Este debe ser, quizás, el enésimo artículo de persona progresista, humanista, igualitaria, creyente férrea de la justicia social y las proclamas de la revolución francesa, indignada, profundamente indignada ante la campaña bajo el concepto «prioridad nacional» que Vox está llevando a cabo desde hace mucho tiempo y en concreto desde que el gobierno español puso en marcha el proceso de regularización.
Primero, por si algún despistado o despistada sigue pensando que frases como «vamos a dejar entrar a todo el mundo» o «van a colapsar los servicios públicos», tienen algún atisbo de verdad. Explicar, brevemente, que el proceso de regularización regula, no añade, que son dos verbos distintos. Solo se puede regular lo que ya existe.
Estas personas (importante el calificativo), ya usan los servicios públicos, ya trabajan (en negro, no seamos inocentes), ya conviven contigo sí, ya te los cruzas en el tren, en el supermercado e incluso es probable que sus hijos estén escolarizados junto a los tuyos. Pero a estas personas, no se les estaban reconociendo sus derechos mínimos y por lo tanto, tampoco sus mínimas obligaciones.
Sí, todos salimos ganando. Es una pena que el simple argumento del respeto al ser humano no sea suficiente en estos casos, pero no pasa nada, porque nos sobran las razones y los motivos (como decía el poeta). La regularización reconoce a aquellas personas que llevan viviendo en nuestro país (mío, mío, como si fuésemosGollum con el anillo…) y los sitúa dentro del estado de derecho, sin por eso reconocerles – en modo alguno- la nacionalidad.
Mucho me estoy extendiendo para algo que no quería explicar, ya que me incomoda estar en un mundo, en una sociedad, a la que hay que argumentarle el por qué «está bien» defender los derechos humanos. El por qué, el racista es el malo de la película en esta historia.
Da igual, las veces que hemos pagado este interesado olvido, no importa que volvemos a caer una y otra vez en la misma fosa de la desesperación. Y volvemos a decir que primero el de aquí, que dar al que menos tiene es quitarme a mí, que nos roban, que delinquen, que nos quitan el trabajo, que empeoran nuestros barrios.
Y no. Ni un ápice de vergüenza sienten las personas que abanderan estas lindezas. No todos los inmigrantes delinquen, igual que no todos los políticos roban, ni todos los hombres violan y matan mujeres. Mezclar delincuencia con origen es más allá de cruel e interesado, ridículo.
Existen varios problemas reales ligados a la inmigración que, lógicamente, no vamos a poder abordar ni solucionar en los caracteres que sume este artículo. La clase, el nivel económico, el nivel de estudios, las ayudas para la adaptación, la integración, la posibilidad de acceder a trabajos cualificados (muchos inmigrantes tienen titulaciones no compatibles con las del país al que emigran) y un largo etcétera de dificultades hace que migrar no sea una panacea. Y, sin embargo, para la ultraderecha estas personas son el objetivo a eliminar.
Su prioridad nacional no es invertir en más educación, inclusiva y que fomente la integración para evitar brechas futuras. Su prioridad nacional no es mejorar la sanidad pública fomentando la innovación, la investigación, apoyando a las personas que quieran dedicarse a la sanidad. No es su prioridad nacional mejorar el salario mínimo, apoyar la ley de la dependencia, votar a favor de las ayudas a los damnificados por catástrofes naturales. No es su prioridad, ni su problema, acabar con la violencia machista y los asesinatos y vejaciones que sufren las mujeres de este, su país. Ni tampoco lo es lograr mayores cuotas de seguridad dejando de inventar bulos y trabajando en mejorar el deplorable sistema judicial que tenemos actualmente.
No, su prioridad es la búsqueda, persecución y captura del migrante.
Y les votan.










