"Reivindicar la resistencia colectiva y la libertad de presos políticos y exiliados". Es el eje de los actos institucionales de la Diada de este año. Una vez más, la fiesta nacional de Catalunya ha sido puesta al servicio de los partidarios de la independencia a pesar de que tanto el Govern como el Parlament son instituciones que pertenecen al conjunto de la ciudadanía.

Los actos han sido diseñados para vincular el exilio republicano y la huelga de La Canadiense con la situación de los políticos independentistas procesados. Para conseguirlo, se mezclan testimonios de políticos independentistas y textos de Teresa Pàmies sobre el exilio. ¿Qué relación tiene una huelga histórica de la clase obrera que consiguió la jornada laboral de ocho horas con lo que pasa hoy en Catalunya? ¿Es legítimo hacer un paralelismo entre la represión franquista y la situación en que se encuentran esos políticos independentistas por injusta que nos parezca?

Carles Vallejo, presidente de la Asociación Catalana de Expresos Políticos del Franquismo, ha alertado en varias ocasiones sobre el peligro de banalizar la lucha antifranquista y la dictadura, unos acontecimientos que se desarrollaron en un contexto totalmente diferente al actual. Vallejo ha recordado lo que significó para él y los otros miles de represaliados sufrir detenciones arbitrarias, torturas durante semanas y encarcelamientos en condiciones extremas. La Guerra Civil duró tres años pero la represión se perpetuó durante décadas. Los represaliados fueron objeto de torturas, ajusticiamientos, masacres colectivas, desapariciones forzadas y traslados ilegales. Sus cuerpos fueron enterrados en fosas comunes y diseminados por los campos sin que su muerte constara en ningún registro civil. Algunos historiadores elevan el número de muertos hasta los 400.000 a pesar de que todavía hoy no hay acuerdosobre esas cifras. No fueron las únicas víctimas. La Audiencia Nacional cifra en más de 30.000 los niños y niñas de parejas republicanas que fueron robados y las identidades de los cuales fueron cambiadas.Más allá de la discusión semántica que podamos tener sobre el uso del término exilio, cuesta entender que los descendentes de republicanos que tuvieron que marchar del país a partir de 1936 compartan el punto de vista de que la situación de sus padres, madres, abuelos y abuelas, es comparable a la de Marta Rovira o Carles Puigdemont. Las condiciones en que se encuentran los políticos que han abandonado España no tienen nada que ver con las de los miles de personas que atravesaron la frontera en medio de la nieve, cargando enfermos y heridos, rodeados de miseria y desesperación, para acabar muchos de ellos confinados en campos de concentración, como el de Argelès-sur-mer: a la intemperie, sin agua potable ni letrinas y durmiendo en la arena húmeda.

La República fue una cosa muy diferente a lo que ahora reivindica el movimiento independentista. Fue un movimiento de las izquierdas, de las clases trabajadoras y populares de toda España que buscaba cambiar un modelo social injusto. Sus prioridades fueron combatir el analfabetismo, fomentar la participación política, llevar la educación a aquellas capas de la población que nunca se habían beneficiado de ella pero también impulsar políticas sociales que más tarde definirían lo que hoy conocemos como Estado de Bienestar.

Ninguna de estas cuestiones son las que mueven hoy al movimiento independentista que aspira no sólo a levantar muros entre los que los republicanos consideraban pueblos hermanos sino también entre la misma ciudadanía de Catalunya.

Tampoco tienen que ver con la huelga de La Canadiense, que representó una conquista histórica del movimiento obrero, la jornada de ocho horas, y que permitió consolidar un sistema de organización de los trabajadores como contrapoder que se consolidaría después en los sindicatos.

La grave crisis política que atraviesa Catalunya no se solucionará banalizando lo que representan el exilio y la dictadura y utilizando el sufrimiento ajeno. Tampoco utilizando nuestras instituciones que tendrían que representar al conjunto de la ciudadanía, que es diversa y tiene puntos de vista muy diferentes sobre lo que sucede hoy en Catalunya.

La Diada tendría que ser una festividad integradora y no esto.