La caída de Rubiales retrata y pone en ridículo a Laporta, Pere Aragonès y Pedro Sánchez

El Barça pasará a la historia por no haber pedido su dimisión, a diferencia de las internacionales del Femení, que se han jugado su carrera, y las injerencias políticas desde el Parlament y desde la Moncloa han sido un espectáculo bochornoso

El presidente de la RFEF, Luis Rubiales, en el palco de autoridades de la final del Mundial, junto a la reina Letizia y la infanta Sofía (ACN)

Finalmente, Luis Rubiales ha caído, sin duda no por propia voluntad, sino por el efecto de las poderosas presiones recibidas desde prácticamente todos los estamentos sociales, políticos, ciudadanos, desde la propia Zarzuela y del entorno deportivo. Incluida la FIFA, el máximo organismo internacional, que adoptó la rápida decisión de inhabilitarlo ante la resistencia del propio presidente de la Federación Española y la surrealista y patética reacción del Gobierno de Pedro Sánchez y del Parlamento de Cataluña ante la situación provocada por el beso a Jennifer Hermoso y su comportamiento inaceptable en las celebraciones del título mundial de España.

No ha sido hasta transcurridas dos semanas largas que Rubiales ha dimitido y la Fiscalía ha interpuesto una querella en su contra, admitida de inmediato en la Audiencia Nacional, por delitos de agresión sexual y coacciones. Acorralar y abatir a Rubiales a lo largo de estos días se había convertido en una especie de deporte nacional que ha dejado una fotografía provinciana y surrealista de estamentos, personajes, autoridades y de los propios poderes del Estado, que se han visto desbordados por la situación.

Desde el universo azulgrana, el presidente del FC Barcelona, Joan Laporta, y su junta aún no han pedido, ni aprobado o celebrado la dimisión de Luis Rubiales, al que ha intentado proteger hasta el último momento por la estrecha relación mantenida sobre la base de su coleguismo (por las fiestas en las que han coincidido) y la deuda eterna contraída por el papel clave de Rubiales en conseguir que el caso Negreira no dejase fuera de la Champions al Barça esta temporada. Eso, además de los capotazos recibidos desde la Federación en la guerra de Laporta contra Javier Tebas.

Laporta, entre el dilema de exhibir el sello de ser Més que un club y ponerse incondicionalmente a lado de las jugadoras de su propio equipo, internacionales y supercampeonas de todo, protagonistas y líderes de la revuelta más valiente y sonada de la historia contra el poder machista del fútbol, o sucumbir a la lealtad a Rubiales por los favores recibidos -es decir, por puro egoísmo-, eligió la peor de las opciones que ha sido dejar al Barça en ridículo para los tiempos de los tiempos.

Lo hizo, en primer lugar, alegando problemas de agenda para no acudir a la asamblea de urgencia convocada por Rubiales. O sea, por omisión y cobardía. Luego, bochornosamente, con un comunicado censurable y criticado mayoritariamente por los barcelonistas en el que, en el fondo, además de no exigir la dimisión de Rubiales (1 de septiembre, cinco días después de los hechos), justificaba y aprobaba el aplauso de la asamblea y el voto de continuidad. «Después de la Asamblea Extraordinaria de la RFEF celebrada este viernes parece que las explicaciones que ha dado el presidente de la Federación, el Sr. Rubiales, han resultado suficientes para los miembros presentes de la Asamblea que tenían la potestad de ratificarlo en el cargo», decía la nota oficial del Barça.

Esta postura débil, cobarde y contraria al sentimiento de los socios, de las internacionales del Barça y de la propia afición -además de la ridícula pose de indignada de la vicepresidenta institucional, Elena Fort- le obligó a dar la cara 48 horas más tarde y rectificar, al menos en apariencia, ese posicionamiento cómplice. Lo hizo en la previa del Villarreal–Barça de Liga tras comprobar que las aguas del barcelonismo amenazaban tormenta. «Reiteramos el contenido del comunicado, en el que decíamos que era un comportamiento inapropiado, inaceptable, lamentable y hasta vergonzoso», dijo. En realidad, sin embargo, el comunicado sólo empleaba los términos «impropia y desafortunada» sobre la actuación del presidente de la RFEF y la calificación de hechos «lamentables, que el propio Sr. Rubiales consideró un error y por los que pidió disculpas».

