El fútbol catalán está contra las cuerdas por culpa de una pandemia que amenaza con romper la frágil sostenibilidad de unas estructuras que hasta ahora han sido capaces de aguantar desde hace demasiados años en la cuerda floja y en un entorno de precariedad permanente. Habrá que ver, ahora, si esta capacidad sorpresiva para vivir al día resiste la tragedia que ha llegado de repente y sin estar nada preparados.

Los problemas del Barça o del Espanyol, con presupuestos de millones de euros, no son en ningún caso representativos del drama del deporte catalán. Por gigante que parezca la estructura del FC Barcelona, las aproximadamente 100 fichas profesionales azulgranas inscritas en la Federación Catalana de Fútbol representan sólo el 0,05% de las casi 180.000 licencias territoriales. Igualmente, los clubes profesionales -los dos de Primera División, el Girona de Segunda A y los diez de Segunda B- no llegan ni al 1% de los 1.367 clubes amateurs que, verdaderamente, son el fútbol catalán.

La radiografía de esta enorme comunidad de microclubs, modestos, es idéntica y generalizada. Sin casi presupuesto, apenas unos miles de euros para sostener el coste de las licencias de sus primeros equipos, la mutualidad, las equipacions y los arbitrajes, sus pocos ingresos no provienen de las taquillas.

Los equipos formativos, desde la categoría juvenil a la de prebenjamín, son el paradójico apoyo de estos más de 1.300 clubes que se debaten entre la eficiencia social del deporte de base y, de alguna manera, su explotación. Al final, los primeros equipos representan más una carga que una solución, mientras que el plantel se está convirtiendo en su razón de ser y en la tabla de salvación.

Un club ingresa de media unos 250 euros anuales por jugador de los equipos inferiores, aproximadamente ocho por club, cantidad con la cual se hace frente a la ropa de entrenamiento y de juego, el coste de las licencias (60 euros de media), gastos de arbitraje, desplazamientos y entrenadores. Con suerte, consiguen mantener el club activo año tras año. Con esto y con los sorteos de Navidad. ¿Qué pasará si las 150.000 familias de este fútbol no pueden pagar la próxima temporada la cuota de sus hijos? Esto arrastrará al fútbol, centenares de clubes, cerca de la desaparición.

Ni las federaciones ni la UFEC están preparadas

En el baloncesto, salvo las distancias por su volumen inferior respecto al fútbol, puesto que el número total de clubes es de poco más de 400, la situación será la misma. Los pocos ingresos también dependen de los equipos de base, los integrados por niños y niñas que, con un gran esfuerzo de sus padres, pueden entrenarse y jugar durante la temporada con una licencia federativa; esto quiere decir con garantías de disputar una competición en condiciones y con un seguro médico que, como en el fútbol, tienen que abonar los padres. La crisis que viene será la consecuencia del impacto económico en miles de familias con un poder adquisitivo que bajará y que tendrán que renunciar a estos pequeños lujos, que, como el deporte federado, mantienen la maquinaria.

Nadie cree que las federaciones puedan ser capaces de responder a esta emergencia más allá de seguir cobrando, algunas como la Federación Catalana de Fútbol, unas cuotas y tasas abusivas para mantener una administración mastodóntica y sueldos de cargos directivos y ejecutivos excesivos y poco justificables. Lo peor, al menos en el fútbol, y no hay que decir en la UFEC (Unión de Federaciones Deportivas Catalanas), es que sus dirigentes desconocen esta realidad y seguirán gastando dinero en promocionar sus cargos.