Un otoño sin bares

En noviembre de 1983, la revista El Bagant de Banyoles,la ciudad donde residía entonces, me publicó, con el título de La tardor a la plaça,el artículo que reproduciré. Antes, sin embargo, hay que aclarar que la plaza Mayor de Banyoles era entonces el centro neurálgico de la ciudad; era el lugar donde se celebraba el mercado semanal y el festival, se bailaban sardanas y, según recuerdo, tenía tres bares abiertos al público desde la mañana hasta el atardecer.

«Allí en la década de 1970, cuando algunos conocidos nuestros regresaron de su viaje turístico a la URSS, inmediatamente después de explicar el ambiente general de la Plaza Roja, o de hacer una referencia comprensiva a la amabilidad del guía y sus formidables conocimientos geográficos, te comentaba, desolado, la tristeza que daban aquellas calles rusas: sin restaurantes, sin tiendas, sin bares. Parecía como si no hubiera bares en la URSS, como si no hubiera manera de tomar una cerveza o un coñac, o un vodka. Eso te hacía sentir una incómoda sensación de sed y te predisponía a favor de cualquier comentario adverso al régimen político de la URSS e incluso a una cierta autocomplacencia: ‘Por supuesto, ya que no tienen bares…’ Nosotros, en general, no tenemos una Plaza Roja. En realidad, no sé de qué color es nuestra plaza, cuál es su color preponderante. Ciertamente no es el rojo. A veces pienso que es el amarillo, pero no estoy seguro. Lo que sí sé es que hay cosas que le dan color, como el mercado, como los bares. Nosotros, al llegar otoño, no tenemos ni plaza Roja ni bares en Banyoles: en septiembre prácticamente todos los bares de la plaza cierran, se van y te dejan un regusto moscovita en la garganta. La plaza, en septiembre, adquiere tonos melancólicos: pierde color, al igual que los turistas que ven desaparecer su bronceado. Incluso el mercado semanal, estos días de bares cerrados, tiene un aire más apagado, más seco, como el de los niños castigados sin postre. La plaza, entonces, al anochecer, tiene una apariencia casi conventual, de claustro civil. Hay demasiadas coincidencias en septiembre: las vacaciones han terminado, las escuelas comienzan, los precios suben, los bares cierran. Se diría que estos bares, al cerrar, están cumpliendo un misterioso ritual de otoño. La historia de los bares de la plaza debería hacerse: Estoy seguro de que no encontraríamos ningún bar que se hubiera inaugurado en septiembre, ese mes tan injusto. No me sorprendería que, como en ese cuento deOscar Wilde,cualquier noche de septiembre descubriéramos que en medio de la plaza de Banyoles había nacido, por arte de magia, una estatua de un príncipe llorón, llena de pequeñas golondrinas muertas de sed».

Hasta aquí el artículo publicado en El Bagant,revista que desaparecería unos años más tarde. Hace tiempo que no voy a Banyoles, pero recuerdo muy bien los tres bares que, en los años ochenta del siglo pasado, había en la plaza: el Bar Plaça,el de más tradición y solera, donde muchos de los visitantes de la ciudad acababan tomando un café o una cerveza; el bar llamado de los católicos(del Centro Cultural Católico) y el de la familia Ralita,donde servían para desayunar unos sándwiches muy suculentos.

El Bar Plaça estaba a punto de cerrar y acabó convertido en una oficina de alguna caja de ahorros. El cierre finalmente se evitó gracias a la gestión de algunos amigos del bar, quienes argumentaron que bar Plaça era más que un club, es decir, más que un bar, como testimoniaban, por ejemplo, las muchas postales de agradecimiento, enviadas por sus muchos clientes, que se exhibían en las paredes del local.

Hoy en día hay más bares en la Plaza Mayor de Banyoles, entre los que destaca, según me informa mi hija Mireia, Can Pons,antigua mercería convertida en un negocio de bar, donde siguen sirviendo «agujas y botones», reconvertidos en deliciosos bocadillos. Durante este otoño, hemos pasado unas semanas con los bares cerrados y Barcelona, toda Catalunya, parecía la Plaza de Banyoles durante un mes de septiembre en la década de los ochenta o, peor aún, a la Plaza Roja moscovita de los años soviéticos.

Sin embargo, había una diferencia importante: los propietarios de esos bares, los de Barcelona, los de toda Catalunya, no sabían si podrían reabrir de nuevo sus negocios, de cuya continuidad dependía el sustento de tantas familias.

Este artículo está escrito para hacerles compañía (especialmente aMíriam y Sergi, amigos de Bar Balafria),pero no sé si llegará a tiempo, ni si será apropiado.

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