¿Quién se come a quién?

Cuando, en un clima de alarma social por los recortes, la entonces Convergència i Unió (CIU) desembarcó en el independentismo, no se encontró con una territorio virgen sino, por el contrario, con pobladores que desde hacía tiempo colonizaban este espacio. Así dio comienzo un ciclo de competencia-colaboración entre los recién llegados y los nativos, que amenaza la supervivencia de algunos (o de todos), al menos como se los había conocido hasta entonces.

¿A qué respondía aquella mutación? ¿Qué poderosísimas razones tenía CIU para sustituir su confortable espacio de nacionalismo moderado por un independentismo imprevisible? Jordi Pujol, que nunca se mostró muy partidario de modificar las reglas de juego del Estado con Catalunya, lo achaca a «un modelo homogeneizador de techo competencial muy bajo, un gobierno muy limitado y sometido a un creciente ahogo financiero» (El caminant davant del congost, editado por Proa en octubre de 2012). «Y la alternativa a eso es la independencia», afirma.

Habrá sin duda quien opine que estos argumentos justifican en sí mismos el quiebro estratégico de Convergència, pero también hay otros (muchos) que no encuentran correspondencia entre esos y otros argumentos similares y la magnitud de la decisión adoptada por el partido. Los hechos, tercos, parecen empeñados en mostrarnos que, lejos de cualquier desagravio, la finalidad última de la adscripción de CDC al independentismo no era otra que tratar de salvar lo salvable ante el naufragio del sistema corrupto de Pujol, aún a costa de perecer en el intento.

Una parte de la sociedad catalana, noqueada por las políticas neoliberales de Artur Mas, asistió atónita al cambio drástico de escenario, que suponía duplicar el espacio político independentista, al sumar CDC sus votos a los de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Y así comenzó a tomar forma el milagro que anunciaba un prometedor futuro en un país nuevo, a condición de irse de España. Porque, ya se sabe, «en un tiempo de tanta zozobra, desorientación y riesgo colectivo, las tres opciones que tenemos son: creer en los milagros, rebuscar en la basura, o seguir -como siempre- cada uno a lo suyo», como decía el profesor de Ciencias Políticas Xosé Luis Barreiro Rivas, en La Voz de Galicia.

En cualquier caso, la vida en el territorio del independentismo, como en cualquier otro, está lejos de ser idílica. Allí, residía desde hacía tiempo una comunidad de ideas e intereses, ERC, que acogió, no sin sorpresa y cierto regusto agridulce a los nuevos pobladores que, de un lado, podían contribuir poderosamente a engordar su oferta y, de otro, constituyen un serio problema de competencia. De este modo, viejos y nuevos moradores inician un proceso de colaboración y concurrencia de incierto final. Los primeros, ejercitados en el manejo independentista, parecen mejor dotados para los avatares y, en su devenir histórico, hasta fueron capaces de resucitar varias veces de sus propias cenizas. Los segundos, especialistas en el manejo del regateo a corto, con dinero de por medio, no están hechos para el frente. Y esto, aunque pueda parecer baladí, puede acabar como el agua mezclada al aceite.

Sin embargo, el cemento independentista acaba fraguando y se multiplican los favores mutuos hasta desdibujar los perfiles de una y otra formación. «Tanto da un gobierno Mas-Junqueras que uno Junqueras-Mas. No creo que hagan políticas muy distintas. En ERC había una izquierda que creo está marginada en favor de una ERC muy nacionalista (…). Ni que decir tiene que muchas de las bases electorales son auténticamente progresistas, pero veo escasa sensibilidad social en la dirección», considera el profesor Vicenç Navarro. Y en esta vía de favores mutuos, ERC no hace ascos a los pufos de Convergència sino que, en repetidas ocasiones, interviene de forma explícita para taparlos. Este es el caso, por ejemplo, de Montserrat Gasull, la concejala de ERC en Torredembarra que fue apartada del partido después de denunciar un ingente caso de corrupción, que afecta de lleno a Convergència.

Por su parte, reclamándose heredera de Cambó y la Lliga, Convergència cede protagonismo a Esquerra, sobre todo a partir de la llegada de nuevas colonias a la tierra de promisión, como la Assemblea Nacional Catalana (ANC) o la resucitada Òmnium Cultural. Teóricamente, estas formaciones, especializadas en el encuadramiento y la movilización, se reclaman equidistantes de los partidos políticos, pero en el juego de adivinanzas del quién es quién, tan de moda en Catalunya, la balanza se acaba inclinando a favor de ERC. Para muestra un botón: «Quien controla la bandera, controla el país», afirma Vicenç Navarro. Por añadidura, el dominio del independentismo se ha ido enriqueciendo con nuevas aportaciones, entre las que resaltan la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) que, abanderada de radicalidad nacionalista, proporciona munición a Esquerra para asustar diciendo que vienen los malos y, en definitiva, ubicarse así en una especie de centrismo independentista.

A todo esto cabe añadir cuestiones como los liderazgos, que no hacen sino travestizar aún más las cosas, si cabe. Aparentemente, es Artur Mas quien parece ostentar el mando del independentismo, pero si se acerca la lupa no resulta difícil descubrir que tras su bonapartismo (más bien de vía estrecha) solo hay una caja vacía. Y en el caso de Oriol Junqueras, que no oculta su pánico escénico, subyace una cesión del protagonismo a su socio y rival que, en realidad, no es tal. Aparentemente, quien manda es Artur Mas, pero a raíz de los últimos acontecimientos no cabe duda de que el manejo de los hilos está más bien en manos de Junqueras y sus correligionarios, sin restar un ápice de importancia al papel de la CUP en este juego.

De todos modos, la guerra sorda entre contrincantes necesariamente conlleva, más allá de cualquier desenlace, una pérdida de identidad de sus protagonistas, que, a la larga, puede acabar hasta con su razón de ser. En tal sentido, no sería de extrañar que, por ejemplo, Convergència y Esquerra acaben siendo lo que ya parecen: una sola cosa, extendida y más bien amorfa y conjurada por el afán independentista. O, simplemente, rompen amarras y acaban tirando cada uno por su lado. En cualquier caso, el Junts pel Sí se encuentra a un paso de hacer el más espantoso de los ridículos, como acaba de decir Pilar Rahola.

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