El resultadismo ya es otro factor de desmadre en el Barça de Laporta

El zigzag del equipo de Xavi y del propio entrenador ha acabado por encadenar la crítica y el rigor del periodismo al marcador de cada domingo, el peor escenario para un final de temporada a todo o nada, también para la junta

Xavi Hernández

Hace apenas unas semanas, la prensa especializada azulgrana había tomado una deriva crítica, se diría que hasta exageradamente ácida contra el entrenador, Xavi Hernández, al que las tertulias y los analistas, pese a su militancia y acento laportista generalizado, estuvieron destrozando tras la derrota en casa ante el Villarreal. La respuesta del técnico, anunciando su decisión determinante de dejar el cargo a final de temporada, renunciando a la ampliación de contrato que tenía firmada -aunque no inscrita, debido a los problemas de fair play del Barça-, tampoco cambió demasiado el tono elevado contra su figura ni acabó de aceptarse esa dimisión diferida como una solución viable. Mayoritariamente, las voces y las opiniones coincidieron en señalar que hasta la clasificación para la próxima edición de la Champions estaba realmente en peligro. Fue tal el tono de crispación y de nerviosismo que, a renglón seguido, la prensa se sintió por primera vez envalentonada y crecida hasta el extremo de disparar incluso contra la gestión de Joan Laporta y dedicar no pocos informes, artículos y reportajes al desmadre y descontrol evidente de un estilo de gobierno que, especialmente en materia económica, no es capaz de sacar al Barça de una situación crítica.

El caso, sin embargo, es que ese mismo desorden e incapacidad de la junta de Laporta, evidentes, eran igual de visibles y denunciables desde muchos meses atrás, bastante antes de que el equipo de Xavi fuera perdiendo terreno y comenzara a decepcionar esta temporada con respecto a las expectativas generadas tras haber ganado la Liga pasada y haberse reforzado con cinco fichajes de contrastada calidad. Una reacción tan típica de la prensa catalana como absurda, pusilánime y hasta boba, pues no existe ningún motivo ni justificación para asociar la posibilidad de fiscalizar y analizar la gestión de la directiva, la que no implica directamente al primer equipo y a su rendimiento, a los resultados en Liga, Copa, Champions o Supercopa.

Esta mordaza mediática es y seguirá siendo, por desgracia, una patología asociada al temor de la propia prensa azulgrana a ser acusada por la junta de turno de desestabilizadora y de culpable de todas las desgracias que le puedan ocurrir al equipo si publica, destapa o señala graves deficiencias o negligencia en el ámbito institucional, patrimonial, social o económico.

La reciente experiencia propiciada por la crisis en torno a Xavi y su proyecto ilustra este alocado tránsito extremo de los medios, que han pasado del linchamiento al entrenador y de apuntar la peor clasificación del equipo en la Liga, sin Champions incluso, a dejar abierta la puerta a la posibilidad de conquistar ambos títulos por poco que las cosas mejoren como apuntan los últimos resultados.

La exageración llegó a máximos tras la derrota en casa ante el Villarreal en la jornada 22ª, cuando la distancia con el líder, el Real Madrid, se situó en 10 puntos a falta de 16 jornadas, momento en que se dio al Barça por muerto y sin ninguna opción. Tras la disputa de la última jornada (Barça-Getafe, 4-0), la diferencia se ha reducido a 8 puntos a falta de 12 jornadas. Es decir que no habrían cambiado, de hecho, las probabilidades, pues continuarían siendo las mismas, aunque sí lo ha hecho la percepción y el tratamiento periodístico con cábalas, suposiciones y estadísticas milagrosamente esperanzadoras que reflejan, sobre todo, haber llevado la crisis invernal del Barça a un estadio mucho más grave y pesimista de lo que realmente tocaba.

Más que una mejora extraordinaria, lo que Xavi ha conseguido es aprovechar una serie de partidos asequibles para mantenerse en esa tercera plaza que ahora tiene más a su alcance mejorar después de que el Girona haya recibido a la Real Sociedad y pasado por San Mamés y el Bernabéu, además de aprovechar las muchas bajas del Madrid, al que le ha restado esos dos puntos.

Nadie sabe, porque en fútbol todo es posible, lo que pasará en las semanas siguientes, solo que la tendencia de los tres primeros, Madrid, Girona y Barça, es actualmente de cierta estabilidad y de regularidad, a falta de que los partidos de Champions puedan afectar de un modo u otro a los de Xavi y a los de Ancelotti. En ningún caso corre peligro estar en la Champions la temporada próxima para estos tres equipos, que ya han tomado cierta delantera sobre el resto de cara a la conquista de tres de las cuatro posiciones que clasifican para la máxima competición continental.

Lo único cierto es que, por parte de la prensa azulgrana en general, como le tenía ganas, a Xavi le dio por todas partes antes de tiempo y puede que demasiado, y que ahora esa misma prensa se ha apresurado, insegura, a retractarse, elogiar su decisión de dejar el cargo en junio y hasta de empezar a pedirle que se lo replantee y se quede. Es lo que sucede cuando no existe un criterio firme y una visión atemperada y proporcional del mundo del fútbol, donde este tipo de movimientos y de dinámicas en zigzag son frecuentes.

