El sábado 14 de marzo, día en que empezaba el estado de alarma, las autopistas que salían de Madrid se llenaron de coches que iaban a confinarse al piso de la costa valenciana. También hubo coches que salían de Barcelona hacia la Cerdanya, la Costa Brava y otros lugares. Hacía unos días primaverales y las playas estaban llenas de gente paseando que era enviada a casa por la policía. El ministerio del Interior y los Mossos dijeron que a partir del lunes se harían controles estrictos y se difundió un listado de motivos por los que sí que se podía salir. No se permitía ir a la segunda residencia, pero quien ya estaba en ella sí que se podía quedar. Y parte de la gente que había ido a apartamentos de playa, muchos de los cuales tienen un jardín que no podrían utilizar, volvieron a la ciudad. Pero otros no. La queja de los ayuntamientos de que en una crisis sanitaria no se podía triplicar la población, era un argumento totalmente razonable.

Si bien la polémica quedó más o menos zanjada, días más tarde, coincidiendo con las advertencias de que durante la Semana Santa se harían controles a la salida de las ciudades y a la entrada de lugares de segundas residencias, en muchos municipios del interior y de la costa se generó la polémica de si estaban llegando muchos veraneantes. En algunos lugares incluso enviaban a a policía municipal a las puertas de los supermercados a pedir el DNI, y las redes sociales se llenaron de mensajes, algunos ciertamente xenófobos.

Yo esta polémica la he vivido en Moià. En el Moianès, a 50 kilómetros de Barcelona, el único transporte público son los autobuses de la empresa Sagalés, a veces con unintervalo de cuatro horas entre un autobús y el siguiente, y el coche es casi imprescindible. Y se hace difícil definir quién vive y quien no vive en Moià, puesto que una cosa es lo que pone en el DNI, otra el empadronamiento y otra la realidad. Muchos jóvenes de Moià que estudian en Barcelona, hecho extensible a los de otras muchas comarcas de Catalunya, acaban durmiendo en un piso de estudiantes y se empadronan en Barcelona para poder aparcar en la zona Verde. Y muchos, al acabar los estudios, se quedan a trabajar en el área Metropolitana, compartiendo piso.

En sentido contrario hay mucha gente jubilada que convierte la que inicialmente era su segunda residencia en la habitual. Pero no se desempadronan del piso que tienen en la ciudad, puesto que arrastran una de aquellas hipotecas a 25 años. Y en el piso ahora vive un hijo o una hija, y además los padres
de vez en cuando pasan allí unos días. Hay también gente divorciada, muchas veces con una hipoteca en el piso de la ciudad, y se llega al acuerdo de que un cónyuge se queda a vivir en Moià y el otro en la ciudad, continuando pagando de momento los dos la hipoteca, y sigue empadronada en la ciudad. Y hay mucha gente originariamente de la ciudad que convierten la segunda residencia en la primera y única, empadronándose. Pero mucha de la gente 'de toda la vida' los considerará 'de fuera' o veraneantes. Es una tipología de gente que no tiene nada que ver con los veraneantes de antes, con unos tics y tópicos que se daban por las dos bandas de gente que trabaja y de gente que está 'de vacacions', que dicen en Moià.

A lo largo de los días de Semana Santa se ha dicho mucho que las urbanizaciones y los pueblos estaban más llenos de coches de lo que es habitual. Y repito que sí que ha habido gente que rompió el confinamiento, pero muchos ya estaban ahí el 13 de marzo cuando se cerraron las escuelas o son gente considerada 'de fuera' que viven allí todo el año. Y a otras muchas casas volvieron los hijos que viven en un piso compartido. Y bastantes se confinaron aquí o allá el primer día, llevando a la pareja. Y también las familias donde uno del adultos es sanitario o trabaja en otras profesiones de riesgo decidieron desde el primer día confinarse por separado. El que trabajaba en situación de riesgo quedarse en el piso, y marchando a la segunda residencia el otro cónyuge con los hijos y el abuelo, decisión que recomendaba el departamento de Salud para las familias del personal sanitario.

Llegó el Jueves Santo y la gente que habitualmente va a esquiar, a la playa, o se va de viaje al extranjero estaba aquí. Y, además, la gente no se desplazaba a comprar, como hacen muchos en Moià, ni a Vic ni a Manresa para evitar los incómodos controles, y los entornos de los supermercados
del pueblo estaban colapsados como nunca de coches, cosa que generaba la sensación de invasión, con las redes hirviendo contra 'la gente de fuera'.

¡Esperemos que vuelva la calma y que el confinamiento no se alargue hasta el verano!