expatriados (Toni Comín, Lluís Puig, Clara Ponsatí, Marta Rovira y Anna Gabriel), los sumarios de los juzgados 1, 13 y 18, el proceso de los CDR, los juicios a la familia Pujol y del caso del 3%… Pero el “nudo gordiano” del conflicto que mantenía el independentismo con el Estado ha quedado cortado con la aprobación de los indultos a los nueve políticos que arrastraban penas de prisión.

Tenemos delante una nueva página en blanco de nuestra historia que nos corresponde escribir. Con la ventaja que ya sabemos, por amarga y dolorosa experiencia, cuáles son los gordísimos errores que los catalanes podemos volver a cometer (caudillismo, populismo, unilateralismo, corrupción, nepotismo, sectarismo, manipulación mediática, censura, milenarismo…). Nos corresponde a todos, pero, de manera muy especial, al presidente Pere Aragonès, avanzar en la buena dirección y con paso firme, que solo puede ser fruto del consenso, a partir del diálogo transversal, permanente y constructivo con las principales fuerzas políticas y sociales de Cataluña.

Todo gobernante merece 100 días de “gracia” antes de valorar sus capacidades y Pere Aragonès, también. La primera batalla que tendrá que librar y ganar es contra los hiperventilados que están emboscados en las filas de su socio de gobierno, Junts x Cat, y que promueven, insensatos, la estrategia del “cuanto peor, mejor”. Son estos núcleos, que se autoconsideran “puristas” y “guardianes del espíritu del 1-O”, quienes pueden sabotear y frustrar la nueva etapa de esperanza que ahora se abre en Cataluña.

Pero el gran peligro que corremos en Cataluña es que volvamos a caer en manos de un “predicador mesiánico”. El proceso no se explica sin la “matraca” del pujolismo, que creó y modeló una base sociológica dispuesta a “comprarla”. Sus 23 años al frente de la Generalitat y su perspicacia para dominar (pagando con dinero público) el discurso mediático alimentaron la ilusión independentista, como mecanismo para perpetuar la hegemonía de una élite económica y política que tiene, como finalidad exclusiva, el enriquecimiento personal -a través del “pelotazo” y la corrupción- y la imprescindible impunidad judicial para poder escabullirse de sus fechorías.

Esta parece que es la tentación de Oriol Junqueras, el líder de ERC, que pretende convertirse en el nuevo “guía espiritual” de Cataluña, a imagen y semejanza de Jordi Pujol. En este sentido, Carles Puigdemont no da la talla: su discurso es muy pobre y no tiene las habilidades dialécticas necesarias para engatusar a la gente de buena fe más allá de cinco minutos. Oriol Junqueras es del tipo de políticos que se gustan escuchándose y, por eso mismo, no es tan importante qué dice, sino cómo lo dice. De este modo, puede decir cualquier majadería –y las ha soltado a mansalva en los últimos años- sin inmutarse… y si cuela, cuela.

Yo he escuchado a Oriol Junqueras decir, en el magnífico edificio gótico de la Llotja, que no había que preocuparse si, a consecuencia de la independencia, Cataluña era expulsada de la zona euro: aquí, rememoró ante un público de empresarios –estupefactos-, existe una larga y sólida tradición de fabricación de moneda propia, como demuestra la variada numismática medieval catalana. ¡Y se quedó tan ancho!

Con el reparto de cargos y partidas presupuestarias del nuevo Gobierno de la Generalitat, ERC se ha quedado con la potestad de distribuir las subvenciones a los medios de comunicación y con el futuro control de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA). Esto quiere decir que este partido dispondrá de una “gran potencia de fuego mediático”. Espero y deseo que Oriol Junqueras no lo utilice para dar la “tabarra” y convertirse en el nuevo “telepredicador” de Cataluña, como hizo Jordi Pujol durante décadas. Hasta que acabó como acabó: fatal para él, para su familia y para todos.

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