Cataluña ha tenido República cuando España ha tenido República. Ni más, ni menos. Sin embargo, la máquina de remakes del nacionalismo, que tan acostumbrados nos tiene a la intoxicación, la tergiversación y el despiste, ha colocado en el mercado de la fantasía identitaria la república catalana, un nuevo producto, no solo incorpóreo, carente de significado, sino especialmente doloroso para quienes se sienten republicanos de verdad y dañino, sin duda, para todo el mundo.

Lo explica estupendamente Guillermo Lusa (de herencia protestante, masona y, claro, republicana), en una recién entrevista en EL TRIANGLE: “Sobre el papel, la República es algo mucho más racional y democrático porque permite que la jefatura del Estado pueda ser elegida. Es mejor, claro, tener un rey sueco que un presidente sátrapa de cualquier república. Pero, también hay que tener en cuenta la historia ¿Qué significó en España el republicanismo? Intentar acabar con la alianza entre el trono y el altar; con el caciquismo…”.

“La Segunda República Española -reza sobriamente Wikipedia- fue el régimen democrático que existió en España entre el 14 de abril de 1931, fecha de su proclamación, en sustitución de la monarquía de Alfonso XIII, y el 1 de abril de 1939, fecha del final de la Guerra Civil, que dio paso a la dictadura franquista.” Un régimen, el de la República, que estuvo tan identificado con la izquierda, que ser de izquierdas conllevaba casi necesariamente ser republicano.

Nada de extraño, pues, que en España exista una corriente republicanista, en algunos casos proactiva, en otros más como seña de identidad o referencia afectiva. Harina de otro costal, es la urgencia con que se plantea este republicanismo. Para algunos, los menos, la Republica constituye la principal gran cuestión pendiente en la arena política. Otros no la consideran tan prioritaria y hay quienes opinan que la reivindicación republicana contribuye a distraer la atención respecto a otras cuestiones más acuciantes.

Hasta aquí, más o menos, normal el asunto. La cosa empieza a cambiar cuando el nacionalismo catalán se apropia, como lo ha hecho con otras muchas cosas, del sentimiento republicano y lo pone al servicio de su causa, diferenciándolo del republicanismo español. Su bandera, digamos, no es la roja, amarilla y morada, sino la estelada. Su objetivo no es instituir otra forma de jefatura del Estado, sino separarse de España. Su función es añadir otro elemento de diferenciación, de rotura que, como todos, no solo lo es con el conjunto de los españoles, sino también con la mitad de los catalanes, que no comparten sus planteamientos.

En paralelo, como natural antítesis a la república catalana, asistimos a una neofobia antimonárquica, hiperventilada, podríamos decir. Feos públicos, protestas callejeras, cambios de nomenclaturas y hasta pronunciamientos institucionales…, tienen lugar un día sí y otro también contra Felipe de Borbón, desde la “Cataluña republicana”. Así, se va dejando meridianamente clara la brecha entre nosotros, catalanes-republicanos y ellos españoles-monárquicos. Del mismo modo que, por ejemplo, lo de Franco-ellos, libertad-nosotros, y así sucesivamente.

Y la cosa adquiere tintes delirantes cuando la apropiación republicana empieza a asociarse con otras causas, muy legítimas, pero no necesariamente asociadas, sino todo lo contrario. “En pleno siglo XXI no se puede entender que el cargo de jefe del Estado siga determinándose por inseminación y no por elección. La monarquía es un fósil patriarcal en tiempos de revuelta feminista…”, dice sin cortarse un pelo el folleto del llamamiento de los comunes a celebrar el día de la República, con Colau, Pisarello, Asens… “Libertad, igualdad, fraternidad”, reza imaginativamente el eslógan.

Para que no quede ninguna duda de la habilidad de los convocantes en agarrar el rábano por las hojas, el folleto remacha que “el republicanismo es una forma de organizar la vida en común más igualitaria, feminista, que hace avanzar los derechos y libertades para todos” ¿Más allá del comprensible ardor electoralista, alguien con dos dedos de frente puede prestar la más mínima asociación del republicanismo a una vida más igualitaria y feminista? Que se lo pregunten a los habitantes de Corea del Norte, Guinea Ecuatorial o de alguna de las muchas repúblicas dictatoriales que campan por el mundo. Y también, desde luego, a cómo les van las cosas en este terreno a los habitantes de las monarquías de Suecia, Noruega, Gran Bretaña u Holanda, sin ir más lejos.

Mientras tanto, ánimo a los republicanos españoles de buena fe, sobre todo residentes en territorio catalán, en la tarea de separar su trigo de la paja nacionalista. Cosa que, en su peculiar estilo, los comunes de Colau lo resuelven, como casi todo, juntándolo.