Ayuso, populismo pandémico (PP)

Anda toda la izquierda (sobre todo la socialista) un tanto desorientada, tratando de explicar (y explicarse) el triunfo rotundo de Díaz Ayuso. Más que politólogos, parece que necesitara criptógrafos: ¿Cómo una neoliberal de libro ha podido ganar hasta en los barrios más pobres de Madrid? ¿Cómo ha podido conseguir no uno, sino cuatro objetivos de un solo golpe?: Destruir a Ciudadanos; contener a Vox, a quien convierte en un socio menor, meramente testimonial; dar la puntilla final a Iglesias, que abandona definitivamente la vida política. Y sobre todo: hundir al PSOE, que cosecha los peores resultados de su historia, hasta el punto de verse sobrepasado por una formación con apenas dos años de existencia (¡ellos, que tienen más de un siglo!)

Ayuso es hija de la Pandemia. Para entender su éxito hay que hacerse una pregunta de tipo médico: Se desconocen muchos aspectos del Coronavirus, pero una cosa es segura, y es que se trata de  una enfermedad que se transmite por contagio de un virus. Por tanto, no hace falta ser doctor en Medicina para saber que las medidas preventivas y las restricciones (uso de mascarilla, distancia social y evitación de aglomeraciones, pero también limitación de horarios y movimientos) resultan fundamentales, imprescindibles para impedir ese contagio. Entonces, ¿cómo es posible que una Comunidad (Madrid), que se ha distinguido por relajar tales medidas, presente unas cifras de incidencia acumulada similares a otras comunidades que han sido más restrictivas? En principio, va contra toda lógica y sentido común. Y sin embargo, esta cuestión médica está en el origen de su triunfo político. Porque precisamente la relajación de unas medidas restrictivas presentadas como “draconianas” es lo que Díaz Ayuso ha vendido como “libertad”. Y lo que, a la postre, le ha dado una victoria apabullante.

En la edición del pasado 9 de mayo de El País, aparecía publicado un interesante artículo del periodista Manuel Jabois titulado “Por qué voté a Ayuso”. Es lógico que la Hostelería vote en masa a la candidata popular, pero ésta obtuvo 1.620.213 votos, y obviamente no todo el mundo en Madrid trabaja en este sector. En el artículo, una de las entrevistadas, una anciana llamada Teresa, contestaba así a la pregunta de por qué prefirió a Ayuso: “La pandemia nos agotó, nos dejó cansados, deprimidos. Tantas restricciones, tantos encierros, tantas muertes. Y esta mujer hizo una campaña de alegría, abrió los negocios, llenó las calles… La gente quiere un poco de felicidad”.

Gobernar no es fácil. Supone a veces tomar decisiones impopulares, antipáticas. Y las medidas restrictivas lo son. Y esto es lo que simbolizaba el Gobierno de Sánchez. Si además el PSOE presentó, en un contexto tan depresivo como una Pandemia, un candidato triste, soso y sin capacidad alguna de ilusionar a la gente, gran parte de la ecuación se va despejando. Por no hablar de una campaña absolutamente errática. Ayuso no solo es joven y alegre, sino que desde el principio lo tuvo claro y siguió la misma línea: no vamos a acatar las restricciones que nos impongan. Porque la gente necesita conservar su empleo. Porque la gente necesita de vez en cuando una alegría, un desahogo en forma de cañita o de tapa. ¿Las consecuencias sanitarias de esta política? Ah, ya se verá. Y en este aspecto las cosas no le fueron tan mal, teniendo en cuenta lo arriesgado de su apuesta. La estrategia funcionó, derrotando de paso a cierto supremacismo intelectual que suele verse en la izquierda, que cree conocer perfectamente a su sujeto político -la clase obrera- y que ahora deberá preguntarse si interpreta correctamente sus necesidades y anhelos.

Susana Alonso

A menudo se define el populismo como “aquella doctrina política que da soluciones sencillas a problemas complejos”. Pero yo añadiría: Y que dice a la gente lo que quiere oír. Aún más: Y que incluso hace lo que la gente pide, aunque ello pueda ser perjudicial. Ayuso conectó (¡y de qué manera!) con un país económicamente arrasado y psicológicamente exhausto. Y con una cultura como la española, tabernaria y de contacto, que puede aguantarlo todo, menos quedarse sin bares ni terrazas.

A las doce de la noche del 8 de mayo, una multitud de jóvenes invadió las plazas y calles de las principales ciudades españolas. Botella en mano, sin mascarillas, sin distancia social. Como si el virus, todavía vivo y letal, fuese sólo un mal recuerdo.

¿Qué gritaban? “Libertad”.

 

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