También resultó borroso afirmar que «en ningún caso hemos exculpado ese comportamiento» o que «de forma enérgica, contundente e incondicional, estamos del lado de las jugadoras y concretamente con Jennifer Hermoso que es quien ha sufrido esta situación». Nada que ver con el texto oficial que no aludía a las futbolistas afectadas: «El FC Barcelona se compromete -decía- a continuar en la línea de apoyar al deporte femenino, a la plena igualdad entre hombres y mujeres en el mundo del deporte y en la sociedad en general, a garantizar la seguridad de la mujer en el deporte y a denunciar cualquier actuación que vulnere nuestros principios y Estatutos». Eso es tocar el violín.

Hoy en día, el FC Barcelona sigue sin haberse posicionado a favor de la dimisión de Rubiales, ni mucho menos haberla propiciado institucionalmente, como sí lo hizo la capitana del Femenino, Alexia Putellas, erigiéndose en la punta de lanza de un desafío tan extraordinario y arriesgado como el suscrito por las futbolistas internacionales, consistente en jugarse su carrera internacional contra la continuidad Rubiales y del seleccionador Ángel Vilda. Ellas han ganado ese pulso mientras el Barça, al contrario del Espanyol y el Girona, que sí que demandaron la dimisión de Rubiales, siempre se reconocerá en ese cobarde y triste decorado de ambigüedad y el titubeante discurso de Laporta, comprometiendo y manchando el reconocimiento mundial del FC Barcelona como una entidad comprometida con los valores fundamentales del deporte.

No menos delirante y manipulada ha sido la inesperada irrupción en este escandaloso episodio del fútbol español del Parlamento de Cataluña con la aprobación de una declaración firmada por Junts, ERC, PSC-Units, En Comú Podem y la CUP en la que expresaba su apoyo a Hermoso ante «la conducta y actitud machista de Rubiales (…) Estas actitudes machistas no pueden representar a unas instituciones que deben tener como objetivo el combate de la violencia machista», añadiendo que el resto de los demás representantes de instituciones deportivas, y concretamente el presidente de la FCF, Joan Soteras, «que le ha apoyado, también deberían dimitir». La legítima condena la mayoría política de Catalunya contra el presidente de la Federación Catalana fue la continuación de un tuit del propio presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, el mismo día de la asamblea pidiéndole un comportamiento más valiente en nombre del fútbol catalán por su parte y del resto de los representantes catalanes insinuando, sin nombrarlo, al propio FC Barcelona. No obstante, en esa posterior declaración el Parlamento catalán no se atrevió a afear la gestión tan desafortunada de Laporta y sí la de Joan Soteras, en este caso instigada por el candidato del soberanismo derrotado en las últimas elecciones de la Federació Catalana, Juanjo Isern. Detrás de esa espontánea salida del Parlamento de Cataluña no existía, en el fondo, ninguna intención de defender los intereses de las jugadoras de la selección española, sino una estéril maniobra de injerencia política en la gobernanza del deporte que, a todo los efectos, a Joan Soteras no le ha hecho ni siquiera cosquillas.

Un ridículo menor comparado con el teatrillo de la comedia organizado a nivel nacional por Pedro Sánchez, con la participación especial y destacada de varios ministros, Presidencia y Cultura entre ellos, blandiendo la espada flamígera de la venganza contra el bochornoso espectáculo nacional a cargo de Luis Rubiales. Pedro Sánchez anunció con un tono exagerado y dramatizado medidas drásticas, inminentes y definitivas que habían de ejecutar el Consejo Superior de Deportes por orden expresa del ministro de Cultura, Miquel Iceta. «Si el CSD no actúa -afirmó el propio Pedro Sánchez- lo hará el Gobierno», que además de presionar al Tribunal de Arbitraje Deportivo para que condenara Rubiales en forma de inhabilitación exprés y contundente le vino a ordenar cómo y cuando hacerlo.

En política es difícil cometer, como hizo Sánchez, un error tan infantil y arriesgado como interferir en una decisión judicial, sea la instancia que sea, imponiéndole a un tribunal un fallo desde el autoritarismo, ni que sea en esta caso desde la Moncloa. El presidente del Gobierno en funciones hubo de ponerse rojo dos veces, la primera cuando la FIFA se adelantó a inhabilitarlo adelantándose a los torpes y lentos movimientos del Gobierno y la segunda cuando el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAD) actuó con absoluta parsimonia para acabar casi indultando a Rubiales por considerar que sus faltas en el protocolo de la celebración de la final del Mundial eran de carácter grave y no muy grave como deseaba el ejecutivo para cumplir con su palabra empeñada en cortarle la cabeza.

Todo parece indicar que, después de todo, quien ha sido activada para ponerse al frente del pelotón de ejecución ha sido la Fiscalía, con una querella contra el ya dimitido presidente de la Federación Española y el requerimiento de prestar declaración este viernes. Todo tarde y mal.

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