El indeseable retorno de Joan Laporta

Joan Laporta fue presidente del FC Barcelona entre 2003-10 y candidato a las elecciones del 2015, donde cayó estrepitosamente derrotado ante Josep Maria Bartomeu. Después de salir del club, hizo el salto a la política: primero como diputado en el Parlamento de Cataluña, encabezando la candidatura de Solidaridad por la Independencia; después, como concejal del Ayuntamiento de Barcelona, en una coalición auspiciada por ERC.

Más allá de su conocido matonismo, no se puede decir que sea un personaje carismático, triunfador y digno de admiración. Los éxitos deportivos del Barça le llegaron de la mano de Leo Messi y del entrenador Pep Guardiola. Joan Laporta nunca marcó ningún gol.

Al contrario, su presidencia estuvo rodeada por una retahíla de escándalos y despropósitos, impropios de una institución como el Barça (los espionajes a los directivos, los negocios con el Uzbekistán, su relación con mafiosos y narcotraficantes convictos, la supeditación a los intereses empresariales de Jaume Roures y Mediapro…).

Hasta el punto que fue objeto de una moción de censura en 2008, ampliamente secundada por los socios (60,6%), pero que no prosperó porque no superó la barrera estatutaria de los dos tercios. La mayoría de los directivos que lo acompañaron el 2003 acabaron dimitiendo, hartos de su talante personalista, caprichoso y autoritario, contrario al espíritu de renovación y de rigor que impulsó la candidatura del “círculo virtuoso”.

Buena prueba del fracaso económico y social de su gestión (dejó el club con una deuda superior a los 100 millones de euros) es que su posterior aventura política mereció una respuesta muy tibia del electorado y pasó por el Parlamento y por el Ayuntamiento sin pena ni gloria. En su vertiente profesional, el despacho de abogados que le montó su ex suegro, Juan Echevarría, nunca ha destacado en ningún procedimiento judicial relevante.

Supuestamente, Joan Laporta es el candidato de los culés “independentistas”. Pero yo todavía guardo en la memoria el vergonzoso episodio de su negativa a retirar las medallas de oro concedidas por el club al dictador Francisco Franco, después de habérmelo prometido personalmente. Desde entonces, siempre he considerado a Joan Laporta un frívolo, un cínico y un oportunista sin escrúpulos, que se envuelve en la “estelada” para mirar de prosperar en sus negocios particulares.

Ahora, Joan Laporta se postula a las elecciones del próximo 24 de enero para volver a ser el presidente del Barça. Mediapro y sus aliados mediáticos -que son muchos en Cataluña- harán todo lo posible para encumbrarlo y hacerle propaganda descarada para que gane, escondiendo y borrando el turbio pasado del candidato. Jaume Roures necesita imperiosamente hacerse con el control del FC Barcelona para intentar superar el gravísimo bache empresarial en el que ha caído.

El fútbol, como fenómeno de masas, está en crisis. De entrada, porque no “engancha” a las nuevas generaciones, que encuentran los partidos demasiado largos y con pocas emociones. Después, porque la liga de primera división es muy desigual y muy poco competitiva.

La economía de los clubes es demasiado dependiente de los derechos audiovisuales de televisión, por los cuales se pagan unos precios totalmente desorbitados y especulativos, como ha demostrado el sonado “fiasco” de Mediapro en la liga francesa. En nuestra sociedad, inmersa en la crisis brutal de la covid-19, los sueldos que cobran los jugadores de fútbol son insostenibles y son un insulto a la inteligencia colectiva.

En este sentido, Joan Laporta es un candidato “demodé”. Fue presidente del FC Barcelona en la época en que el fútbol vivía en una burbuja que ahora ha pinchado. Su experiencia no sirve para dirigir un club sumergido en una deuda colosal, que bordea los 1.000 millones de euros, y en unos momentos en los cuales el modelo y los valores del fútbol sufren una crisis existencial que requiere soluciones muy imaginativas y con un fortísimo apoyo económico detrás, que su candidatura no tiene.

El Barça, como entidad centenaria, se juega su ser o no ser. El club deportivo, fundado por el suizo Joan Gamper y sus amigos en 1899, ha devenido una gran empresa de entretenimiento, pero que tiene los pies de barro. El peligro más inminente que corre es el de su privatización, con la conversión en una sociedad anónima para poder capitalizarse.

En Cataluña nos hemos quedado sin cajas de ahorros, sin mutuas y sin grandes cooperativas. El FC Barcelona –un socio, un voto- es el último reducto de esta democracia asociativa y participativa, tan arraigada en nuestra cultura mediterránea. Por eso, hacen falta un presidente y una junta directiva fuertes e invulnerables que puedan mantener el ADN del Barça como club social multideportes y, a la vez, dirigir su transición hacia la nueva, incierta y dura realidad del fútbol postcovid-19.

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