Trabajar con el simbolismo y no morir en el intento

Desde hace un tiempo en el Castillo de Montjuïc se hacen intervenciones artísticas. Para algunos, el castillo es bastante simbólico en muchos aspectos. Desde los militaristas que están enfadados porque han quitado el Museo de las Armas hasta los que defienden que sea un lugar de respeto para los fusilados del bando nacional y los que por el contrario quieren que sea un lugar de respeto para los fusilados del bando republicano.

Su historia es larga y triste, recordemos que sus cañones no apuntaban al mar para proteger la ciudad sino a la ciudad para evitar insurrecciones. A partir de los últimos años del siglo XIX, sirvió de prisión de la lucha obrera. Estuvieron encerrados y torturados anarquistas en la década de 1890. También encerraron a los detenidos a raíz de la Semana Trágica. Fue fusilado el pedagogo Francisco Ferrer Guardia. En 1919 se cerraron más de 3.000 obreros, encarcelados a causa del conflicto de La Canadiense.

Tras el estallido de la Guerra Civil el Frente Popular lo convirtió en prisión y lugar de fusilamiento para los otros alzados o los simpatizantes de la «causa nacional», y se hizo famoso el foso de Santa Elena, donde fueron asesinados militares, curas, conservadores, jóvenes falangistas, estudiantes, empresarios, requetés y todos aquellos que fueran sospechosos de apoyar el golpe militar.

Durante la represión franquista fueron ejecutados más de 4.000 presos republicanos y catalanistas en el castillo, entre los que destaca el presidente de la Generalidad de Cataluña, Lluís Companys. Allí mismo se erigió un monumento a los caídos en memoria de los fusilados nacionales (olvidando los republicanos también fusilados).

Como veis, es un lugar cargado de historia, de dolor y de memoria colectiva. A raíz de la última confrontación simbólica en el Fossar de les Moreres, me ha cogido por preguntarme cómo es que en Montjuïc nadie ha desatado ningún despropósito en las redes sociales que forzara el Ayuntamiento a tener que desguazar rápidamente alguna de sus instalaciones. He investigado si los autores de estas intervenciones artísticas habían recibido algún mensaje de rechazo o alguna presión para elegir el tema o la formalización de sus piezas. Nada de nada. Lo que sí he podido constatar es que las condiciones en que trabajan son muy mejorables, que la administración tiene subcontratada la producción a una empresa privada y que además la entrada al recinto no es gratuita desde el 2014. Este último punto creo que se debería solucionar en breve. En todo caso, que paguen los turistas, pero no es lícito cobrar a los ciudadanos de Barcelona para visitar su castillo. Así que, buscando polémicas, me he encontrado con la precariedad de los artistas (que por cierto es endémica) y la privatización de servicios y de espacios.

La pregunta, sin embargo, sigue vigente: ¿cómo es que ninguna de las piezas instaladas ha generado controversia, ni siquiera debate? Aparte de la negación del gobierno municipal actual a una entidad para que celebrara una misa franquista, la última polémica que se recuerda es la de las banderas. Hacia el 2005, cuando el Estado cedió el espacio a la ciudad hubo un incidente. Al parecer, José Bono, entonces ministro de Defensa, habría condicionado la cesión a que la bandera española ondeara en la parte más alta. Otra vez los símbolos.

Después de pensar un poco, creo que la falta de polémica en este espacio, tan emblemático como el Born o el Fossar de les Moreres, es por tres motivos. En primer lugar, está lejos del centro. Los barceloneses somos una especie acomodaticia, nos da pereza todo aquello que va más lejos de la plaza de España, las Glòries o la ronda del Mig. Eso hace que lo que pasa en Montjuïc no trascienda a la ciudad.

Después, y tal vez esto es lo mejor, aunque no lo más determinante, la calidad de las piezas instaladas ha sido muy alta, mayoritariamente. Los artistas que las han hecho cuentan con carreras solventes y su trabajo es riguroso y bien ejecutado. En ambos casos citados, el Born y el Fossar de les Moreres, veo errores de lenguaje. No pienso que sea ninguna falta de respeto y obviamente la polémica es por otra cosa, pero hablando de las piezas en sí mismas, hay cosas que chirrían. Ya expliqué, en esta misma columna, que uno de los problemas con el asunto del Born fue que era una instalación pseudoartística hecha por un arquitecto, no por un / a artista. En el caso del Fossar, han sido estudiantes, que justamente están en el momento de poder equivocarse.

Finalmente, el motivo menos interesante pero quizás el definitivo es que Montjuïc no ha sido (todavía) ungido como símbolo patrio por el independentismo hiperventilado, que decía David Fernández, o el anticolauismo furibundo. Todavía es un espacio donde la historia no ha sido revisada para adaptarla al relato procesista. Es por eso que no hay problema si instalan un reloj de sol hecho con un cañón; una esfera espejo, que deforma lo que refleja; o unas palabras, punzantes y poéticos vez, escritos con neones.

No quisiera levantar la liebre, pero aprovecho que todavía es un espacio no tematizado para disfrutar de obras que abordan, conceptual y simbólicamente, maneras de aproximarse y reflexionar sobre la memoria a través del arte. Quizás mañana ya será tarde.

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