La cultura odiosa del lacito rosa

Vaya por delante que, si he escogido el adjetivo «odiosa» para describir la cultura del lacito rosa no es por las voluntarias que se implican desinteresadamente en las iniciativas destinadas a recaudar fondos para la búsqueda biomédica. Entiendo que la inmensa mayoría, a pesar de que motivadas y sinceras, desconocen el tenebroso mundo de negocios que se despliega entre bambalinas, mientras ellas buscan la colaboración ciudadana. La cruda realidad es que hemos «celebrado» otro 19 de octubre y después de los ingentes esfuerzos invertidos, la epidemia no se ha frenado en absoluto, más bien al contrario. El cáncer de mama es un monstruo de voracidad insaciable que sigue matando miles de abuelas, madres e hijas, mientras deja a su paso un rastro de familias desconsoladas, mordisqueadas por el dolor. Alguien podrá aducir que la calidad de vida de las pacientes ha mejorado y que los tratamientos no son tan devastadores como en épocas anteriores. ¿Nos tenemos que conformar con estas migajas? ¿Por qué motivo no salimos a la calle para protestar y exigir respuestas, ante tanta desolación? ¿Dónde están aquellas feministas expeditivas, cargadas de rabia creativa, que exhortaban a los Gobiernos a actuar, en décadas pasadas?

 

La huella de la muerte contrasta con el positivismo de los mensajes asociados al lacito rosa, el cual ha acontecido una tendencia globalizada. Los lemas blandos que promueven por todas partes alejan a las mujeres de la urgente politización que requiere la reivindicación colectiva. En los Estados Unidos, desde la desregulación de los mercados capitaneada por Ronald Reagan, en los ochenta, la investigación recayó plenamente en manos privadas. Una sonrisa de complacencia se pintó entonces en el rostro de las indignadas manifestantes. A medida que los intereses crematísticos contaminaban la ciencia, las reivinicacions se vaciaban de contenido. Para conocer los motivos de esta transformación radical es recomendable que vean el documental de la canadiense Léa Pool «Lazos rosas, S.L.» (2011), inspirado en un trabajo de investigación de la experta en estudios de salud Samantha King. Lo emitió La 2 este sábado, mientras en otras cadenas se dedicaban a destripar a famosos.

 

Léa Pool recoge el imprescindible testigo de las afectadas que se sienten ofendidas por este boom infantilitzador y también de las que saben que están en una fase terminal de la patología y no la podrán superar. A pesar de que tienen que afrontar un momento durísimo se ven marginadas por los grupos «pink» en los cuales se promueve básicamente el optimismo y se transmite implícitamente la idea que, si se encuentran a las puertas de la muerte, es porque no se han esforzado bastante. Tal vez no han cuidado la dieta, han bebido demasiado alcohol, han abandonado la lucha por la supervivencia, etcétera. En este sentido, las expertas remarcan que hay un amplio porcentaje de factores causales que todavía son desconocidos pero se sabe que están estrechamente ligados al medio ambiente. Es paradigmático el caso de los plásticos estrogénicos, presentes en la industria automovilística, que han causado una elevada mortalidad entre las trabajadoras del sector. Con todo, los recursos que se destinan a la prevención representan tan sólo un 5% del total. Es necesario, pues, que se distribuyan correctamente los fondos que se invierten en las diferentes líneas de investigación, que a menudo dan infinitas vueltas sobre las mismas cuestiones irrelevantes.

 

Actualmente, hay activistas que denuncian el marketing salvaje de algunas firmas de cosmética, que se apoderan perversamente del lacito rosa para aumentar exponencialmente sus beneficios, a pesar de que empleen productos químicos cancerígenos -plomo, aluminio, petróleo, formaldehído- para elaborar desodorantes, pintalabios y perfumes. Finalmente y para acabarlo de adobar, destinan una parte ínfima de las ganancias a la ciencia. Tampoco podemos obviar el cinismo de las farmacéuticas que se lavan igualmente la cara con la misma excusa filantrópica. Y así podríamos continuar hasta el infinito, hablando de los intereses monetarios ligados a las mamografías; el envío de aparatos de alta radiación en países en vías de desarrollo; la utilización de hormonas del crecimiento vacuno en ciertos lácteos; la carencia de control a la hora de exigir que las empresas garanticen la seguridad de sus productos… Raso y corto, si queremos impulsar un cambio real, que pare de raíz el cáncer de mama, tendremos que reconducir nuestra motivación. No debemos tener ningún miedo de molestar a nadie porque no está escrito en ninguna parte que tengamos que ser candorosas las veinticuatro horas del día. La dominación machista se basa también en la promoción de estos estereotipos edulcorados, que pretenden silenciar el sufrimiento femenino en el mundo. Dejemos la sonrisa de «cheerleaders» para los acontecimientos deportivos. En materia de salud, damos un puñetazo encima la mesa.

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