El sábado pasado me trasladé al 22 de junio de 1976 al Palau Blaugrana. Han pasado casi cincuenta años y yo estaba allí. ¡Viejo que es uno! Este sábado estaba en el pabellón 8 de la Fira de L’Hospitalet-Barcelona, no demasiado lejos de aquel Palau Blaugrana donde se celebró el primer mitin autorizado tras la muerte del dictador Francisco Franco. En aquel acto, con un palacio lleno a rebosar y con un calor intenso, Joan Colomines lanzó un grito que ha hecho fortuna historiográfica: «estamos sudando socialismo».
En la Fira, el viernes y el sábado tuvo lugar la Global Progressive Mobilisation, un encuentro de dirigentes políticos y activistas socialistas, socialdemócratas y otras opciones de izquierdas. El Plenario que lo cerró reunió a más de cinco mil personas en un ambiente de optimismo e ilusión de ideas de progreso que se habría podido resumir en un «estamos sudando progresismo» si no hubiera sido por los servicios de aire acondicionado del recinto, donde hacía más bien frío.
No se sudó progresismo pero se respiró ganas de construir entre todos los asistentes un muro a la derecha extrema y la extrema derecha y una sociedad más justa, más solidaria, más acogedora, más digna y pacífica. Fue alentador que en un mismo escenario se encontraran y coincidieran en sus mensajes el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, el de Brasil, Luiz Inázio Lula da Silva, el presidente del Partido Socialista Europeo y ex presidente de Suecia, Stefan Löfven, el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, el gobernador de Minessota, Tim Waltz, el ex primer ministro de Palestina, Mohammad Shtayyeh, o la líder del Partido Demócrata italiano, Elly Schlein, entre otros dirigentes de izquierdas de varios países de todo el mundo.
Escuchar las palabras de apoyo del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, del senador de Estados Unidos Bernie Sanders o de la ex presidenta chilena Michele Bachelet. a través de los videos que enviaron a la cumbre apuntaló el entusiasmo que se vivió allí.
Creo que Sánchez fue excesivamente optimista cuando dio por hecho que «el tiempo de la internacional derechista ha tocado a su fin». Tienen mucho dinero, muchos medios y mucho miedo de la gente como para darles ya por muertos y en retirada a pesar de los buenos augurios que suponen la derrota de Víktor Orban en Hungría, de Giorgia Meloni en su referéndum sobre la justicia italiana y de Donald Trump hundido en el descrédito humano y político en su país e internacionalmente.
La lucha contra los ultras amparados en el dinero y los medios de comunicación y plataformas digitales de que disponen será dura, difícil y larga. Y se agradecen los esfuerzos de los y las que escriben libros para denunciarlos. Aprovechando Sant Jordi os cito unos cuantos: «La ultaderecha contra la verdad», de Adriana Hest (Grou), «Extrema derecha, què ens hi juguem?», de Jordi Corominas y Joan Albert Vicens (Eumo), «Todo lo que querías saber sobre las ultraderechas y no te atrevías a preguntarle a H.P.Lovecraft», de Yago Franco (Prometeo), «Resistir», de Salomé Saqué (Plataforma), «Antifa», de Mark Bray (Capitán Swing), «Precuela. Una lucha de Estados Unidos contra el fascismo», de Rachel Maddow (Capitán Swing), «La familia. Las raíces invisibles del fundamentalismo en Estados Unidos» y «La resaca. Escenas de una Guerra Civil parsimoniosa», de Jeff Sharlet (Capitán Swing), y «Criptoprofetas. Hipermasculinidad y nueva derecha», de Paula C.Chang y Andrea G.Galarreta (Bauplan).
Esta lista no es, ni mucho menos, exhaustiva. Se escribe mucho sobre esta cuestión y se suele hacer para intentar entender cómo es que tanta gente comulga con las ideas egoístas e insolidarias de los grupos y partidos ultraderechistas que han avanzado tanto en los últimos años en la escena política. Marx decía que para cambiar la realidad primero hay que entenderla. ¡En eso estamos! Y ciertamente cuesta entender qué resorte interno mueve a la gente a votar energúmenos como Trump, Orban o Abascal.
También ayudan a entender el mundo en el que nos movemos los libros que han publicado recientemente Josep Burgaya y Lluís Rabell. Burgaya ha condensado las aportaciones filosóficas y sociológicas de los últimos tiempos en «La razón y sus enemigos. Sobre el ‘mal francés’ y la condición reaccionaria de la posmodernidad» (Viejo Topo) y Rabell ha compilado una cuarentena de sus artículos en «De la distopía a la esperanza. El socialismo democrático frente al mundo de los depredadores» (MEDIActive).
Depredadores del mundo, preparaos. ¡Vamos a por vosotros!






