Los rostros de alegría que una parte de la ciudadanía británica exhibió hace unas semanas después de que el Reino Unido dejase de formar parte de la Unión Europea no distaba mucho de las caras de felicidad que muchos catalanes y catalanas mostraron el 27 de octubre de 2017, después de que el Parlamento proclamara la DUI. En el caso británico, sin embargo, la gran diferencia rasica en el hecho que se trata de una decisión que no tiene marcha atrás y que se ha hecho siguiendo los parámetros legales. Aún así, no por haber sido un referéndum con todas las garantías la decisión tomada por los británicos es menos dolorosa para los que creemos en un proyecto europeo fuerte, cohesionado y federal.

El Brexit es un muy mal precedente para la Unión Europea. Seguramente, hoy, David Cameron se lo pensaría dos veces antes de convocar un plebiscito de estas características. El referéndum ha partido por la mitad a la sociedad británica. Habría sido mucho más sensato que los gobernantes británicos hubieran abierto una negociación con las autoridades europeas para encontrar una salida que no supusiera la ruptura que se ha producido actualmente. Entre el statu quo y la ruptura, lo más acertado era un punto intermedio que diera satisfacción a una mayoría más amplia.

Las dos convocatorias electorales que ha habido desde 2016, la dimisión de Cameron, las dos mociones de censura contra Theresa May, los cambios de inquilino en Downing Street o la derrota del laborista Jeremy Corbyn, especialmente en feudos industriales que habían votado tradicionalmente progresista, han hecho que la agenda política haya estado centrada en la salida de la UE, y que la resolución de las problemáticas sociales que afectan a la sociedad británica casi hayan desaparecido. El colapso del Servicio Nacional de Salud es un ejemplo de ello.

Los partidarios del Brexit han abocado al país, con una campaña política y mediática dónde han predominado las fake news, a una incertidumbre absoluta en cuestiones fundamentales como el libre comercio, los derechos de residencia, la estancia de estudiantes universitarios de otros países o la documentación necesaria para viajar.

Hace unas semanas, coincidiendo con el Brexit, el Ayuntamiento de Barcelona aprobaba con el apoyo de 33 de los 41 concejales y concejalas los presupuestos municipales de la ciudad. Es la primera vez que en Barcelona salen adelante las cuentas locales con una mayoría del 80%. ¿Quién se lo iba a decir a los líderes de las fuerzas independentistas que, al final, la cifra mágica del 80% sería el número con el que se aprobarían los presupuestos del consistorio barcelonés?

Más allá de la lectura que se pueda hacer de cara a futuros pactos en el Parlamento de Catalunya o bien a la aprobación de los presupuestos generales del Estado, que requerirá el apoyo de ERC, la aprobación de estos presupuestos, con el apoyo de las dos formaciones independentistas del Ayuntamiento, hace recordar los tiempos en que en Catalunya los partidos políticos y, en consecuencia, la sociedad catalana avanzaba de forma colectiva y sin divisiones. Pactando, dialogando, negociando, cediendo y respetando la pluralidad de una población que es diversa y heterogénea.

Quizás a partir de ahora Òmnium Cultural tendrá que redefinir su eslogan Somos el 80% y sustituirlo por El 80% del Ayuntamiento de Barcelona. Ante los falsos eslóganes de una parte del independentismo y de unas falsas premisas, como por ejemplo "el rechazo a la represión y a la judicialización de la política como herramienta para resolver los conflictos políticos", olvidando que una parte más o menos mayoritaria de catalanes y catalanas está a favor de la salida de los políticos encarcelados siempre que estos reconozcan los errores cometidos y el fracaso de la estrategia unilateral, no hay nada más claro y más cierto que la forja de consensos amplios en las instituciones como por ejemplo la aprobación de las cuentas locales en Barcelona.

Las elecciones catalanas anunciadas por el presidente Quim Torra podrían abrir otra mayoría de gobierno o bien la reedición de el actual ejecutivo. Sin embargo, está claro que los responsables del nuevo gobierno tendrán que buscar mayorías amplias, no podrán dejar de tener en cuenta a la otra mitad del país, y las múltiples sensibilidades identitarias tendrán que ser tomadas en consideración a la hora de buscar una salida al actual callejón sin salida. Más 80% del Ayuntamiento de Barcelona y menos procesos divisivos como el Brexit.