Ada Colau no es Jacinda Ardern

La pandemia de la covid-19 ha servido, también, para poner a prueba la capacidad de los liderazgos políticos. Aquí y en todo el mundo. Todos los analistas coinciden al señalar que, en esta traumática coyuntura, las mujeres con responsabilidades de gobierno han demostrado mucha más inteligencia estratégica para hacer frente a la crisis sanitaria desatada y empatía con el sufrimiento de la población.

Las primeras ministras de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern; Islandia, Katrin Jakobsdóttir; Finlandia, Sanna Marin; Dinamarca, Mette Frederiksen o la canciller alemana, Angela Merkel, han destacado a la hora de encabezar y guiar con acierto sus países en la larga y durísima travesía de la pandemia.

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, es obvio que no tiene los instrumentos políticos y legales para tomar decisiones que son del ámbito competencial de la Generalitat o del Gobierno español. Pero su trayectoria y la sensibilidad social que se le supone parecía que proyectarían y consolidarían el liderazgo moral que necesita, más que nunca, la ciudad de Barcelona.

La covid-19 ha tenido un efecto catastrófico sobre la economía de la capital de Cataluña, que tiene en el turismo y todo lo que le rodea la base del modus vivendi de miles de empresarios, comerciantes y trabajadores. Ada Colau tenía la obligación y la oportunidad de brillar con luz propia ante tanta devastación, convirtiéndose en el referente y la solución de los ciudadanos castigados y desvalidos.

El Ayuntamiento de Barcelona es “rico”, gracias al modelo de gestión que nos legó el PSC y a pesar de que, durante el mandato de Xavier Trias, la trama corrupta del 3% entró a fondo a saquearlo. Por eso, Ada Colau tenía los instrumentos financieros para hacer frente a la enorme crisis social que ha sumido a la ciudad en una profunda depresión.

Solo hay que abrir los ojos para verlo: la gente que busca comida en los contenedores, la gente que hace cola para obtener alimentos gratuitos, la gente que ha sido desahuciada durante la pandemia, la gente que pide caridad en las calles, la gente que malvive apelotonada en pisos, la gente que se refugia en infraviviendas o en construcciones precarias, la gente que duerme al raso, la gente que tiene que delinquir para sobrevivir, los niños que viven en la marginalidad o la pobreza, los viejos que están condenados a la soledad, la gente que no tiene trabajo ni porvenir, los comerciantes que tienen que cerrar, los jóvenes sin futuro…

Esto es Barcelona hoy. Una ciudad donde la desigualdad social es mayor que nunca y donde una inmensa mayoría sufre para poder salir adelante cada día. Ada Colau tenía todos los ases en la mano para ser la alcaldesa providencial que nos ayudara a hacer frente y a superar, con inteligencia, justicia y dignidad, la tragedia colectiva de la covid-19. Tenía el perfil y tenía el dinero.

Pero Ada Colau no ha sido Jacinda Ardern, ni Katrin Jakobsdóttir, ni Sanna Marin, ni Mette Frederiksen. Durante estos nueve meses de la pandemia, la alcaldesa de Barcelona ha hablado mucho.., pero no ha dicho nada. Hemos podido constatar que no tiene madera de líder, que no tiene carisma, que está desubicada y que la responsabilidad que tiene encomendada le viene grande.

Y lo digo con mucha pena: porque yo ayudé desde EL TRIANGLE a su proyección pública, cuando era portavoz de la PAH, y porque la voté. No sé si es culpa suya, del equipo que la rodea o que la política de comunicación de su gabinete es un fracaso (¡y mira que paga una millonada indecente a los medios de comunicación locales para tener “buena prensa”!)

La pandemia nos ha demostrado que Ada Colau es una inútil y un ‘bluf’. El problema y el peligro es que gestiona muchos millones de euros –que no son suyos, que son de los contribuyentes- y que se dedica a quemarlos de una manera absolutamente irresponsable y sin control.

Las urgencias sociales de Barcelona son muchas y no pueden esperar. Una alcaldesa verdaderamente de izquierdas se dedicaría, en estos momentos tan complicados, a estar al pie del cañón, junto a la gente, dedicando todos los esfuerzos personales y presupuestarios a atender las necesidades vitales provocadas por la pandemia, especialmente entre las clases más desfavorecidas.

Pero no. Ada Colau ha estado desaparecida en combate durante todos estos meses. Y no solo esto: se ha dedicado a quemar dinero que se necesitaban para atender las urgencias sociales a chorradas absolutamente prescindibles en estos momentos, como el “urbanismo táctico”, y a regar con generosas subvenciones entidades y empresas amigas, como si estuviéramos en tiempos de “vacas gordas”.

Espero que la Sindicatura de Cuentas, la Oficina Antifraude de Cataluña y la Fiscalía entren a fondo al Ayuntamiento de Barcelona para investigar y analizar cómo Ada Colau ha malgastado y malgasta el dinero de todos. No solo es una descomunal inmoralidad. Hay abundantes indicios de nepotismo, de amiguismo y de corrupción que hay que sustanciar sin más dilación.

Barcelona tiene una historia milenaria y ha sobrevivido a un montón de desgracias. También superaremos la pandemia y, a pesar de la pésima experiencia de Ada Colau, volveremos a hacer que vibre.  

PD.: La alcaldesa de la segunda ciudad de Cataluña, Núria Marín (PSC), que además es la presidenta de la Diputación de Barcelona, también ha demostrado que no tiene madera para gobernar. La corrupción es el cáncer de la democracia. Esta es la dolorosa lección que hemos aprendido en los últimos años y que todos los políticos deberían tener grabada a fuego en su cerebro.

Ante las evidentes irregularidades contables que se han producido en el Consejo Deportivo de l’Hospitalet, Núria Marín ha reaccionado con una extrema cautela y tibieza, manteniendo al frente a sus responsables políticos y ejecutivos. No es que ella sea culpable de corrupción, pero su miedo a plantar cara y a actuar en consecuencia, de manera implacable, la desacreditan y la inhabilitan.

Con estos antecedentes se entiende que Núria Marín haya sido incapaz de imponer su autoridad de presidenta de la Diputación de Barcelona para impedir y parar una de las grandes vergüenzas de este país: la contratación de la mujer de Carles Puigdemont, Marcela Topor, para dirigir una tertulia semanal en inglés en la televisión de la Diputación, con una retribución de 6.000 euros mensuales.

Cuando se transige con la corrupción una vez, después ya no hay límite. Este es el gran problema y el gran pecado de Núria Marín.

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