Y de las maestras, está claro. Como en cualquier conflicto que se alarga, la administración, sea la que sea, acaba por pedir responsabilidad al colectivo, sea el que fuere. Una palabra que también acaba por significar basta: os hemos dado más dinero, y no hay nada más que hacer. A pesar de todo, este, en la enseñanza, continúa; y lo hace todavía con más fuerza, sin signos de cansancio aparente, porque, por si no lo saben, el profesorado está hasta el gorro.
Esto es porque, a pesar de que algunos medios nos lo quieran plantear como un conflicto salarial o de reivindicación de bajada de ratios, la cosa es mucho más compleja. No ya por los recortes bestiales que se sufrieron con el gobierno de Convergència i Unió en 2012, sino porque no ha habido una adecuación a nuevas realidades dentro de la escuela y, digámoslo claro, porque desde los despachos de la Generalitat han ido saliendo ocurrencias de todo tipo que han llegado a las aulas en forma de imposición. Una obligatoriedad que, además, señalaba y despreciaba al profesorado que se atrevía a criticarlas, como, por ejemplo, la implantación de los ordenadores con aquel tipo de tabletas donde era fácil perder vista. Alguna empresa se hizo rica obligando a las familias a comprarlos. Imagino que también algún consejero o familiar de consejero o técnico o familiar de técnico… Aquellas herramientas inútiles permanecen en los armarios de casa o directamente en la basura.
Y así, todo. Una idea detrás de otra que ha acabado por exasperar a un profesorado harto de parches, de burocracia, de una falsa autonomía de centro que ha provocado un caos que, como dicen ahora, hay que afrontar con un cambio estructural. Está claro que hay que abordar las necesidades más imperiosas, como la diversidad en el aula y la creación de más aulas de acogida para los alumnos que vienen durante el curso; también uniformar los aprendizajes. No es muy normal que en un pueblo o ciudad donde haya dos institutos, cada cual tenga programaciones diferentes, a veces contrapuestas.
Para aquellas personas que no lo sepan, la profesionalidad del profesorado está fuera de cualquier duda. Si se ha funcionado con dificultades hasta ahora, es precisamente porque hemos dado aquello y más, hemos asumido tutorías, más horas de trabajo, colonias, salidas extraescolares, reuniones y más reuniones, papeleo inútil y mil y un cursillos de capacitaciones diversas. Puedo afirmar, porque así lo he vivido, que hemos hecho todo lo imposible para que el alumnado notara el mínimo posible el ataque directo de la administración.
A pesar de todo, el Departament d’Educació ha jugado sucio. En primer lugar, firmando un acuerdo salarial con los sindicatos minoritarios; en segundo lugar, por hacerlo sin la intervención directa de la consejera, como a escondidas; en tercer lugar, por, en plena negociación, firmar un aumento salarial desorbitado con los Mossos d’Esquadra y (esto ya fue el colmo) enviarlos a diferentes centros educativos, señalándolos y estigmatizándolos. Hay más. Cuando los maestros, de manera mayoritaria, deciden dejar de hacer colonias, saltan todas las alarmas en el Departament. La respuesta, cincuenta euros por noche, una limosna para taparles la boca.
Todo se ha hecho mal en esta gestión. La Generalitat, intentando no asumir las demandas enquistadas de los docentes y no abordando la problemática real; el profesorado, seguramente llevando a límites no deseados sus reivindicaciones. En definitiva, ahora parece que todo se reconduce pidiendo que sean todos los afectados, también las familias, las que se sienten en una misma mesa y empiecen, de una vez por todas, a poner manos a la obra y, ahora sí, empezar la casa por la cimentación, por la base, acabando con pegatinas que no sirven para nada.
Y sí, estoy de acuerdo en que los maestros y las maestras tienen la culpa. Pero la culpa de no haberse rebelado antes, de no haber gritado contra los chantajes antes, de no haber salido a la calle para denunciar lo que está pasando en las escuelas. Tienen la culpa por haber pensado más en el alumnado que en ellos mismos, con toda seguridad, para que no se dieran cuenta de la cruda realidad. Tienen la culpa, sí, pero ahora el camino ya lo han cogido. Lo importante es no desfallecer, convertir esta oleada reivindicativa en un acuerdo real de cambio de estructura donde la educación sea realmente el pilar fundamental de nuestra sociedad. No os conforméis con cuatro euros porque intentarán compraros con esto. Y, como todos sabemos, no se trata de dinero. No solo de dinero. Quien lo quiera entender, que lo entienda.







