La Covid-19 y la recuperación

Confinados en el domicilio observamos, con admiración, la tarea de las personas que prestan servicios humanitarios. Mientras tanto, financieros de signo diverso, tratan de poner a salvo su capital, especulando en la bolsa y buscando amparo en paraísos fiscales. La necesidad de la cooperación europea en la lucha contra la pandemia y la recuperación ha dado lugar al hecho que algunos políticos de Alemania y de Holanda muestren un egoísmo que ya han rectificado.

Trabajadores de la sanidad y de la salud, de la limpieza y la higiene, del comercio y el suministro de bienes esenciales, agricultores y ganaderos, transportistas y otros, nos facilitan la existencia y luchan con riesgo contra este virus que nos asola. Mata ochenta veces menos que el hambre, pero, como que esta afecta sólo los pobres, preocupa menos

Tiempo nefastos en que se mueven con comodidad los mentirosos, los ladrones que sacan provecho de las aguas revueltas y los nacionalistas excluyentes. Los que profetizan, a toro pasado, lo que habría podido ser y no fue. Los que insisten en que unas fronteras, nuevas o más rígidas, nos habrían liberado de la enfermedad, repitiendo insistentemente, como TV3, que la nación rival nos contamina y lo hace todo mal. Obviando que la mundialización y la globalización son una realidad palpable.

Es políticamente incorrecto afirmar que hay buenos y malos. Pero es cierto que la humanidad, especialmente en tiempos de aflicción, muestra nítidamente su vertiente más heroica y su faz más mezquina. Nada nuevo bajo el solo. Los trabajadores nos liberarán de esta pesadilla. Los capitalistas pueden complicarnos más la vida, si siguen obedeciendo ciegamente a los tableros electrónicos para la toma de decisiones que incrementen sus beneficios, prescindiendo de las personas afectadas que, probablemente, ni conocen ni saben nada de su existencia concreta. Habrá quién desee que todo siga igual. Siempre ha habido ricos y pobres, afirmarán con rotundidad. Falso. Al ser expulsados del paraíso se nos condenó a ganarnos el pan con el sudor del frente, la propia, no la del de enfrente. Necesitamos buenos propósitos para retomar la actividad laboral y social.

Hay que transformar la ciudad, para que sea abierta y acogedora, cosmopolita e integradora. Un lugar donde puedan arraigar la cultura, las artes, las humanidades y las ciencias. Que sintetice los valores humanos, la buena conducta, la urbanidad y la libertad. Que la convivencia, sin conflicto entre el individuo y la comunidad, sirva para que la identidad y la diversidad coexistan en armonía. Que la seguridad jurídica, la tranquilidad y la alegría de vivir vuelvan a ser patrimonio de propios y de extraños. "El hombre no es un árbol, no tiene raíces, tiene pies y anda".

La crisis económica, que se inició con virulencia en la primera década de este siglo, devino en crisis social. Aumentó la pobreza y la desigualdad, por las políticas sociolaborales más regresivas de las últimas décadas. También por la utilización de sistemas de gestión con una reducción imprudente de costes en personal, seguridad y ecología, con un incremento sin freno de los beneficios privados.

Es preciso advertir sobre los problemas que ocasiona la utilización de los mecanismos de actuación propios de la empresa privada en la obtención de bienes esenciales. El servicio público no responde de su gestión de igual forma que la empresa privada ni los 'propietarios' tienen los mismos intereses. Si un instituto de investigación, un hospital, una escuela o un servicio social obtienen grandes ahorros o no, sus trabajadores, sus usuarios y sus responsables políticos se comportarán y adoptarán decisiones muy diferentes de las que tomarían los accionistas de una empresa privada. Fácilmente se puede comprobar como en algunas actividades económicas esenciales la ineficacia se disfraza de rentabilidad. Afortunadamente, con el coronavirus no ha habido más frenos que los circunstanciales heredados.

En la obtención de bienes públicos y en la garantía de derechos y libertades, más que en la empresa privada, la calidad de los productos o servicios son el resultado de los procesos que se utilicen para generarlos o producirlos. En estos casos la rentabilidad o el beneficio consisten simplemente en su propia existencia en las mejores condiciones posibles.

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