Especialista en branding, comunicación, relaciones públicas y marketing. A lo largo de su trayectoria profesional, ha ocupado puestos de alto nivel en entornos corporativos, entre ellos el F.C. Barcelona. Profesora universitaria, en 2016 creó su propia consultoría, orientada sobre todo a proyectos de género y con impacto social. Ahora publica Te juro que estoy bien (Espasa).
Per què jures que estàs bé?
Porque es una máscara que nos ponemos todos, en esta sociedad en la que la vulnerabilidad es entendida como debilidad. Así, hay que estar bien, porque si no lo estás has fracasado en algo. Esta presión para triunfar, para conseguir, para esforzarte es lo que nos obliga a mostrar al mundo que estamos bien cuando, en realidad, no es así. Entender la vulnerabilidad como debilidad, innegablemente, nos aleja de los demás. Nos encierra en nosotros mismos, y nos pensamos que esa libertad mal entendida es lo que toca, y que nos hace más fuertes, cuando, en realidad, nos debilita.
Se puede decir que se está bien en varias circunstancias y en diferente grado. También, y muchas veces más, en el entorno laboral, profesional, ¿cómo lo vive esto la protagonista de tu novela?
No lo digo desde un punto de vista feminista, sino sociológico. Pero en el trabajo, las mujeres especialmente, cuando nos movemos en industrias que están dominadas por hombres, o que están en segmentos muy masculinizados (que son la mayoría), tenemos esta tendencia a masculinizarnos. A entender que las características y los atributos femeninos son flojos, débiles. De hecho, a mí siempre me ha llamado la atención que, en el aprendizaje del liderazgo, de la gestión, la organización y la capacidad de comunicación lo llamen soft skills, habilidades blandas. ¿Por qué? Porque son características muy femeninas. En el mundo empresarial, lo femenino está como silenciado, porque hay que ser un tiburón, hay que triunfar, ser duro, «vamos, campeón, destrózalos»…
De todas maneras, ¿no crees que esta cultura dominante, de creación netamente masculina, digamos militarizada, también afecta mucho y mal a los hombres?
En marketing, la terminología dominante es militar. Al cliente lo llaman target (objetivo), cuando una marca se aprovecha de nuestro trabajo, lo llamamos ambush (emboscada), cuando se hacen acciones para sorprender al público, las llamamos marketing de guerrilla. Hablamos de posicionamiento, estrategia de entrada… Un lenguaje marcial, de guerra, agresivo, masculino… Si te metes en este mundo desde la empatía, la voluntad de escuchar, de acordar…, desde lo relacional, emocional, es como ir con el lirio en la mano.
En esta viña del señor, ¿que es lo que a tu juicio resulta más criminal, insoportable o desagradable?
En general, el mundo empresarial, corporativo, niega toda esa capacidad de reconocer el error, la vulnerabilidad. Insisto en este término, porque las empresas y los directivos que no son capaces de reconocer el error están condenadas al fracaso. Lo que hacen es contribuir a que todo el mundo esconda las cosas mal hechas, que no funcionan, de manera que se sigue insistiendo en el error. Hitler perdió la guerra porque tenía a sus generales acojonados. No le decían, por miedo, que habían perdido batallones enteros. Y él seguía jugando a la guerra como si existieran. La falta de información y de estrategia lleva a la decisión incorrecta. Si estás castigando el error, nadie dirá «me he equivocado, lo siento». El mundo corporativo está perdiendo una gran oportunidad de hacer negocios de otra manera. Por eso, cada vez más, me interesan los proyectos que generan un impacto. Parto de la base de que, si es bueno para el mundo, es bueno para mí. Y lo digo desde la convicción.
¿Esta cultura corporativa de la que hablamos no es, de alguna manera, la punta del iceberg de la sociedad del éxito, del rendimiento, del mercado, según Byung- Chul Han?
Al final, las estructuras sociales no dejan de ser una representación, más o menos estructurada, de lo individual. La sociedad no es algo abstracto, la hacemos las personas y también las empresas. Esta despersonalización que vivimos es, ciertamente, la punta del iceberg de una sociedad que hemos construido desde el miedo y la escasez. Es la idea de que como que solo hay un pastel, si quiero un trozo más grande, te lo tengo que quitar a ti. De ahí, la competitividad, el abuso, la avaricia… El ser humano tiene sus virtudes y sus sombras, que es lo que estamos potenciando. Tengo la sensación de que estamos en un momento de inflexión, en el que hay otra manera de hacer las cosas. Un tiempo que, sinceramente, creo que es muy interesante. Aunque, a veces, ves a según quién haciendo según qué y, la verdad, te quedas de piedra. Estamos viviendo los últimos coletazos de un sistema que ya no se sostiene.