El miedo al laportismo y a todo lo que cuelga de ese estilo de gestión peligrosamente familiar también forma parte de esta cultura mediática que se ha vuelto débil y colaboracionista. Saltarse esa disciplina y obediencia ciega se produjo cuando se colmó el vaso después de haberle dado a Xavi un margen de confianza y de comprensión que no ha tenido ningún otro entrenador, sobre todo comparado con los anteriores, como Luis Enrique, Ernesto Valverde, Quique Setién y Ronald Koeman, que fueron masacrados cruelmente en la derrota y cuestionados sin piedad también en la victoria.

A Xavi se le han perdonado las no pocas carencias de su trabajo a lo largo de dos temporadas en las que, sobre todo y hasta la fecha, no ha estado a la altura en las competiciones europeas ni ha llevado al equipo a jugar como prometía y como se espera de un libro de estilo que ha ido cambiando con los meses sin llegar a ninguna parte. Cuando heredó el equipo de Koeman, pese a recuperar las bajas largas como las de Dembélé, Ansu Fati y Pedri, hubo de reforzarle el equipo con cuatro fichajes de invierno para asegurar la Champions. Por dos años seguidos cayó en la fase de grupos de la Champions y luego fue fulminado en la Europa League, motivo por el cual se ha querido elevar a los altares la Liga conquistada el año pasado sobre un Madrid que no la compitió -ni ningún otro equipo- con un juego y resultados que si bien no ponen en duda el merecimiento de ganarla el tiempo sí ha demostrado la ausencia de una evolución.

Por poner solo dos ejemplos, cuando Xavi pierde un futbolista como Gavi tarda más dos meses en actuar -colocando a Christensen como mediocentro- y solo ha goleado últimamente al Getafe, sostienen algunos, porque ha sido el único de los últimos rivales cuyo entrenador no corrigió un mal planteamiento inicial de partido. Las lagunas de Xavi como entrenador con tan palpables como lo es la caótica gobernanza del club en manos de Laporta, que, además, le ha restado autoridad y jerarquía con una serie de injerencias lamentables en materia de fichajes y hasta cambiando convocatorias.

La reacción del entorno periodístico, que sabe de estos vacíos de Xavi y de la inutilidad de la junta de Laporta -o sea, del presidente- ha sido la de no actuar honestamente frente estas evidencias hasta que los resultados han sido inaceptables. Solo entonces se han atrevido a salir de la cueva.

Sin embargo, a la primera victoria sobre equipos que, por presupuesto, están a 600 o 700 millones de distancia, los mismos que se habían dejado ir recogen velas temiendo quedarse solos en un momento dado y ser víctimas del aparato de comunicación laportista, de una venganza que a los periodistas les puede costar que les corten las fuentes, que no le den entrevistas, que los veten en las tertulias o que los influencers y twitcheros pierdan sus patrocinios o su mordida en el negocio de las entradas.

En definitiva, ahora lo que toca es renegar de la crítica vertida, recuperar esa timidez y cautela ante la realidad laportista y no asumir el riesgo de equivocarse, algo que desde luego puede suceder cuando se trata de fútbol, de futbolistas y de entrenadores como Xavi, que no ha echado mano de la cantera hasta que se ha visto con el agua al cuello, cambiando así un poco la dinámica del equipo.

Lo que no es de recibo es limitar y modular la denuncia, la crítica, el debate y el ejercicio de un periodismo serio y coherente sobre la otra gestión de Laporta, la institucional, en función del marcador de cada domingo.

¿No sería más razonable, en cualquier caso, abundar en el resto de los frentes cuando el equipo está arriba, precisamente para diferenciar un ámbito del otro? El periodismo azulgrana, en general, se ha vuelto hoy un deporte de cobardes que también se amparan en ese resultadismo a la hora de ejercer la ética profesional y una función fiscalizadora que, por el contrario, no tenía límites y desbordaba frivolidad cuando había otro presidente.

Igualmente, esta inseguridad del periodismo, indisimulable por más que intente navegar cada día a favor de donde sopla el viento, acabará por poner las cartas boca arriba cuando el equipo y Xavi se enfrenten al momento de la verdad y resuelvan su papel en la Liga y en la Champions. No es lo mismo encadenar ahora una racha todavía corta de victorias que estar peleando en mayo por el título, o haber dejado de hacerlo en abril, reflexión útil también para el escenario continental donde es posible pasar de la euforia a la frustración, y viceversa, en cuestión de minutos.

La moda de elaborar un relato trascendente después de cada partido y además hacerlo en función si se gana o se pierde es una demostración más de que el nerviosismo y la compulsión en el que está instalada la junta de Laporta ha acabado por arrastrar a los medios a una espiral de desorientación, cada vez más al borde de la locura.

Viene una montaña rusa ante un final de temporada abierto a la exageración hacia un lado u otro, al triunfalismo o a la hecatombe. Y habrá sido culpa de todos.

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