Dejar de pasar vergüenza

La mejor serie de abogados que se ha hecho esta década es The Good Wife (disponible en Amazon Prime), digan el que digan los fans de Suits. La serie es genial en todos los aspectos: guión, interpretaciones, equilibrio de las historias autoconclusivas en cada capítulo y el arco narrativo general…

En una de las subtramas recurrentes los guionistas se imaginan un equipo de la National Security Agency (NSA) de los Estados Unidos dedicados a escuchas telefónicas. Los caracterizan como unos friquis de buena fe, con el aspecto que el imaginario colectivo ha atribuido a los informáticos, y que escuchan las conversas de otros desde una oficina que podría estar en la Diagonal, como quien mira una película o lee
una novela.

Estas últimas semanas hemos sido todos un poco estos personajes de The Good Wife con las filtraciones de las escuchas telefónicas de la operación Volhov, pero los fragmentos que he leído o escuchado no me han producido precisamente fascinación literaria. Más bien me he sentido cómo cuando de pequeño me invitaban a casa de un amigo y sus padres lo abroncaban, una sensación de incomodidad profunda por estar allí donde no toca cuando no toca.

El hecho que se hayan filtrado conversaciones que no tienen nada que ver con el objeto de la operación es gravísimo, y parece demostrar una vez más que en la Guardia Civil hay todo un equipo dedicado a desprestigiar al independentismo con informes policiales que son un pupurri de suposiciones e ideas peregrinas que se asemejan más bien a un dossier de prensa. A pesar de esto, el asunto de los 10.000 soldados rusos no es menor, porque nos recuerda que en el universo independentista hay una serie de personajes pintorescos, más cerca del fanatismo que de la razón, que para decirlo claro, lo complican todo. Este fenómeno no es exclusivo del independentismo. En todas partes cuecen habas. Pero tengo la sensación de que la desorientación actual del movimiento es el caldo perfecto para que personas con una visión muy estrecha de lo que es el país y el mundo adquieran responsabilidades en esta espiral interminable para demostrar quién es el más independentista de todos.

Cómo que los partidos no pueden demostrar su pedigrí independentista por la vía de los hechos, lo tienen que demostrar con discursos vacíos y fichajes estrella en el mundo del activismo. Paradójicamente, este fenómeno convive con una reivindicación creciente de la gestión pública como valor político a reivindicar. Los tres partidos independentistas que han gobernado, Junts, PDECat y ERC defenderán en los próximos meses que cada uno de ellos es el más preparado para la gestión de la pandemia y la crisis que se deriva de ella. Hay que recordar primero que una propuesta política completa, más allá de comprometerse con la buena gestión, tiene que presentar cuáles son sus ideas, sus prioridades, sus valores y sus principios para determinar qué es justo y qué no lo es. Sabemos que ERC lo hará desde la izquierda, el PDECat desde el centro y Junts desde una indefinición ideológica que lo acaba situando siempre a la izquierda.

¿Cómo se puede defender la gestión cuando vives secuestrado por activistas que has colocado en las listas para recoger votos y el planteamiento con el cual haces política es el de la confrontación constante? Me parece difícil de defender que la buena gestión pública sea compatible con la estrategia del "persistir", el "mandato del 1 de octubre" y el "lo tenemos al alcance de la mano". Este modelo ha llevado el independentismo a utilizar la gestión de la Generalitat más como arma propagandística que como herramienta de transformación de la sociedad. Y es ingenuo pensar que alguien podrá gobernar bien las competencias de la Generalitat sin voluntad de entente y diálogo con el Estado y renunciando a hacer política en el Congreso y el Senado. El Estado es poco leal con los compromisos a los que llega con Catalunya, pero esto no es excusa para dejar de intentar utilizar todos los espacios de poder e influencia para gobernar bien sin hacer creer a la gente que la República está a la esquina.

En definitiva, necesitamos opciones que ofrezcan sus propuestas de fondo y no seleccionen sus liderazgos en Twitter. Así, si tenemos que volver a sentirnos como agentes de la NSA en un capítulo de The Good Wife, quizás escucharemos conversaciones que en lugar de vergüenza ajena producirán un cierto orgullo sobre la talla de nuestros líderes.

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