Escritor, periodista e historiador. Profesor en la Universidad de Vic y en la UOC. Ganó el premio Mercè Rodoreda con Tràilers. Ahora publica La gata, que forma un díptico con Un veí ben estrany, que tiene como hilo conductor la preocupación sobre la sociedad actual, catalana y española. Considera su trabajo, de ficción o no, como un conjunto.
¿Quién es la gata, cuáles son sus peripecias vitales y por qué las narras?
Brevemente, se puede decir que La gata es una crítica a la novela de Jack London La llamada del bosque, que habla de la supervivencia, el instinto salvaje contra la civilización, y la transformación del protagonista. Es una manera de decir, un siglo después, que su historia se ha acabado, que su argumento no se sostiene en estos tiempos de ruptura e inseguridad. Y eso nos lleva también a una reflexión sobre seguridad y libertad. Lo que pretende asimismo La gata es ensanchar el mundo del extrarradio de Barcelona, que ya traté en mi anterior novela, que narraba cómo la frustración lleva a un joven a ser el alcalde populista en su ciudad.
¿En qué sentido consideras superada la novela de Jack London?
Hace un siglo, cuando escribió esta novela, el mundo estaba acabado de descubrir, como quien dice. Ambientada en la fiebre del oro, de finales del siglo XIX, muestra la capacidad de adaptación y la vuelta a la naturaleza. Era un mundo muy amplio en el que había grandes expectativas sociales, para conseguir la libertad de las personas, derechos… Él mismo fue fundador del Partido Socialista de América. Tenía interés por el retorno de la sociedad hacia formas primigenias, como un acto de libertad… Una utopía. Eso ha aguantado más o menos un siglo. Hace diez años, cuando empecé la novela, eso ya se había acabado. Ahora nosotros estamos buscando seguridad, no libertad.
¿Algo que, en estos momentos, con la guerra, adquiere una relevancia especial?
Cuando vemos esta guerra de Irán, que la han empezado dos señores sin saber por qué (uno sí; Trump no)…, hace que el mundo tenga miedo y que la gente se plantee no tanto ser libre, sino estar segura. Esta sensación de buscar la seguridad es muy peligrosa, porque precisamente lleva a renunciar a la libertad. La novela reflexiona, a través de la figura de una gata, en contraposición al perro de London: ¿a qué querrás renunciar para creerte más seguro?, ¿qué significa la seguridad? En el recorrido vital que hace esta gata también se va encontrando a gente que le da un trato diferente. En cualquier caso, lo fundamental, como en la novela de Jack London, es lo que hace el animal. El animal no es un pretexto para conocer a la gente de la urbanización, sino que el protagonista es él, lo que hace. Un animal que no habla, ni hace cosas humanas.
¿La seguridad ha sido más bien cosa de Oriente, y la quimera de la libertad de Occidente? De todas maneras, ¿no es también la seguridad una aspiración, un mito más que nada?
En el fondo, la libertad y la seguridad interactúan. No es que la una desaparece y aparece la otra, sino que hay porcentajes de una cosa y de la otra en el binomio. Es algo, además, vinculado a la propia sensación personal. Cómo se siente cada uno en unas determinadas circunstancias. En el caso de la cultura occidental, cada vez estamos más atenazados por los miedos, y eso nos lleva a buscar partidos que nos prometen seguridad, a cambio de echar a personas, de hacer discursos fáciles… Todo esto es un signo de los tiempos. Lo que quiere la novela es reflexionar al respecto. En el relato anterior, cuando hablaba del ascenso del alcalde populista, no le daba una respuesta al lector. Lo ponía en una encrucijada, porque el narrador era el viejo que conocía el joven. Y este joven había ayudado al viejo. ¿Qué harías tú? ¿Saldrías a clamar en contra del alcalde o lo defenderías? Él te ha ayudado a ti… Tampoco estas figuras populistas tienen un blanco y un negro. A veces, es una cuestión de matices. Y si conoces a la persona en cuestión, le ves un componente más humano del que le ven desde lejos. Tiene que ser el lector quien saque sus propias conclusiones. No le doy una solución. Tiene que reflexionar…
¿La seguridad, entre el mercado y la guerra, es, como podría apuntar Foucault, una herramienta de control social?
