Dice el alcaldable de los republicanos barceloneses que unir independentistas y dependentistas es posible y que él –y no la hAda Colau- es el designado por los dioses para llevar a término esta misión imposible. Ernest Maragall ha estrenado hace pocos días base de operaciones en el barrio del Camp d’en Grassot y ha aprovechado la gran expectación mediática que provoca su deteriorada figura desgastada por el paso del tiempo y la ambición política para asegurar que él es la respuesta a todas nuestras plegarias. No ha desvelado todavía el candidato de Esquerra cómo lo hará para convencer a los barceloneses descreídos para que el 26-M votemos a un partido que ofrece el paraíso de una república inexistente, así que tendremos que tener un poco más de paciencia.

Se nota que los republicanos van a por todas, pero también que no las tienen todas consigo. Por eso no han dudado en apropiarse del amarillo para colorear a un candidato que siempre viste de gris y no le harán ningún asco a los votos sin pedigrí procesista que recojan durante estos dos meses y pico de campaña. De cara a la galería va tan sobrado Tete Maragall que habla sin pudor de superar los “muros” que dividen a la sociedad catalana escondiendo que ERC es uno de los principales responsables de su construcción. Pensé que bromeaba cuando decía que quería pispar votos a comunes, socialistas y ciudadanos. Pero ERCnest hacía cara de pocos amigos cuando lo dijo, así que solo puedo atribuir la bravuconada a un delirio pasajero o a la desesperación por una victoria que tampoco podrá ser.

Hace unos meses las encuestas de intención de voto encargadas por los republicanos les daban la victoria en Barcelona por la mínima. La substitución de Alfred Bosch por Ernest Maragall impuesta por el dedo de Lledoners de forma poco democrática no los penalizaba y parecía que su deseo de erigirse en el centro útil del soberanismo se convertiría por fin en realidad. Pero resulta que la realidad tiene un peculiar sentido del humor y que los irreflexivos republicanos siempre se olvidan que primero se han de ganar las elecciones. Poco contaban los estrategas de Esquerra que los convergentes tuneados aparcarían provisionalmente sus luchas fratricidas y presentarían batalla por la capital catalana con un potente cuarteto que podría ser quinteto.

A los republicanos les ha salido un peligroso competidor que podría acabar con su sueño de conquistar el buque insignia de Cataluña. Ya no podrán dar pena explicando que tienen presos políticos presos –comenzando por el oráculo Junqueras- porque los otros también tienen a Joaquim Forn encarcelado. Tampoco podrán presumir de ser los herederos auténticos del maragallismo porque los otros presentan a otro maragallista de pedigrí, Ferran Mascarell, cuya misión es ganar a Jordi Graupera para la causa. No podrán presumir de presentar un gestor de la cosa pública con solvencia contrastada porque los otros han rescatado a Neus Munté del olvido. Ya solo les quedará intentar convencer al electorado independentista de la belleza interior de su candidato porque los otros cuentan con Elsa Artadi, mujer, joven y talibana, y verdadera cabeza de lista de los seguidores de la secta del gurú Puigdemont.

Suerte que no soy independentista y que tengo muy claro mi voto. Sin embargo, me sabe mal por mis amigos que sí lo son porque estos días están más nerviosos de la cuenta y la manifestación del sábado pasado tampoco les ha ayudado a calmar los ánimos: se pensaban que en Madrid los recibirían con tanques y resulta que la democracia española de pacotilla les ha dejado ondear banderas y cantar himnos. Entiendo que tener que decidir el 26-M entre republicanos y convergentes tuneados será un reto difícil, sobre todo cuando los programas electorales que defienden se limitan a echar a la hAda Colau del consistorio. Desde los despachos oficiales es difícil saber cuáles son los problemas reales de los barceloneses.