Loa a mis amigos

Bluesky

Los amigos son ese grupo de personas que nos quieren «porque sí», con nuestras virtudes y defectos, sin pedir nada a cambio, y están siempre ahí. La amistad es ante todo lealtad, gratitud y reciprocidad. Tengo amigos desde hace cuarenta, cincuenta o sesenta años, de cuando nos conocimos en la Universidad: ¡Se dice pronto! Pero lo considero algo verdaderamente extraordinario. De hecho, es casi una vida entera a lo largo de la cual hemos pasado de ser jóvenes a provectos viendo cómo el mundo cambiaba por completo, pero manteniéndonos unidos a pesar del tiempo. Tantos años se dicen pronto, pero se viven en cada cana y en cada risa que hemos compartido con la memoria llena de anécdotas.

Haber mantenido una amistad desde la Universidad durante tantos años significa que hemos compartido el paso de la juventud a la madurez, y de ahí a la sabiduría. Nos conocimos en las aulas, los claustros y los laboratorios, compartiendo libros, investigación y sueños que entonces parecían lejanos. Aunque los cuadernos se cerraron hace mucho, nuestra historia sigue abierta y sabemos que seguir siendo amigos es básico. Hoy, tantos años después ya no hay exámenes que aprobar ni clases a las que llegar tarde, pero nos queda lo mejor: la graduación de toda una vida compartida. Una amistad que nace en la Universidad y perdura durante tantos años, deja de ser un sentimiento simple para convertirse en una razón de ser.

Siendo octogenario, he comprendido que la identidad no es lo que uno construye solo, sino lo que se refleja en quienes nos acompañan y nos ayudan a descubrir quiénes somos. El tiempo suele ser un río que lo arrastra todo, pero no se ha llevado por delante nuestra amistad y eso es el argumento más sólido que tengo para creer que la vida ha valido la pena. La amistad es nuestra pequeña victoria contra el olvido y la prueba de que, frente a la fugacidad del mundo, los vínculos afectivos permanecen. Al ser amigos, no solo compartimos recuerdos: hemos creado un mundo que existe cuando estamos juntos. Nosotros entramos en la universidad buscando respuestas en los libros, pero la verdad la encontramos en el tiempo que pasamos juntos. Después de tantos años, nuestra amistad es un acto de resistencia; es la prueba de que algo puede ser duradero en un mundo que todo lo desecha.

Hoy yo proclamo con sencillez, pero con orgullo: “Para mis amigos, porque me quieren”. Pero en esa sencillez se esconde una verdad ontológica: existo porque ellos me recuerdan, soy quien soy porque ellos me nombran, y el tiempo ha hecho que su afecto ha servido de ancla. Gracias por ser mi espejo, mi memoria y mi hogar en este largo viaje. Gracias por quererme, porque ese cariño es la prueba de que mi vida ha tenido un sentido compartido.

Uno de los temas más fascinantes en psicología y filosofía es la evolución de la identidad personal a través del tiempo. En el contexto de una amistad de 60 años, este concepto deja de ser una teoría para convertirse en una realidad palpable al mirar a los ojos de mis amigos. Podemos profundizar en esta evolución desde tres ángulos diferentes. Biológicamente, no queda ni una célula de los jóvenes que se conocieron en la Universidad. Nuestras ideas, responsabilidades y cuerpos han cambiado totalmente. Pero lo que nos mantiene unidos no es la materia, sino la historia compartida. Algunos pensadores sugieren que la vejez no nos hace personas diferentes, sino que «nos hace más nosotros mismos», puesto que elimina lo superfluo y deja lo esencial. El milagro de nuestra amistad es que, aunque ya no somos los mismos, nunca hemos dejado de ser nosotros.

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