Una dimisión justa y necesaria

Al día siguiente del 8-M conocíamos la noticia: Presuntos casos continuados de acoso sexual de Carlos Garcias, jefe de gabinete del hasta hace poco consejero de Acción Exterior, Relaciones Institucionales y Transparencia (sic), Alfred Bosch, a varias trabajadoras del departamento. Lo publicaba el diario Ara. Después, conocíamos los detalles: El caso se arrastraba de hacía tiempo, demasiado tiempo hasta el cese del susodicho. También se ha dicho que, primero y a pesar de todo, Bosch trató de conservarlo y, cuando vio que el cese era irremediable, intentó recolocarlo como director general de Relaciones Institucionales; el entorno del consejero asegura que fue Garcias quien buscó la salida. Finalmente, Esquerra abrió una investigación interna, que terminó con el cese del presunto acosador. Luego, al hacerse público el escándalo, los republicanos cortan la polémica forzando la dimisión de Bosch. En ningún caso se activaron los protocolos que el Gobierno tiene para estos casos. Vergonzoso.

Aunque guardo admiración lectora por el escritor Bosch, celebro la dimisión de manera extraordinaria. Es poco probable identificar más errores por metro político y, desengañémonos, no había otra salida. La lentitud y falta de reflejos de Bosch en una temática tan delicada no merece ninguna otra solución. Por otra parte, tampoco acabo de entender el exceso de complacencia de algún político republicano, que vende la dimisión como un gesto irreprochable de ética política. La gestión a puerta cerrada de la crisis, al estilo Vaticano, no merece ninguna medalla, al contrario. No obstante, tampoco entiendo el reventismo de algún político 'juntista', que parece aplicar aquella máxima que dice que "a río revuelto, ganancia de pescadores". Coincidiendo en el tiempo, se hacía público que un candidato de JxCat en Amposta fue detenido por un presunto abuso a menores.

Dice el evangelio de Juan que "quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra". Esquerra ha actuado mal, mucho, pero no peor, por ejemplo, que la CUP con el acoso a Mireia Boya. Todo ello nos indica que queda mucho terreno por recorrer en estos casos. Criticamos mucho y fuerte si el caso no afecta nuestro entorno más inmediato, pero naufragamos cuando tenemos que gestionar una crisis próxima. Hemos criticado mucho y con razón la mala gestión que la Iglesia ha hecho siempre ante actitudes similares, pero luego nuestros políticos tampoco acaban de estar a la altura de lo que de ellos se espera.

Como editorializaba con acierto José Antich, refiriéndose a este mismo caso: "La dimisión no es honorable".

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