Hace un par de días que ha entrado en funcionamiento la Zona de Bajas Emisiones, con la esperanza de reducir la contaminación ambiental pero hay otra contaminación, invisible, que causa graves problemas de salud pública, la contaminación acústica. En 2020 es el Año Internacional del Sonido y se vuelve a poner sobre la mesa el exceso de ruido al cual estamos expuestos, diariamente, en las grandes ciudades. La Organización Mundial de la Salud, OMS, recomienda no exponerse a más de 65 decibelios (dB) de día y a 55 dB por la noche, pero en ciertas calles del Eixample, como la calle Aragón o Valencia se superan los 70 dB de manera continuada. En Ciutat Vella el ruido constante, a causa sobre todo de los locales de ocio, supera los 80 dB.

Coches, camiones de reparto, obras, bares, locales de ocio, ambulancias... el origen del sonido es variado en una ciudad que vive volcada en la calle. España es considerada como uno de los países más ruidosos del mundo y Barcelona tiene el dudoso honor de ser la capital más escandalosa. La capital catalana es, junto con París, la ciudad europea que se cuela entre las diez peores en todo el mundo. El tráfico es el responsable del 80% del ruido ambiental a las grandes ciudades.

El abogado especialista en casos de contaminación acústica, Antonio García, afirma que "la afección por ruido es brutal en una sociedad que tendríamos que ir avanzando hacia mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, y en cambio olvidamos partes como el tema del ruido". La salud ciudadana ha sido capital a la hora de poner en marcha medidas contra la polución pero, ¿qué pasa con la contaminación acústica? Un estudio del Hospital del Mar afirma que una exposición prolongada a niveles demasiado altos de ruido puede provocar un aumento del 30% de sufrir un ictus, pero también se relaciona con el aumento de los niveles de estrés, dolor de cabeza, insomnio y déficit de atención en tareas cotidianas.

Antonio García dice que "las instituciones se tienen que concienciar de que el ruido es uno de los otros contaminantes a tener en cuenta", y que "no vale, sólo, con elaborar mapas de ruido, se tienen que adecuar las normativas igual que se han hecho con los temas de polución. Se tiene que sancionar lo que acústicamente contamina más, sea un coche, una moto o un bar". Para García, todavía queda mucho camino a recorrer en el tema de la contaminación acústica al considerar que "Barcelona no tiene una buena política acústica. Se tiene que educar en el silencio y la transición verde tiene que llegar también al oído".

El abogado pone énfasis en el asfalto fonoabsorbente, pantallas acústicas, disminución de la velocidad, circulación sólo de residentes a determinadas zonas, fomentar el uso del transporte público y el soterramiento de vías, "pero se tiene que ser valiente a la hora de acometer estas soluciones" afirma García, "y sobre todo, estudiar bien los casos. Quizás sacar los coches de la calle reduciría el ruido, pero si hacen una calle de peatones y ponen terrazas no sirve de nada, el ruido continúa". La Zona de Bajas Emisiones se tiene que ensanchar para alcanzar también el ruido ambiental porqué la salud de los barceloneses está en juego.