Nos tendríamos que preocupar de lo que pasa con nuestros vecinos del Sur. África, el continente olvidado. Un gran mosaico de países, etnias, lenguas, religiones y una gran desigualdad social. Un continente explotado primero por el colonialismo europeo, y ahora por el neocolonialismo de la China.

Es el continente donde más aumenta la población mundial. En el año 2000 tenía 817 millones de habitantes, ahora tiene 1.312 millones y en 2030 serán 1.703 millones. Con una fertilidad de 3,9 hijos por mujer, la población aumenta en casi 30 millones cada año. El 60 % de la población tiene menos de 25 años.

Nigeria es el país más poblado con 201 millones de habitantes, y cada año aumenta cinco millones. Un país que nos cuesta situar en el mapa, como por ejemplo Etiopía (la antigua Abisinia) tiene una población de 110 millones de habitantes.

La historia moderna de África nace en la Conferencia de Berlín de 1885 convocada por el canciller de Alemania Bismarck con el fin de ordenar la carrera entre países para conquistar la mayor parte del territorio. Las grandes potencias se la repartieron de una manera artificial y escandalosa. No se tuvieron en cuenta las etnias existentes.

El recuerdo que los africanos guardan de los colonizadores europeos nos lo podemos imaginar. Arbitrariedades como la de adjudicar como propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica los dos millones de kilómetros cuadrados del Congo, territorio que sufrió una explotación salvaje como bien describe Joseph Conrad en su libro El corazón de las tinieblas o ahora hace 25 años el genocidio con 800.000 personas asesinadas en la excolonia belga de Ruanda. Podríamos seguir con las barbaridades cometidas por ingleses, alemanes, franceses o portugueses, o el recuerdo de la cruenta represión que sufrieron muchos países para conseguir la independencia.

Recientemente es la China quién practica el neocolonialismo en África. Con una lluvia de millones de inversiones y préstamos para hacer infraestructuras, comprar suelo productivo o yacimientos de minerales, está creando una elevada dependencia económica y empieza a tener una gran influencia sobre los gobiernos.

Los colonizadores europeos se interesaron mucho en explotar los recursos naturales y muy poco en crear instituciones políticas, administrativas y sociales. No se impulsó el desarrollo económico ni poner las bases de un sistema de bienestar social.

Hoy, para la mayoría de los africanos las condiciones de vida son precarias y se agravan por la alta emigración de las zonas rurales a la ciudad, donde se hacina la gente en unas inmensas periferias lumpen. Los servicios públicos, educación, sanidad, agua potable, que ya son muy precarios, no podrán hacer frente al aumento de población. La desigualdad y la pobreza conviven con las lujosas zonas residenciales. El cambio climático es una grave amenaza, que forzará más a la emigración.

En un mundo en el que la televisión, los móviles e Internet están al alcance de todo el mundo, son muchos los que quieren huir de la pobreza, de la falta de oportunidades, y de un futuro imposible. ¿Cuántos intentarán venir a Europa cómo sea? Nadie lo sabe. Pero habrá un choque entre los muchos que intentarán venir y una Europa que lo querrá impedir. Serán tiempos duros, trágicos, e inhumanos.

Europa no puede cerrar los ojos e ignorar lo que está pasando. África es una bomba de relojería, y cuando estalle, para los que quieran escapar el lugar más cercano donde ir será la vecina Europa.

Por otro lado una UE que envejece necesita inmigración, y, por tanto, tiene que conseguir, de una vez por todas, definir políticas de acogida y consensuar un programa ordenado de inmigración. Europa está endeuda con África.

África es un continente inmenso con un enorme potencial, que si se gestiona bien puede crear mucha riqueza y ocupación. El gobierno alemán, en colaboración con los estados africanos, está impulsando un Plan Marshall para África, plan que la UE tiene que apoyar. Se trata de introducir reformas que hagan posible atraer inversiones privadas y públicas rentables en un marco de desarrollo sostenible.

Tenemos que anticiparnos al choque demográfico. Tenemos que aceptar un cierto nivel de inmigrantes, pero al mismo tiempo tenemos que contribuir al desarrollo de África, colaborando con sus gobiernos para impulsar el crecimiento económico y la creación de oportunidades y de ocupación. Hay que dar esperanza de futuro mejor para millones de africanos.