Un cambio de ‘software’ para la España del siglo XXI

“¿Hasta qué punto podemos considerar que vivimos en una sociedad libre cuando la mitad de una sociedad teme ser gobernada por los representantes de la otra mitad?” (Fernando Vallespín)

Empantanados y bloqueados como diría Joan Coscubiela. Así lleva muchos años la política española. Desde  el 2014 se puede decir que empieza un ciclo de fragmentación parlamentaria con la llegada de nuevos partidos y donde las elecciones se suceden a ritmo trepidante. El nuevo discurso político se focalizará en consignas y eslóganes en 124 caracteres, clave de la retórica propagandística que nos inunda. “Sanchismo o España, o Comunismo o Libertad”, es toda una muestra del nuevo argumentario. Y lo peor de todo es que hemos normalizado e interiorizado esta manera de hablar de política.

El resultado lo hemos vivido en como ciertas narrativas políticas y mediáticas han tensionado la sociedad hasta sus costuras y han intimidado con sus palabras y formas. Las reflexiones de Daniel Fernández, uno de los editores y demócratas catalanes más importantes de este país son más que significativas: “Nos ha dolido esta campaña electoral mendaz y a cara de perro. Otra vez gerracivilismo en vena.”

Quizás todo este relato visceral y tóxico, de deshumanización del oponente,  que se ha ido construyendo, ha terminado volviéndose en contra de sus mayores publicistas, como estamos viendo con la crisis que vive, por una parte, el independentismo en Cataluña y, por otra, el fracaso electoral del Partido Popular y su incapacidad para tejer alianzas. Los síntomas de hartazgo son evidentes y parece que ésta podría ser la espoleta para abrir un camino hacia la moderación, la gran revolución, para muchos, que el país necesita.

Aunque no lo parezca, algo parece moverse en el sustrato de la política española y así lo reflejan por su rigor y pluralidad algunas tertulias periodísticas y tribunas políticas. Entre ellas, destacaría la de Ernest Urtasun, portavoz de Sumar. Sus palabras, horas después de terminar las elecciones, han sido un ejemplo de un nuevo estilo político que podría estar conformándose. Y es que cada vez se cuestiona más la actual manera de contar la política en detrimento de lo que algunos denominan la cultura de la conversación. Pero se necesitará tiempo y maduración y sobre todo liderazgos y discurso capaces de avanzar en este camino. La paciencia, la mirada larga, es ahora importante.

El resultado electoral ha creado un clima político de confusión, de perplejidad. Nadie tiene claro qué hacer, hacia dónde ir y algunos siguen en campaña electoral, en busca del relato ganador. Una política cortoplacista que nos ha llevado a la situación actual. No obstante, el voto ciudadano ha mandado un mensaje plural y diverso y se hace necesario escucharlos todos. Es momento de aportar soluciones a los grandes retos que este país tiene planteados, es momento de mayor realismo, pragmatismo y prudencia. Es un momento de construir puentes, de generar confianza. Es un momento que nos implica a todos.

La voluntad de la ciudadanía se ha expresado. Derechas, izquierdas y nacionalismos varios, todos presentes en las Españas y todos con su legitimidad. Un hecho que evidencia la necesidad imperiosa de pactos y diálogo. Algo natural en la mayoría de los países europeos, pero que aquí nos cuesta más cuando se trata del gobierno del Estado. Aunque este último gobierno de coalición marca un cambio en esa dirección. Nucio Ordine, premio Príncipe de Asturias de Humanidades, va más lejos y se preguntaba: ¿Cómo podemos vivir los unos sin los otros?

Sin embargo, la autocrítica no termina de llegar. Aunque estas elecciones han servido para conocernos mejor, para desnudar a todos, líderes y discursos. Aquí nadie debería ya patrimonializar la verdad o la bondad como es tan habitual en ciertas dialécticas políticas. Se puede pensar que el tiempo nos hará madurar como sociedad  y quizás sea ya la hora de reivindicar una nueva cultura política y una nueva ciudadanía. En resumen, un reset, un cambio de software para la España del siglo XXI, dicho con palabras de ahora.

Desde luego, si nos centramos en la campaña electoral, el mensaje de fondo que más ha resaltado ha llegado desde Cataluña en la voz de Salvador Illa.  El líder socialista reivindicaba con fuerza y pasión, casi con rabia, la convivencia y la tranquilidad. Palabras nada especiales pero que todos necesitamos oír en nuestros líderes políticos. Hay que felicitarse que haya sido desde Cataluña, vanguardia tanto tiempo de la España ilustrada, la que con sus resultados electorales haya servido para frenar a los extremos de un lado y otro. Pues bien, a ese mensaje hay que darle forma y contenido.

Como reflexiona el psiquiatra vasco Pablo Malo Ocejo: “siempre se ha dicho que la gente podía tener diferentes ideas políticas que todas ellas eran legítimas y que podíamos votar entre ellas. Sin embargo, hay una idea de que las buenas son las nuestras, las de nuestro grupo y las otras ideas son las malas…y esto se carga el juego democrático”.

Al discurso del odio que hemos leído principalmente en una parte de los mensajes políticos de la derecha se le ha opuesto desde la izquierda el discurso del miedo. Y al final nadie ha sido capaz de articular un discurso de esperanza, de ilusión. De ahí la necesidad de abrir un tiempo de debate y valoración colectiva y que las estrategias de seducción vuelvan a imperar. Pero para ello se hace necesario un cambio, no solo de mentalidad, sino también del ropaje ideológico y emocional en el que estamos instalados. Lo mismo estamos necesitados de una catarsis que nos haga salir de este bloqueo y desconfianza.

La realidad es que hemos convertido la política en un tema de buenos o malos, de amigos y enemigos, más propio de la religión y de épocas ya caducadas que poco o nada tienen que ver con el mundo actual. Un mundo en plena transformación donde la inteligencia artificial anuncia un cambio extraordinario y en la que las pantallas se han convertido en nuestro modo de sentir y estar. Y todo ello en sociedades, no olvidemos, muy individualistas, cainitas en lo político y con falta de vínculos comunitarios. Es la que algunos denominan la España de las piscinas, que vive muy confortable.

En estas circunstancias, muchos nos preguntamos donde quedó nuestro discurso conciliador de una España abierta y plural, respetuosa con todas nuestras lenguas y sus sentimientos de pertenencia. La política de los contrapoderes, la de aceptación del otro y del pluralismo. Parece que no hemos terminado de liberarnos de algunas de nuestras herencias del pasado, religiosas y patrióticas en su sentido más dogmático.  Llegados a este punto ya va siendo hora de trabajar por un discurso de regeneración moral y política de la vida española.

Ahora ya empieza o debe empezar otro momento, más de matices que de extremos y debe abrirse un tiempo de colaboración institucional y diálogos. Incorporar al PP y a los nacionalismos periféricos a los pactos, superar la fractura del procés en Cataluña, y contribuir a la gobernabilidad de España, entre otras cosas, aparecen en el horizonte como objetivos necesarios para mejorar la convivencia.

Pero se hace más necesario que nunca abandonar ese bipartidismo de las emociones que según Manuel Cruz, una referencia política y democrática para tantos, nos lleva finalmente “a la derrota de la razón, de la política y, de la propia posibilidad de acordar entre todos alguna idea, de cómo vivir juntos de la mejor manera posible”.

Por último no está mal recordar las palabras de Gonzalo Bernardos: “Desde estas líneas, un socialdemócrata le desea al nuevo presidente (sea el que sea) mucha suerte, pues la suya será también la del país.

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