Después de ir arriba y abajo con el culo apretado durante semanas, ahora ya puedo liberar esfínteres. La victoria de los lobos de colmillos afilados que preveían las encuestas de cara al 28-A no ha sido tal, cosa que me lleva a pensar en cómo somos de absurdos los seres humanos, siempre sufriendo por cosas que todavía no han pasado y que puede ser que no pasen nunca. En mi caso, a la tensión acumulada en la parte donde la espalda pierde su digno nombre se ha añadido el cierre involuntario de los bandas del plexo solar y del perineo –los que hacéis yoga ya sabéis de qué hablo- y esto me ha hecho caminar estos días jorobada. El escenario dibujado de apocalipsis zombi era tan verosímil que yo ya tenía las maletas hechas por si tenía que salir disparada hacia Perpiñán.

A pesar del canguelo, admito que gracias al miedo avivado por los medios de comunicación –muchos partidarios de la manada de lobos- los catalanes que confiamos todavía en una sonada victoria sobre los caminantes blancos nos hemos movilizado para votar en las elecciones del país vecino. Sin embargo, me duele que a pesar de todo el esfuerzo hecho –algunos hemos votado con la nariz tapada- no hemos podido evitar ni el voto útil a partidos que no se lo merecen tanto ni el aterrizaje en el Congreso de un montón de papanatas rancios y descerebrados. Mucho me temo que vendrán cuatro años más de patria y bandera, y de soportar barbaridades de psicópatas que viven de la cosa pública. Solo un Gabriel Rufián transformado en Melisandre nos podría salvar de la oscuridad, pero no lo hará porque él también se alimenta de la bronca.

Y una vez superada la primera prueba de estrés, ahora viene la segunda, que es mucho más interesante. Vendrán semanas vertiginosas de contactos discretos y no tan discretos, de propuestas osadas y reivindicaciones justas pero fuera de lugar que caerán en saco roto, de ofertas desvergonzadas a cambio de un plato de lentejas y de declaraciones en clave solo aptas para los iniciados en los chanchullos de la política, que en la piel de toro que habitamos se traducen en repartir el pastel del poder entre los de siempre ignorando al resto, que somos la mayoría. Yo seguiré con las maletas hechas por si acaso, porque probablemente no sabremos si la criatura surgida del 28-A tendrá un padrino naranja o un padrino violeta hasta después de las elecciones municipales y europeas.

Los socialistas han ganado las elecciones generales, pero no lo han hecho con una mayoría cómoda como ellos esperaban y en una democracia de verdad esto quiere decir gobernar en coalición. Y si me preguntasen a mí, que no les he votado pero sufriré las consecuencias de sus actos, les diría que yo tengo muy claro quién ha de ser su socio. Sin embargo no espero que lo hagan. De hecho, el equipo de Pedro Sánchez ya ha dicho que el escenario ideal es gobernar en solitario con apoyos externos siguiendo el ejemplo tan exitoso de la hAda Colau. Lo entiendo porque es la mejor forma de no mojarse y también de no abordar con valentía el principal problema –no el único, por descontado- que tiene España encima de la mesa y que se llama Cataluña.

Y como no hay dos sin tres, en un mes volveremos a tener elecciones. Y mucho me temo que serán cuatro semanas más de caminar con el culo apretado y los esfínteres por corbata porque vaticino una campaña vacía de propuestas y llena de improperios como ha sido la anterior. Noqueados los convergentes tuneados y los comunes, los mortales tendremos que soportar con resignación –como pasa con las almorranas- la pelea entre gallos republicanos y socialistas, muy crecidos ambos con los resultados de las generales y muy confiados en que su buena estrella no les abandonará como le ha pasado al ciudadano Valls. La lucha se prevé encarnizada y yo solo veo el dibujo de una Barcelona partida por el medio y con dos mitades irreconciliables. Ojalá me equivoque.