Catalunya es una ubre

La Mesa del Parlamento, dominada aplastantemente por las fuerzas independentistas, ha aprobado la delegación de voto del diputado Lluís Puig, expatriado en Bélgica desde hace más de tres años. El reglamento no contempla esta casuística, que queda restringida a casos excepcionales, como puede ser una enfermedad grave, la maternidad o paternidad, una larga incapacidad…

El PSC ha exigido que, previamente a adoptar esta decisión, la Mesa tendría que haber pedido un informe a los servicios jurídicos de la Cámara. Por su parte, Ciutadans, Vox y PP han anunciado que llevarán la delegación de voto de Lluís Puig a la consideración del Tribunal Constitucional.

En todo caso, llama la atención que en la votación de esta medida se haya abstenido el diputado Jaume Alonso-Cuevillas (JxCat), secretario segundo de la Mesa. Con la pintoresca excusa que él es el abogado personal de Lluís Puig y que esto podría ser motivo de impugnación, se ha escaqueado a la hora de emitir su voto a favor.

Jaume Alonso-Cuevillas es el paradigma del independentista oportunista. Vio que subiendo al carro del procesismo podría ganarse unos buenos maravedíes y, renegando de convicciones pasadas, se ha convertido en uno de los más fervientes seguidores de Carles Puigdemont. Solo hay que consultar sus declaraciones de bienes en el Congreso de los Diputados o en el Parlamento para constatar que ha hecho un muy buen negocio con su conversión ideológica.

Pero la fe independentista tiene un límite: si hay peligro que le pueda afectar a su bolsillo, toca retirada, como ha hecho con su cobarde abstención en la votación sobre Lluís Puig. En su calidad de secretario de la Mesa, Jaume Alonso-Cuevillas se embolsa cada mes la bonita cantidad de más de 7.000 euros y con el pan de sus hijos (y el yate que tiene amarrado en el puerto de l’Estartit) no se juega.

Como me los conozco desde hace décadas, puedo afirmar que el dinero y los cargos que obtengan de las negociaciones con ERC serán determinantes, más que no la ideología o el programa, en la decisión que acabe adoptando Junts x Catalunya (JxCat) con la investidura de Pere Aragonès como próximo presidente de la Generalitat.

Y es que los herederos de la antigua Convergència tienen una obsesión por el poder, entendido como una ocupación de los organigramas de decisión y, en consecuencia, la exclusión y, si puede ser, la extinción, por ahogamiento, de los adversarios políticos. Mandar por mandar, como rezan los viejos cánones caciquiles y conservadores de Jordi Pujol, aunque JxCat quiera hacer creer que no tiene nada a ver con él.

Por eso, la lucha con ERC es y será tan feroz. Se disputan, calle a calle, pueblo a pueblo, comarca a comarca, el control del territorio. Los pujolistas de toda la vida, ahora transmutados en puigdemontistas, contra quienes les quieren arrebatar la hegemonía. Para mantener los privilegios se harán, si hace falta, independentistas radicales o, incluso, se declararán de izquierdas, como ha dicho, sin ruborizarse, la presidenta del Parlamento, Laura Borràs.

Para ellos, la política no es servicio, la política es poder. Para ellos, Cataluña no es una sociedad viva, Cataluña es una propiedad. Para ellos, Cataluña no es un país que hay que cuidar, Cataluña es una ubre que hay que exprimir en exclusiva hasta la extenuación. Ellos tienen derecho a todos los privilegios, los otros somos la clase subalterna.

La verdadera revolución no la haremos en Cataluña hasta que la antigua Convergència -ahora denominada JxCat- y sus redes de influencia queden apartadas durante una larga temporada del poder: de la Generalitat, pero también de las diputaciones y del máximo número de consejos comarcales y de ayuntamientos.

Este fue el gran error de los tripartitos presididos por Pasqual Maragall y José Montilla. Desalojaron a CDC del poder político, pero mantuvieron -e, incluso, engordaron- sus tramas económicas. Por eso, se pudo activar, desde el primer día, la conspiración para desestabilizar y tumbar los gobiernos de la izquierda plural, como así acabó pasando.

Desgraciadamente, tanto PSC como ERC, condenados a entenderse, caen siempre en la misma trampa. Los primeros, pactando y compartiendo con JxCat la Diputación de Barcelona. Los segundos, pactando y compartiendo con los herederos del pujolismo el Gobierno de la Generalitat desde hace, como mínimo, cinco años. ¿Cuándo aprenderán la lección?

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on whatsapp
WhatsApp

HOY DESTACAMOS

Deja un comentario