A propósito de la visita del Papa

Bluesky
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Madrid y Barcelona han recibido la visita del Papa. Un hecho significativo y que tiene una carga emocional y simbólica importante, pero a la que parece darse una trascendencia que va más allá de lo razonable en un estado no confesional y en una sociedad laica. Las ciudades visitadas, también Canarias, han establecido unas medidas de seguridad extraordinarias y para paralizar prácticamente toda actividad ordinaria. Se habla de permisos laborales y de trabajo en línea tanto para facilitar la participación en el evento como por la paralización de los servicios de transporte público y el cierre de calles. En una ciudad como Barcelona, bloqueada ya por las incontables obras públicas que la hacen intransitable, sólo faltaba esta excepcionalidad. La lectura de algunos no será poner el ojo en las dificultades para la movilidad, sino que lo harán en las expectativas y la devoción que genera la contemplación del Santo Padre. Somos adictos a los «grandes acontecimientos».

Coincide la visita con la progresiva manifestación de una nueva religiosidad, especialmente entre los jóvenes, tanto en formas carcas como en modalidad posmoderna. Somos un país de cultura y raíces católicas, nadie puede negarlo, pero también una sociedad que se ha ido apartando de la práctica religiosa y que no parece muy dada a la asunción de los valores evangélicos. Nuestro Dios es el consumo y la religión más una rémora de personas mayores y muy vinculada al folclore -la prueba son las procesiones de Semana Santa-, esa es la verdad. Es cierto que han emergido con fuerza las iglesias evangélicas mayoritariamente de la mano de la población recién llegada, pero éstas, justamente, de manera doctrinaria abominan del catolicismo y de su jerarquía eclesial. Entre los jóvenes parece reaparecer una versión naif de lo místico y de la religiosidad, muy vinculada a la crisis de la razón ilustrada y a la mirada hacia una metafísica más bien de supermercado. El último disco de Rosalía es la expresión de todo ello, a la vez que su fomento. De manera paralela, está el crecimiento de una religiosidad carca, especialmente entre jóvenes de clase alta, que encabezan organizaciones extremadamente rancias y vinculadas políticamente a la extrema derecha: Legionarios de Cristo, Opus Dei, Los Heraldos del Evangelio, Ordo Iuris, Camino Neocatecumenal…

Todo hay que decirlo, el papa actual, Robert Francis Prevost, es una figura bastante interesante. Formado entre los agustinos, conoce la realidad de los pobres y desvalidos porque ha convivido con ellos. Al menos de momento, ha guardado bastante discreción en la presencia pública y no ha dudado, de manera clara, en confrontarse con el poder de Trump y con la práctica genocida de Israel. Parece ser un progresista doctrinario y práctico, que posee el don de la finezza, que se aparta de la actitud llamativa y populista del peronista Bergoglio. Habría, sin embargo, que situar las cosas en su lugar. Cuesta entender que se plantee el viaje como la venida de un guru de referencia para una sociedad que es extraordinariamente plural y democrática. La religiosidad, la fe, habrá que recordar que es una experiencia individual y que no se puede plantear en el espacio público y mediático como si fuera un tema asumido colectivamente de manera unánime. Si de confortar creyentes se trata, sobra la parte del espectáculo que justamente lo desvirtúa.

Resulta curioso, que en el contexto político más actual, la visita del Papa signifique un aliciente y un bálsamo para los políticos de izquierda que nos gobiernan, necesitados de oxígeno en una sociedad tan polarizada. Que la izquierda se abrace tan fuertemente a los valores evangélicos y eclesiales indica la disolución de los valores éticos laicos que le eran propios, su desnorte.

No habría que minimizar la visita, sino situarla en el lugar que le corresponde en un mundo multicultural y multiconfesional y, de hecho, mayoritariamente ateo. El trato deferente, la expresión de la consideración y de respeto, no deberían ir ligados a muestras de enaltecimiento o sometimiento. Y en Cataluña, una vez más la centralidad de la Sagrada Familia, una basílica que hay que recordar que es «templo expiatorio», con lo que eso significa. Querer convertir este templo de pretensiones grandilocuentes y de gusto dudoso, que ya tiene poco que ver con Gaudí y sí con las ínfulas de sus albaceas, no dice mucho sobre el propósito de la ciudad y el país que había representado la modernidad. Aquellos tiempos parecen quedar lejos. La cruz de la Sagrada Familia, como el icono visual que no puedes evitar, acaba por ser una cruz que llevamos todos.

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