¿Así pues, del éxito a la resiliencia, siempre de manera individual, con tu propio esfuerzo?
Para mí, lo peor ha sido aceptar o creerme con los ojos cerrados que el resultado es directamente proporcional al esfuerzo que pones. Es la gran trampa del capitalismo. No tiene nada que ver una cosa con la otra. Las cosas funcionan de otra manera, pero nos hemos creído, o nos han hecho creer, que si nos esforzábamos lo conseguiríamos. A partir de ahí viene toda la mentira. Porque, realmente, lo que yo percibo es lo que deseo, o lo que me han hecho creer que quiero. Eso, que es subyacente en la novela, plantea con qué expectativas me enfrento al mundo. En mi experiencia personal, me costó mucho tiempo darme cuenta de que, quizás, aquella imagen del éxito no era mía, sino de mi familia. Para mí el éxito quizá era otra cosa.
¿De dónde viene esta pulsión de reproducción de valores, expectativas, conductas…, más allá del bien y del mal, propia de las familias, y que tanto nos determina?
Somos hijos de nuestros tiempos, de nuestra cultura… También de nuestra familia… Es cierto que los padres normales quieren lo mejor para sus hijos. El problema radica en que es lo que ellos creen que es lo mejor. Los hijos lo aprendemos todo de los padres. Aprendemos a hablar, a comportarnos, lo que esta bien y lo que está mal, a relacionarnos, a querer… Lo hacemos todo por imitación. A partir de ahí, cuando te desarrollas como ser humano, pones esto en el centro. Como referencia. Después, decides si quieres ser exactamente igual, porque estás de acuerdo, o todo lo contrario porque no lo soportas. Desde aquí, es difícil separarse y tomar lo que ahora la neurociencia llama la metacognición. Separarse de esta vorágine del «nosotros nunca», «en esta familia nunca», o «siempre»… Eso es una losa que nos cae encima, con toda la buena fe. Cuando llegas al nivel de entender que todo el mundo hace lo que puede, incluida tu familia, encuentras un poco de paz en este mundo loco.
Todo esto en la mayoría de los casos no es gratuito. ¿Se acaba pagando el rendimiento, a veces muy caro?
La gran trampa es creer que podemos con todo. Creer que no tenemos derecho a no estar bien. Eso significa que he fracasado. Si me lo tengo que tragar, me lo trago, hasta que llega un momento en que no puedo más, y por algún lugar peto. Tenemos innumerables, infinitos ejemplos de todo esto: Simone Biles, la gimnasta olímpica; los artistas del club de los 27; Amy Winehouse… Llega un punto en el que habría que plantearse como sociedad si, realmente, lo estamos haciendo bien…
¿O, quizás, exactamente, todo lo contrario? ¿El desafío no es precisamente a cómo salir de él, de eso?
Aquí volvemos al esfuerzo, a esa idea que comentábamos. Si me enseñan que cuanto más me esfuerce más conseguiré, puede pasar que lo consiga y me siga esforzando por mantenerlo, o que no lo consiga, y entonces me frustre. Y a partir de ahí, la depresión, más o menos grave, que te puede llevar a cualquier consecuencia nefasta. Al final, si no damos al mundo, a la humanidad, la posibilidad de tener una válvula de escape a la sinceridad, a la honestidad, y nos dedicamos a vivir de cara a fuera, las cosas irán a peor.
¿A peor, no crees, mientras Dios siga siendo el mercado, o el supermercado?
El gran secreto de este cambio necesario pasa por todos y cada uno de nosotros. Tenemos que tomar conciencia, dejar de dar la culpa a todo lo de fuera. Asumir la responsabilidad, no la culpa, que todas las decisiones que has tomado te han traído hasta aquí. Asumiendo la responsabilidad se aprende a poner límites, a no quedarte donde no puedes o no quieres estar, a no tragarte lo que no te apetece… Es diferente necesitar y preferir. Estoy de acuerdo con la desafección (a las personas, a las cosas, a los títulos, al dinero, al éxito…) como forma de no necesitar. Cuando uno llega a la desafección es más libre para escoger. Y si lo hago, por eso o por eso otro, pero las cosas no van bien, se tuercen, pues me pongo a hacer collares de macarrones y los hago con gusto.

















