Hay políticos que aspiran a gobernar, y hay quienes aspiran a redimir. Donald Trump, cada vez más, parece instalado en esta segunda categoría. No basta con ejercer el poder; necesita representarlo, elevarlo, revestirlo de una especie de trascendencia que lo sitúe por encima de la política convencional. Su última ocurrencia —presentarse a sí mismo como una especie de Jesucristo sanador en una imagen generada con inteligencia artificial, curando enfermos mientras aviones de combate sobrevuelan el cielo— no es solo una excentricidad de mal gusto, es también una declaración de intenciones. Él cura, él salva, él decide, y, sobre todo, él se autootorga una legitimidad que no proviene ni de las urnas ni de las instituciones, sino de una especie de misión superior que solo él parece capaz de interpretar.
Ese es el verdadero problema. Porque cuando la política se disfraza de religión, deja de ser discutible. Si un líder se percibe —o se proyecta— como instrumento de una verdad absoluta, el debate desaparece. Ya no hay adversarios, sino infieles; ya no hay discrepancia, sino desviación. Y eso, en democracia, es profundamente corrosivo. Trump no solo juega con esta simbología, sino que la combina con una práctica política que es todo lo contrario de la trascendencia: decisiones unilaterales, desprecio por el derecho internacional, escenificaciones de fuerza y una tendencia casi compulsiva a convertir cualquier conflicto en una cuestión de poder puro. La paradoja es evidente: se presenta como salvador mientras actúa como detonador.
Su confrontación con el papa León XIV no es anecdótica, ni siquiera retórica. Es la colisión entre dos maneras de entender la autoridad: una que apela a la prudencia, al diálogo y a una cierta idea de límite, y otra que se construye desde la fuerza, la certeza absoluta y la necesidad de reafirmación constante. Trump no discute, sentencia; no matiza; simplifica. Y, en este proceso, ha ido construyendo un relato en el que él no es solo un líder político, sino una figura casi providencial. No es casualidad, es estrategia, y, al mismo tiempo, es convicción.
El problema no es solo Trump. El problema es que este tipo de liderazgo encuentra eco. Funciona. Conecta con una parte de la sociedad que busca certezas en un mundo cada vez más incierto, que prefiere la simplificación a la duda y que ve en estos discursos una forma de seguridad. Pero la historia está llena de ejemplos que demuestran cómo acaba esta confusión entre poder político y misión redentora. No acostumbra a acabar bien.
Por eso quizá conviene recuperar una advertencia antigua, de esas que no necesitan actualización, porque no han dejado nunca de estar vigentes. En el Evangelio, según Mateo, se dice: «Guardémonos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con trajes de oveja, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt 7,15). No es solo una frase religiosa; es, sobre todo, una advertencia política.