Lo que quieren determinados partidos y persnas es controlar a la sociedad a través del miedo. Un ejemplo muy claro lo tenemos con esta guerra. Pedro Sánchez dice que no apoyarán el planteamiento de EE.UU. Desde algunos medios se le responde diciendo que, si no les dejamos utilizar las bases a los americanos, nuestra economía se verá perjudicada. ¿De qué se trata, entonces? ¿De matar a iraníes y a niñas para que el PIB de España no se vea afectado?
¿Cómo lleva este tema de la libertad la gata?
En la novela, la gata tiene distintos nombres. Primero se llama Bonnie, después Daisy, y luego Gata. Porque la gata lo que hace es pasar del confort de una casa donde lo tiene todo a otra. Cambia de nombre. Hace compañía a una mujer mayor, que muere, y sus hijos la dejan en la calle. Es aquí donde descubre que en esta libertad pretendida debe luchar por sobrevivir. Algo nada bueno. El camino que emprende la gata es el de volver al estado salvaje, por decirlo así. Pero no es tan ideal. Cuando vuelve a la calle es, simplemente, una gata.
¿Libertad, en cualquier caso, que hoy en día se menciona para todo?
La libertad para quien lo tiene todo es muy fácil. La libertad como la de la gata es muy jodida. Para el que viene de una posición adinerada, la libertad no es problema. Si quiere la sanidad privada, es porque la pública no la necesita, y no piensa pagarla. Pero eso, claro está, genera una sociedad más peligrosa. En la sociedad que se encuentra la gata en el extrarradio hay, por ejemplo, senegaleses que recogen chatarra para venderla a muy bajo precio. «He venido aquí –dice uno de ellos–, porque ya no puedo pescar donde lo hacía. Y cuando llego tampoco me quieren para hacer un trabajo que podría hacer. ¿Cuál es entonces mi papel en todo esto?».
¿Libertad, también, entendida en la tradición capitalista y en la práctica de Trump, como algo reñido con las reglas, que hay que quitarse de encima y reducir al mínimo? Al final, ¿cómo resuelve su vida Daisy?
Con el mínimo de reglas, los negocios pueden ir mejor para unos pocos. La democracia, al final, es un juego para defender al débil. Para que el fuerte no imponga sus normas, que es lo que pretenden. En el fondo es saltarse el sistema democrático en beneficio propio. Aquí tienes otra vez la cuestión de la seguridad. Al final, caerás ante quien te ofrece una seguridad. Aunque sea aparente… Daisy, al final, recorre un camino en el que ve que esta vida, esa libertad, es tan difícil de conseguir y mantener que opta por la seguridad. Después de mucho luchar, de pasar por un intento de envenenamiento, de que el alcalde de la novela anterior se la quite de encima enviándola al bosque… Al final, acaba en una residencia de ancianos, cuidada por unas monjas sudamericanas, que creen que la salvación de todo pasa por Dios. Ante un mundo sin coordenadas, la solución es creer en algo, en Dios… No tienes otros lugares donde cogerte. Así, no es nada extraño que proliferen los nuevos predicadores. En Sabadell, el otro día, grupos de jóvenes que repartían biblias coreaban en la Rambla: «La ciencia lo niega, pero Dios existe».
Ante esto, y en casi todo, ¿no habría que hacer un ejercicio de recuperación de viejos usos y costumbres, como antídoto a la inercia tecnológica que parece encaminarnos a un mundo de más ficción, de mayor irrealidad, más fragmentario?
Ahora no se pueden tomar decisiones con tranquilidad, sino todo lo contrario. Lo que veo cada día, en las clases, es que mis alumnos no tienen paciencia. Mantener un mínimo de atención durante dos horas es muy complicado. Lo que estoy haciendo es no permitir el uso de los móviles en clase mientras estoy dando la teoría. La tecnología desconecta a la población, no facilita la formación de ciudadanos críticos, en el sentido de poder reflexionar tranquilamente sobre algo. Ligándolo con la novela, la fragmentación se ve en este extrarradio, donde se encuentra el payo que es culturista que le dice a su novia que no le clavará dos hostias porque es muy caballero, mientras se dedica a irse con otras tías. La mujer que porque ha estudiado en la FP se cree mejor que las demás, que están trabajando en el súper. La señora que vino de Extremadura y está sola, mientras su hija, que está ascendiendo en la escalera social (tiene un negocio de estética), pasa de su propia madre y piensa en vender la casa donde vive. Los senegaleses, los latinoamericanos… Lo que hace la gata es pasar por esta sociedad fragmentada.














