La monarquía, ¿hasta cuándo?

Este 14 de abril hizo 90 años de la proclamación de la Segunda República. Aprovechando la efeméride se ha hecho mucho énfasis en la pervivencia o no de los valores republicanos y, sobre todo, en si la monarquía española está afrontando su decadencia final. Ciertamente, la República supuso para España un momento de transformación social y política sin precedentes, después de todos los encorsetamientos del Turno pacífico, la dictadura de Primo de Rivera y la Dictablanda. Pero los líderes de la República ya demostraron que dentro de España había también varias maneras de entender la realidad del país y no se escapó de tener que afrontar los propios desacuerdos internos. Sin embargo, lo que sí que hay que reivindicar ahora que hace 90 años de su proclamación, es que la República llegó por la fuerza de las urnas, mientras que su final fue fruto de un golpe de Estado.

Laura Borràs ha querido ligar la actual vida democrática del Parlament con la legislatura republicana de 1932. Decisión acertada, sobre todo, desde el punto de vista de trazar líneas de continuidad entre las instituciones legítimamente y democráticamente establecidas. Ciertamente, al igual que la Generalitat de Catalunya bebe de sus orígenes apelando a su primer presidente, Berenguer de Cruïlles.

Está claro, sin embargo, que también hoy en día los valores republicanos que nosotros entendemos son diferentes, a buen seguro, de los que tienen algunos compatriotas españoles. Y lo son porque, a pesar de los ideales de igualdad, libertad y fraternidad que impuso la Revolución Francesa, los valores de la República también van muy ligados con las cosmovisiones particulares. Al final, los valores republicanos podrían variar, en España, en función de algunas preguntas trascendentales en el marco de la ciencia política y la historia: ¿qué es España? ¿Una nación, una nación de naciones, una monarquía compleja? Seguro que para plasmar la idea de España encontraríamos varias definiciones, todas ellas planteadas desde un posicionamiento diferente. Y aquí también se desprenden unos determinados valores asociables a una futura república.

¿O es que la república que plantean los independentistas en Catalunya sería igual que la que podrían estructurar las actuales fuerzas monárquicas, si Felipe VI decide algún día abdicar por la presión popular? Pero, ¿queréis decir que la supuesta Catalunya republicana, si nunca se alcanza el ideal de la independencia, tendría un quórum generalizado para estructurarse de la misma manera? No lo creo, porque los valores republicanos también se imbrican en la forma en que cada partido y cada ciudadano configura su ideología y, por tanto, estos valores tienen mucho que ver con las fracturas sociales que acaban determinando «como votamos y por qué», recuperando el título de un magnífico manual publicado por el profesor Agustí Bosch.

Más que teorizar sobre los valores republicanos, hoy en día un tema central cuando se radiografía la salud del Estado es la legitimación de la monarquía de los Borbones. De los poco más de 24 millones de votos emitidos en las últimas elecciones a Cortes, casi 17 millones fueron a parar a fuerzas monárquicas -o en todo caso, que no se cuestionan el papel del Rey-. Qué pasaría en un supuesto referéndum sobre la monarquía, no lo sabemos. Pero, de momento, tenemos un bloque monárquico consolidado en el Congreso que siempre hará de pararrayos. Ahora bien, al igual que con la muerte del duque de Edimburgo, que hizo que la BBC recibiera más de 100.000 quejas por la cobertura desmesurada que se hizo de su fallecimiento -reportaba la crónica de Radio América Barcelona (RAB)-, también en España se puede percibir un creciente desencanto respecto a la monarquía y lo que representa. Y seguro que si miramos la fortaleza de las dos instituciones monárquicas, la española está mucho menos legitimada que la británica, a pesar de las críticas de los espectadores de la televisión pública.

El emérito ha lastrado los últimos años, las filtraciones lo han puesto en el ojo del huracán como cómplice de regímenes totalitarios y comisionista y, poco después, su heredero pensó que el embate independentista catalán podría convertirse en su 23-F particular.

A los resultados de las encuestas del Centre d’Estudios d’Opinió nos podemos remitir. La monarquía ya ha perdido Catalunya, posiblemente también Euskadi. Y, en el resto de España se legitima gracias a la armadura que le han construido las fuerzas políticas que han dominado el régimen desde la transición. ¿Hasta cuándo?

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