¡Gibraltar catalán!

Al igual que Mónaco, la Ciudad del Vaticano, Ceuta, Melilla o San Marino, es evidente que la ciudad-colonia de Gibraltar no tiene ningún tipo de sentido ni político, ni económico, ni militar en la Europa del siglo XXI. Es una rémora histórica, heredada del Tratado de Utrecht, que hay que resolver con amplitud de miras y en clave de integración regional con el territorio al cual pertenece geográficamente, Andalucía.

 

La supervivencia de Gibraltar como «islote» fuera de la Unión Europea sólo es viable si Londres aboca cada año millones de libras esterlinas para mantener a su población o si se toleran actividades ilegales ligadas a la evasión fiscal, el contrabando y el narcotráfico.

Su reducidísima superficie impide que se puedan desarrollar actividades empresariales para la exportación que permitan la autofinanciación de la colonia.

 

Del mismo modo que Francia controla con lupa los movimientos financieros que se hacen en Mónaco o que Italia ha acabado con la anomalía fiscal de San Marino, Gran Bretaña tiene la obligación de cerrar, más pronto o más tarde, los chiringuitos «offshore» que se han guarecido en la laxa legislación del peñón. Si queremos salvar el modelo social del Estado del bienestar a la Unión Europea es imprescindible clausurar los 19 «paraísos fiscales» que todavía perviven en el Viejo Continente y por donde se escapan cada año miles de millones de euros.

 

Y, en este sentido, la ciudad-colonia de Gibraltar es uno de los más importantes. Sólo hay que pasearse por la Main Street o la Governor Street -yo lo he hecho- para constatar el gran número de despachos de abogados y de asesores financieros especializados en el montaje de estructuras societarias defraudatorias que hay. Este y no otro es el verdadero problema de la colonia: haberse convertido, con la complicidad de Londres, en un refugio de la delincuencia económica internacional y de los evasors fiscales.

 

Desde esta constatación, dos consideraciones:

  1. La Unión Europea, y no el Estado español, tiene que tomar cartas en el conflicto y exigir a Gran Bretaña el fin de la impunidad fiscal de Gibraltar. Si los «llanitos» quieren seguir siendo británicos, que Londres los mantenga.., hasta que se canse.
  2. Se equivocan gravemente quienes, desde Catalunya, apoyan incondicionalmente a los «llanitos» y equiparon su situación con la nuestra. Ya lo he denunciado en otros artículos: desde el máximo respecto a la libertad de expresión, aquí tenemos un «delirium tremens» de historia medieval y romántica que nos obnubila la vista y nos impide leer correctamente la realidad económica y social en que vivimos. Desde el Tratado de Utrecht han pasado 300 años y en todo este tiempo, afortunadamente, el mundo ha cambiado mucho. Aplicar esquemas del siglo XVIII al siglo XXI es, sencillamente, una sandez, por mucho que nos pueda emocionar que en Gibraltar exista el barrio de Catalan Bay.

 

No tiene nada que ver Catalunya, un país integrado plenamente en la dinámica de la Unión Europea, con un «islote» que resta fuera del territorio Schengen y que se ha convertido en un refugio de «piratas fiscales» y de contrabandistas de tabaco y hachís del Marruecos. Seamos serios. Si de verdad queremos la independencia no podemos cometer errores tan infantiles.

Defender la autodeterminación de Gibraltar en nombre de la autodeterminación de Catalunya es un «divertimento» que, más allá de encabritar a la ‘Brunete mediática’, en Bruselas no hace ningún tipo de gracia. Los enemigos de nuestros enemigos no tienen porque ser siempre nuestros amigos.

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